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Carmen de Icaza, una escritora «best seller» en 1942

Se cumplen 75 años de la edición de «Vestida de tul», obra de la que llegó a vender 10.000 ejemplares en una semana, una cifra astronómica para la época. Notable autora de novela romántica, traducida a numerosos idiomas, hizo soñar a varias generaciones.

  • Carmen de Icaza, una escritora «best seller» en 1942

Tiempo de lectura 8 min.

13 de octubre de 2017. 23:33h

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13/10/2017

Hacía tiempo que los medios no reparaban en Carmen de Icaza. Tal vez –aunque sólo de forma colateral– desde que Nieves Herrero novelara, en «Lo que escondían sus ojos», el prohibido romance entre su hermana, la marquesa de Llanzol y Ramón Serrano Suñer. Una lástima, porque más allá de su militancia política, fue una narradora muy respetada que encauzó su obra hacia el género romántico, llegando a convertirse en la reina de los «best seller rosa» del momento. Es innegable que seguía el discurso ideológico del franquismo en el que perpetuaba los estereotipos femeninos de al época. Pero lo cierto es que sus 10 novelas forman parte de la memoria literaria de nuestras madres y abuelas, en ese punto en el que los cuentos quedaban demasiado lejos y Salgari o Defoe no colmaban las expectativas ensoñadoras de las jovencitas de posguerra. Las novelas de la baronesa de Claret cumplían a la perfección con lo que se esperaba de ellas: plasmar universos simbólicos que trascendían la realización de fantasías amorosas presentes en el imaginario cultural de la época, contrarrestando la rigidez moral de la propaganda franquista. El marco: amor romántico sin sexo pero con una sublimación erótica a prueba de tomahawk, aunque no debemos olvidar que tenía un fino oído literario para el dolor y los problemas terrenales, gracias a su activa labor social.

Cuplés y tangos

De todas sus novelas, Planeta acaba de recuperar «Vestida de tul», publicada originalmente en 1942, que vendió 10.000 ejemplares y a la que Fernández Almagro le dedicaría una extensa crítica: «Atrae la pulsación de un mundo ya desfallecido, agotado incluso, si no se agarrase aún a nuestra memoria. Cuando en Madrid había cronistas de salones; cuando la anterior guerra europea creaba, por contragolpe, la curiosa fauna humana que henchía el hall de los primeros grandes hoteles; cuando las chicas todavía eran acompañadas por sus carabinas; cuando Raquel Meller lanzaba sus cuplés y se bailaba doquiera el tango argentino; cuando el teatro Real, el Hipódromo de la Castellana o el Tiro de pichón de la Casa de Campo, congregaba a la gente conocida; cuando en Recoletos morían las últimas reminiscencias de Agua, azucarillos y aguardiente...». Más tarde, la obra sería estrenada en el teatro Infanta Isabel por la actriz Isabel Garcés y, con posterioridad, adaptada a la pequeña pantalla por el cineasta Jaime Chávarri. Pero, ¿quién se ocultaba detrás de una interesantísima personalidad literaria que consiguió ese don difícil de interesar y complacer con sus novelas a una gran mayoría de lectores? ¿Quién era la autora de «Cristina Guzmán», profesora de idiomas, libro que «todas las chicas casaderas leímos sentadas en la camilla –escribió Carmen Martín Gaite– y muchos soldados llevaban en el macuto», y del que se decía que, incluso la Pasionaria, se había emocionado con las peripecias de la aristócrata arruinada? María Carmen de Icaza y de León, baronesa de Claret, fue la segunda hija del literato mexicano Francisco de Icaza, embajador de su país en Madrid, que creció rodeada de intelectuales como Ortega y Gasset, Rubén Darío, Amado Nervo o Juan Ramón Jiménez, quien llegó a dedicarle un poema titulado «A María del Carmen Icaza», que se encuentra en Poemas impersonales publicado en 1911. Debido a la movilidad del embajador, su educación transcurrió en diversas capi-tales europeas –además de español, hablaba alemán, inglés e italiano con fluidez– entre las que destaca Berlín, donde se formó en lenguas clásicas y modernas.

