Periodistas en el infierno

En «Morir para contar» el ex reportero pone imagen a los traumas que arrastra, como todos sus compañeros, después de vivir la guerra.

En «Morir para contar» el ex reportero pone imagen a los traumas que arrastra, como todos sus compañeros, después de vivir la guerra.

Algún lugar cerca de Kandahar, Afganistán, 2012. Hernán Zin (Buenos Aires, 1971) viaja dentro de un blindado americano junto al cuerpo de desactivadores de bombas hasta que no puede más. Después de once días empotrado con las tropas explota. Algo le quema en el interior de una forma mucho más intensa que cualquiera de los fogonazos que han rodeado su carrera. Sale del vehículo, tira la cámara y se quita todo lo que le ahoga mínimamente. Intenta respirar, pero le es imposible. El depósito de desgracias no asimila más entradas, así que allí mismo se da la vuelta. Solo. En medio del desierto, de la nada, de la guerra. Como en el refrán, «fue la gota que colmó el vaso», recuerda hoy. Zin acababa de sufrir un ataque de pánico que le iba a avisar de que ese capítulo de su vida, el del reporterismo más extremo, estaba agotado.

Aun así, todavía aguantaría cinco años al pie del cañón. «Esa es la trampa», dice el periodista. «¿De qué voy a currar? No sé hacer otra cosa». Se reinventa como puede y, entre tanto, surgen documentales como «Nacido en Gaza» (2014) y «Nacido en Siria» (2017) que le dan oxígeno: «El cine me ha salvado». Pero ya no es lo mismo, ya no se juega el pellejo como antes y en 2017 lo deja el frente: «Ya iba con el freno de mano puesto. Tenía poca ilusión y trabajaba a regañadientes».

Ni siquiera su vida en casa es igual. Las multitudes y la oscuridad le aterran. Se pone la noche y aparecen los fantasmas que le salpicaron del Líbano a Somalia. Los mismos que le han llevado a huir a un hogar con jardín a las afueras de Madrid. Es el nuevo Hernán Zin, el que ahora presenta «Morir para contar», un documental en el que analiza las secuelas del combate en gente como él, en sus compañeros de batallas (Ángel Sastre, Maysun, David Beriain...). La vuelta, después de semanas viviendo a hurtadillas, a tu ciudad en la que te sientes como un extranjero. Un jet-lag «a lo bestia». Tres días durmiendo para coger fuerzas y equis perdido «porque no tienes con quien hablar porque nadie comprende tus penas», apunta un Zin que trata de «hacer un esfuerzo por empatizar con el sufrimiento de las personas de aquí. Todo te parece absurdo, pero debes escucharles para no ser soberbio».

Zin preguntó a sus compañeros si aquel pánico era normal y sí, «para mí sorpresa a todos les había sucedido». Porque no tienen corazones de piedra ni ojos impermeables a las injusticias. Están muy lejos de los superhombres –y supermujeres– que venden en las facultades de Periodismo: «Nunca he visto el cliché del reportero de testosterona, sino gente muy currante, que sufre lo del otro para contarlo bien. Y ahí está la trampa, te atrapa hasta que revientas», explica Zin.