Bienal de Venecia: qué bello es vivir

Tápies en una imagen de archivo
Tápies en una imagen de archivo

Si España ha optado por presentar en la 55ª Bienal de Venecia un pabellón tremendista, monocolor y de un barroquismo indignado, la línea general en el resto es la de cierta levedad, incluso optimismo, una alegría por reencontrarse con el objeto pequeño, lo simple y, sobre todo, no confundir el arte con la sociología. El comisario de esta edición, Maximiliano Gioni, se ha propuesto una bienal de investigación, así lo ha dicho, de «impronta antropológica». Está convencido de que la «realidad ordinaria» está invadida de objetos e imágenes que el arte no puede controlar. La máxima dice que si no puedes vencer, alíate con tu enemigo. De esta manera, los pabellones nacionales han ido reconstruyendo la vida de la gente con sus propias herramientas y modos culturales: el cine, los libros, la música, la naturaleza o el dinero (como en Rusia, donde llovía monedas de oro sobre el visitante, que tenía que protegerse con paraguas).

La bella historia de Grecia

El eje franco-alemán funciona: Francia y Alemania han intercambiado sus pabellones por problemas de dimensiones, ya que los primeros necesitaban espacio para su proyecto musical basado en Ravel. Grecia, que podría haber convertido el Partenón en escombros, ha presentado una película narrada en tres pantallas a la vez. Una bella historia: una mujer acaudalada se dedica a hacer ramos de flores con billetes de doscientos euros y un hombre que busca en la basura tiene la fortuna de encontrar esas flores marchitas. Bellos son también los libros construidos por el brasileño Odires Mlászho; y honesto el trabajo de Rumania: cinco jóvenes representan escenas del arte universal, dando una lección de historia sin ese cinismo elitista que solamente ve mercado cuando de lo que hablamos es de cultura. Último ejemplo: Austria ha producido unos dibujos animados con música al estilo de Fred Astaire de una pureza que se agradece, que limpia la mirada, los oídos y entona los sentidos.

No será una Bienal que recordemos, pero sí será en la que el arte contemporáneo descubre abiertamente las otras artes, su laboriosidad, su rigor y la exigencia que este circo desprestigiado de artistas y comisarios no han buscado. Maximiliano Gioni se ha inspirado en la quimera de un ser extraviado: Mauro Auriti (1891-1980). Se trata de un artista autodidacta que en realidad quiso ser constructor de carrozas, emigró a Estados Unidos y se propuso levantar el Palacio Enciclopédico del Mundo, un museo en el que reunir todas las conquistas y saberes de la humanidad. Un monstruoso edificio de 700 metros de altura (con cuatro banderas: Estados Unidos, Italia, Francia y España). La exposición central, y que da título a esta Bienal, «El Palacio Enciclopédico», se abre con las ilustraciones del llamado «Libro rojo» de Gustav Jung, un tema que este padre de la psicología moderna se obsesionó toda la vida y al que quiso dar respuesta cuando siendo niño tuvo la visión de que Dios bajaba del cielo. También está la colección de piedras del escritor surrealista Roger Caillois. Explica Gioni que la muestra quiere participar de la utopía de Aurita, en la que todos y cada uno de los objetos que invaden nuestra vida estén presente, donde no haya fronteras entre técnicas (de la tecnología más sofisticada al más humilde tejedor), ni siquiera se «diferencie al artista profesional del diletante». De esta manera, la Bienal, añade, se «ha concebido como un museo temporal» guiado por el deseo de conocerlo todo. Está claro que al arte le viene grande el mundo, o está agotando sus fórmulas expresivas o es imposible mantener una Bienal con un presupuesto total de 13 millones de euros si no se disipa la idea de que todo vale y que sólo es una feria más pero con un glamour irresistible.

Entramos, pues, en el museo en el que hay fotografías de peinados africanos, o cómic, como la versión completa de Robert Crumb sobre el Génesis, fechada en 2009; una mezcla de artistas vivos con otros que ya están muertos, y un redescubrimiento del surrealismo, de las formas de expresión oníricas y de lo que inspiró a sus padres: las máscaras, el arte primitivo y la poesía. Hay, de nuevo, una reivindicación de las vanguardias. A estas alturas, quién nos lo iba a decir.

Argentina y Venezuela, políticas

Sorprendente el uso político que el Gobierno de Argentina ha hecho de su pabellón (arriba). Se trata de una hagiografía de Eva Perón realizada por Nicola Costantino con una elaboradísima producción (el texto del catálogo lo firma la propia Fernández de Kirchner: «Fue la más odiada, pero la más amada; la más insultada, pero la más venerada». ¿Como ella misma?). Se repasan los momentos más importantes de su vida: contestando las cartas de sus descamisados, mostrando su dormitorio, recordando la lluvia que empapó al pueblo en sus funerales, con una instalación basada en una mesa llena de hielo, incluso el corsé que llevaba avanzada su enfermedad. Se cierra con un vídeo propagandista: Evita está en el balcón; gente en la actualidad que vitorea en la Casa Rosada, donde ahora habita Fernández de Kirchner.

Con el título de «El arte urbano. Una estética de la subversión», no se podían esperar sutilezas. La propuesta de Venezuela la firma el Colectivo de Artistas Urbanos Venezolanos. Se trata de documentar los grafitos desarrollados durante el mandato de Chávez, la épica callejera revolucionaria. Sin contemplaciones.