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Cuando el valor de un soldado se acaba

Se recupera la emblemática obra de Lord Moran en la que da testimonio de las terribles heridas físicas y psicológicas de la Gran Guerra

  • Soldados heridos y con estrés postraumático causado por la artillería de la Primera Guerra Mundial
    Soldados heridos y con estrés postraumático causado por la artillería de la Primera Guerra Mundial

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02 de noviembre de 2018. 04:25h

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David Solar.  2/11/2018

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El «premier» británico, Winston Churchill, en sus «Memorias de la Segunda Guerra Mundial», se refiere a Lord Moran de manera más afectuosa de lo habitual en él: «Vino también Lord Moran que durante 1941 se había convertido en mi asesor médico permanente. Fue el primer viaje que realizó con migo (se refiere a su viaje a Estados Unidos en diciembre de 1941, tras Pearl Harbor), pero después me acompañó a todos. A sus cuidados contantes es probable que les deba la vida (...) nos hicimos muy amigos. Además, sobrevivimos los dos». Lord Moran, realmente Charles McMoran Wilson (1882-1977), fue un médico tan notable que recibió la misión de cuidar de la salud del Premier, bastante deteriorada no sólo por sus 66 años en 1940, por sus problemas cardíacos, responsabilidad, preocupaciones y angustias, sino también porque era un hombre obeso que bebía como un cosaco y fumaba como un carretero... Lord Moran contribuyó a que viviera hasta los 91 años. Pero Lord Moran fue más que eso: un oficial médico implicado en los más duros enfrentamientos de la Gran Guerra desde 1914 a 1917, de los que extrajo valiosas experiencias que plasmó en «Anatomía del valor», libro de cabecera de la oficialidad británica.

Al final de la primavera de 1916 la guerra estaba estancada en el frente Occidental. Cinco millones de hombres se pudrían en las trincheras sin que el forcejeo de asaltos de infantería produjeran otro resultado que bajas. Había una excepción: todavía bramaba la batalla de Verdún, donde la ofensiva alemana había sido contenida, aunque los alemanes aún trataban de imponerse.

El infierno de Somme

Desde finales de invierno, los franceses pedían a los británicos que lanzasen una ofensiva que liberara la presión germana sobre Verdún, donde sus tropas se estaban desangrando y amenazaban derrumbarse. Agobiado por la presión, el mando británico proyectó la ofensiva del Somme. Su éxito debería terminar la batalla de Verdún, hundir las líneas alemanas más próximas al Canal de la Mancha, despejar su amenaza contra las comunicaciones británicas y animar el esfuerzo ruso en el Frente Oriental.

El primero de julio de 1916, tras un cañoneo de seis días y la explosión de varias minas dotadas de toneladas de explosivos, cuyo estampido se escuchó en Londres, 29 divisiones se lanzaron al ataque, pero los alemanes les estaban esperando, causándoles aquel primer día sesenta mil bajas, record absoluto de derroche de sangre en la Gran Guerra; solo los británicos perdieron 45.000 hombres (20.000 muertos). Pese a los paupérrimos resultados, la ofensiva continuó. Al infierno del Somme que, según un oficial alemán «resumía los mayores horrores de toda la historia del mundo», llegó el 22 de julio de 1916 el primer batallón de Fusileros Reales en el que prestaba sus servicios Charles McMoran Wilson. El doctor tuvo pocas experiencias de combate, pero contempló las destrucciones de trincheras, pueblos y bosques y la aún más aterradora riada de heridos que inundó sus hospitales día tras día hasta que, después de 144 días de espanto, se dio por concluida la batalla. Los aliados habían tenido 624.000 bajas, de los cuales 460.000 fueron heridos (465.000 y 300.000, los alemanes) y los hospitales británicos atendieron a 324.000 heridos.

«En el suelo a mis pies –escribe Moran– hay un soldado tumbado boca abajo con los brazos extendidos: le han rasgado la camisa para acceder a sus heridas... Hay sangre por todas partes y su hedor tapa todos los demás olores... En el refugio no queda nada salvo retales de ropa, material sanitario y sucios apósitos sanguinolentos, además de algún que otro rifle o bota, unos pocos cascos de latón y máscaras de gas...». Están tan agotados que el personal médico se duerme allí mismo y se despierta cuando llega un general y les felicita por el trabajo realizado ese día. Le dice: «ha costado muchas vidas. El general respondió que eso no debería preocuparle: nosotros habíamos herido y causado la muerte a muchos más boches (...) cuando se marchó, nos dimos media vuelta y volvimos a dormirnos, prácticamente antes de que él hubiera salido...».

El avance anglo-francés en casi cinco meses se había limitado al corrimiento de unos ocho kilómetros de las líneas de trincheras y de alambradas. Con todo, Alemania comenzó a ver el espectro de la derrota: encajaba peor sus bajas. Según el comandante en jefe, el príncipe Ruperto de Baviera: «Cuanto quedaba de la vieja infantería alemana de primera clase entrenada durante la paz ha quedado liquidada en el campo de batall».

Allí aprendió Morán «El intenso miedo que producen los bombardeos continuos y el estrés de presenciar como matan o hieren a un amigo. Tampoco se puede reproducir el grado de ansiedad al que se ve sometida una persona obligada a vivir durante días o meses bajo un estado de amenaza constante para su integridad física. Solo la guerra puede determinar la reacción de un ser humano en estas condiciones, de ahí que se imposible identificar a aquellos con niveles bajo de valor antes de destinarlos al combate».

El método de disección del valor de Moran comprende tres apartados: el origen del miedo, el desgaste del valor en la guerra y la forma de gestionar y tratar el miedo, de forma que el depósito del valor se prolongue el mayor tiempo posible. Pero aparte de señalar la conducta derivada de asuntos morales, también disecciona los problemas médicos: agotamiento, daños en los oídos, el cerebro y la médula espinal a causa de la violencia de los bombardeos.

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