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Cuando rozarse con un cuerpo desnudo es arte

En 1977, la pareja de artistas Marina Abramovic y Ulay realizaron en una galería de Bolonia una de sus «performances» más célebres: «Imponderabilia». Completamente desnudos, ambos se colocaron a un lado y otro de un estrecho corredor que daba acceso a la sala de exposiciones. El espacio dejado entre sus cuerpos era tan estrecho que aquel visitante que quisiera pasar entre ellos tendría necesariamente que restregarse contra su desnudez. Esta emblemática pieza será una de las recreadas durante la retrospectiva que la Royal Academy dedicará a Abramovic en otoño de 2020. Para ello, se están reclutando a jóvenes artistas dispuestos a permanecer desnudos e impertérritos durante horas, mientras miles de visitantes se frotan contra sus cuerpos. En su primera versión, «Imponderabilia» resultó tan polémica que motivó la intervención policial. Pero la pregunta que ahora se suscita es si, más de cuarenta años después, este clásico de la «performance» conserva su potencial perturbador. Para responder a ello, basta plantearse la siguiente cuestión: ¿qué sucede cuando, en la actualidad, en un autobús o un vagón de metro atestado de gente, tocamos sin querer a un desconocido? La reacción inmediata será, con toda probabilidad, pedir disculpas, ya que si existe un tabú en la sociedad occidental, éste no es otro que el representado por el sentido del tacto. Platón y Aristóteles establecieron que la vista y el oído –los «sentidos de distancia»– siempre permitirían una mejor comprensión del mundo que los «sentidos de proximidad»– tacto, gusto y olfato. Nuestra cultura ha privilegiado, desde su origen clásico, lo visual y auditivo sobre cualquier otro tipo de experiencia que implique el contacto entre cuerpos. De ahí que, cuando Abramovic y Ulay concibieron esta obra, la intención de fondo fuera comprobar el modo en que un individuo cualquiera se enfrenta ya no solo a la experiencia genérica del tacto, sino a la entrada en contacto con un cuerpo desnudo desconocido. Habida cuenta de la reacción de la audiencia, «Imponderabilia» constató –con la precisión del mejor estudio sociológico– que el tabú del tacto continúa vigente en la configuración emocional del individuo corriente. Es cierto que, después de lo sucedido en los museos durante el último medio siglo, el simple hecho de encontrarse un desnudo real, vivo, en una sala de exposiciones no deja de entrar dentro de lo normal. El desnudo por sí mismo ya no tiene capacidad para escandalizar. Pero, ¿qué ocurre cuando el objetivo de dicho desnudo es ser tocado? Entonces lo usual ya no lo es tanto. Cualquier visitante a un museo sabe que las obras expuestas no se pueden tocar. Y, si a esta prohibición se le suma el miedo atávico al tacto que arrastra nuestra cultura, la experiencia de restregarse por los cuerpos desnudos de un hombre y de una mujer puede llegar a ser más que estremecedora.

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