En 1925, y de nuevo en España, muere su padre. La falta de recursos de la familia, y siendo la mayor tras el fallecimiento de su hermana Beatriz, la lleva a solicitar un puesto en el diario El Sol gracias a la antigua amistad de su padre con Ortega, fundador del rotativo. Se ocupará de la página femenina, desde la que se hará eco de los problemas de la mujer. En seguida pasará a colaborar en ABC, Blanco y Negro y Ya, de cuya redacción pasará a formar parte en 1935 y desde el que realizará una campaña a favor de las madres solteras y los niños desvalidos. Mucho antes, con sólo dieciséis años había escrito bajo el pseudónimo de Valeria León la novela «La boda del duque Kart», donde recordaba sus años adolescentes de la época vivida en Alemania (que reharía en 1950 a petición del diario Ya, bajo el título de Talia). Pronto empezaría a usar su verdadero nombre. Casada desde febrero de 1930 con Pedro Montojo Sureda, en 1935 firmará su novela Cristina Guzmán, profesora de idiomas, que fue publicada por entregas en la revista Blanco y Negro alcanzando enorme éxito que luego se vio confirmado en su edición en forma de libro en plena guerra civil y divulgada por Editorial Juventud. Apareció publicada, también como folletín, en el diario parisino Le Temps, y más tarde sería traducida a varios idiomas. También fue llevada al teatro, estrenada en el Reina Victoria, y al cine, donde debutó como actor Fernando Fernán Gómez.

En los últimos días de agosto de 1936 toda la familia consigue salir del «Madrid rojo» gracias a la embajada de Cuba –país natal de su marido– y, desde Alicante, partir a Marsella rumbo a Berlín. No permanecerían mucho tiempo, pues Pedro Montojo se incorpora al ejército nacional donde sería condecorado, después, con dos Cruces de Guerra, con tres Cruces Rojas al Mérito Militar y con la medalla de Sufrimientos por la Patria. Carmen regresó con él a España donde volcó su experiencia y sus conocimientos en tareas humanitarias. Así, en octubre del 36, en Valladolid, participó en la fundación de Auxilio Social, junto a Mercedes Sanz-Bachiller, organización en la que llegaría a desempeñar el cargo de secretaria general. La escritora acuñó la máxima: «En nuestros hogares no hay ni rojos ni azules, solamente niños de España».

23 generaciones

A pesar de su labor política y sus reuniones en el Comité Internacional de Obras Sociales, Carmen de Icaza siguió escribiendo. En 1941 publicaría «Soñar la vida cuya acción transcurre en Estambul, a orillas del Bósforo...». Le seguirían «El tiempo vuelve» (1945) y «La fuente enterrada» (1947), su novela preferida y un giro en su carrera pues la llevó a independizarse de su editor y a abandonar el género rosa, aunque sin salir de la temática sentimental. En «Yo, la Reina» (1950) presenta por primera vez una protagonista no española. Tres años más tarde llegaría «Las horas contadas», ambientada en la isla de Mallorca, y de la que el escritor y crítico Sainz de Robles dijo que la autora «ha tomado para su obra lo que se llama un tiempo largo: más de veinte años y tres generaciones de personajes singularísimos emparentados». En 1960 firmaría su última novela, «La casa de enfrente». En ella se narra la vida de dos hombres con un destino radicalmente opuesto. No obstante lo dicho, aún escribió algo más: el guión televisivo de «Proceso a Mariana Pineda».

Fallecería en el año 1979. Con su muerte se perdía a «una de las novelistas españolas más traducidas del mundo», según escribieron los medios de la época. Dionisio Ridruejo la veía como a una mujer «enérgica, triunfal, expresiva, recitada. Conservaba no poco de su antigua belleza morena, pero hablaba de un modo irruptivo y como con los dientes apretados. Había luchado mucho –y con mérito– en la vida».

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