El zoo de cristal de Tom Ford

Jake Gyllenhaal y Amy Adams se ponen al servicio de Tom Ford, ex jefe de la casa Gucci, en su segunda incursión en el cine con «Nocturnal Animals», una reflexión sobre el vacío y las convenciones en el entorno del arte, «que simboliza el absurdo del mundo contemporáneo», según el director

Jake Gyllenhaal a su llegada ayer a la Mostra de Venecia para presentar «Nocturnal Animals»

Jake Gyllenhaal y Amy Adams se ponen al servicio de Tom Ford, ex jefe de la casa Gucci, en su segunda incursión en el cine con «Nocturnal Animals»

Sostiene Tom Ford que «Nocturnal Animals» no es una película sobre la venganza. Añade Jake Gyllenhaal que no hay en ella «ojo por ojo», sino sólo «la expresión del amor» de alguien que ha sido herido y quiere que quien lo abandonó entienda su dolor. Amy Adams asentía con la cabeza. En cualquier caso, por encima de todo, es una película en la que el célebre diseñador de Texas habla de sí mismo. Ford –que volvía a la Mostra veneciana que lanzó internacionalmente, hace siete años, su celebrada ópera prima, «Un hombre soltero»– quería demostrar a los asistentes que «el estilo tiene que servir a la sustancia», y qué sustancia más interesante que lo insustancial del mundo que le rodea.

El filme arranca con una espectacular secuencia de créditos, con la exposición de unas cuantas mujeres obesas, posando desnudas y felices en lo que podría ser una sesión de fotos para limpiar la conciencia de los editores de «Vogue». Es, claro, una instalación artística, una colección de piezas de la más americana «white trash» que Tom Ford quería convertir en representación carnal del mensaje de «Nocturnal Animals». «Eran hermosas, se sentían libres ante la cámara», explicó Tom Ford con voz grave y entusiasta. «Se habían liberado de las convenciones que dictan lo que se supone que tienes que ser para ser ellas mismas». De eso habla la película que, sólo en apariencia, parece completamente distinta a la elegíaca «Un hombre soltero».

- El vacío del arte

En realidad, el Colin Firth de aquella lánguida tragedia, profesor universitario que decide suicidarse después de la muerte de su novio, en unos años sesenta en los que la homosexualidad era motivo de ostracismo y persecución, no es tan distinto a la Amy Adams de «Nocturnal Animals», artista conceptual que vive angustiada por el vacío y la frivolidad de su entorno social. En la novela de Austin Wright en que se inspira, el personaje de Susan no es artista sino ama de casa. El cambio es significativo, no sólo por lo que supone de crítica explícita al mundo del arte («en cierto modo, simboliza el absurdo del mundo contemporáneo», Ford dixit) sino porque sirve para que el cineasta se lamente de su condición de hombre rico y famoso, perdido en un universo de lo más superficial (quien dice arte dice moda). Como ya ocurría en «Un hombre soltero», da la impresión de que Ford se siente culpable por ser quién es, lo que convierte a su película en una obvia expiación de sus pecados que contradice la fascinación que muestra por esa feria de vanidades. Tal vez el día en que deje la falsa modestia o el cinismo en el vestidor, hará una buena película.

Mientras tanto, tenemos que conformarnos con un salto considerable en sus ambiciones como contador de historias. Susan (Amy Adams) recibe el manuscrito de la segunda novela de su ex marido Edward (Jake Gyllenhaal), con el que no habla hace casi veinte años. Cuando empieza a leerla, se encuentra con una dedicatoria que le hace temer lo peor: lo que sigue es una historia de violencia que acaba en sangrienta venganza, y los ecos de esa historia, un tanto forzados, en los de su fracasado matrimonio, la hacen despertar de su letargo. Visualmente, las transiciones entre los dos universos narrativos son más bien torpes, y Ford se arriesga a que la fuerza del «thriller» novelesco devore al melodrama femenino, que es lo que acaba pasando. El ex jefazo de Gucci ve a ambos personajes como víctimas: a Susan de «nuestra cultura, pero también de su inseguridad, de su falta de confianza en sí misma» y a Edward de esa «sensibilidad» que, en un hombre, se confunde como debilidad de espíritu. Y en tanto que ambos son espejos en los que se refleja, la víctima acaba siendo el propio Ford.

Tal vez resultaría demasiado paternalista calificar como víctimas a los nativos de la Pampa del Tamarugal, en el desierto chileno, sobre todo porque «El Cristo Ciego», segundo título a concurso de la jornada de ayer, no lo hace. Les da voz, les permite contar sus historias, y a partir de ahí, los hace visibles, aun cuando su perra vida les obliga, en cierto modo, a creer en lo invisible. Christopher Murray articula esta singular peregrinación a partir de la voluntad de un Cristo laico, que está convencido de llevar a Dios en su alma pero que detesta iconos e iglesias. Convencido de que va a hacer un milagro, cruza el desierto descalzo explicando fábulas que son, a la vez, crónicas y alegorías, y que Murray recolectó de los actores no profesionales que participaron en el rodaje. «El Cristo Ciego» no es una película religiosa en el sentido estricto del término, aunque sí habla de la fe y la dignidad de los hombres, algo que habría aplaudido el Pasolini de «El evangelio según San Mateo». Puede que Dios haya abandonado a estos hombres y mujeres, pero hay algunos que aún creen en la vida.

El boxeador Chuck Wepner también es un creyente, pero su fe es la del soñador que se inventa su propio personaje, un egoista con ilimitados delirios de grandeza. Famoso por perder un combate por el título de peso pesado frente a Muhammad Ali y, sobre todo, por servir de inspiración a Sylvester Stallone para crear el personaje de Rocky Balboa, Wepner es un hombre ridículo que tarda muchos años en darse cuenta de que lo es. O al menos así lo presenta «The Bleeder», plano e insípido «biopic» que se presentó fuera de concurso en la Mostra. Ni siquiera la eficacia interpretativa de Liev Schreiber –que figura también como co-guionista y co-productor– consigue librar de la mediocridad a la película de Philippe Falardeau, burdo remedo de los relatos callejeros de auge y caída de Martin Scorsese, en su defecto, copia desvaída de «Boogie Nights».

San Sebastián da lustre a su alfombra roja

Hay años en que los astros (o las agendas de los astros) se alinean, y la próxima edición del Festival de San Sebastián (del 16 al 24 de septiembre) pinta, cuanto menos, rutilante. Y es que este 64º certamen se ha garantizado al menos el «glamour» del que careció la pasada edición con la presencia de estrellas internacionales como Richard Gere, Hugh Grant, Monica Belluci, Jennifer Connelly, Javier Bardem, Isabelle Huppert, Gabriel García Bernal, y los premios Donostia de este año: Sigourney Weaver y Ethan Hawke. La ristra de directores presentes, especialmente para presentar sus películas en la sección Perlas, es también notable: Paul Verhoeven, Oliver Stone, Bertrand Tavernier, François Ozon, Terence Davis... Otro director, el danés Billie August, será el presidente del jurado de la Sección Oficial, que este año apunta maneras tras la edición considerada por muchos como «sosa» del año pasado. Informa G. Núñez