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Dalí, ¡viva el vino!

«Tinto» y «blanco» eran dos términos demasiado sencillos para el genio de Figueras, así que optó por ampliar el surrealismo al mundo de los caldos en «Los vinos de Gala» (1977), que reedita Taschen.

«Tinto» y «blanco» eran dos términos demasiado sencillos para el genio de Figueras, así que optó por ampliar el surrealismo al mundo de los caldos en «Los vinos de Gala» (1977), que reedita Taschen.

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Con la reedición que Taschen hizo el año pasado de «Las cenas de Gala» (1973) se volvía a poner en valor aquello de que Dalí y el universo gastronómico eran dos ingredientes que maridaban a la perfección, solo bastaba con observar buena parte de una obra llena de mantras alimenticios –«Teléfono afrodisíaco» (1936), «Autorretrato blando con bacon frito» (1941), «La cesta de pan» (1945), «Tuna Fishing» (1967)...– y con recordar sus delirantes banquetes para dar fe de ello: «Todo empieza por la boca y, luego, se expande por el cuerpo con los nervios», recogía el título. Una concordancia que también se puede encontrar entre la figura del artista y los caldos de la uva: «Un verdadero entendido no bebe vino, saborea sus secretos», llegó a afirmar el propio Dalí del «producto más alabado, más magnificado, más inspirador de la historia de las artes». Máxima de la que surgió el enésimo homenaje del pintor a su musa, «Los vinos de Gala» (1977), reimpreso ahora por la misma editorial y cargado de la «gastroestética» de las 140 ilustraciones del de Figueras.

Ya firmaba Dalí en 1956 «Vaso de vino y bote», que, sin ser uno de sus cuadros más representativos o fetiches, sí dejaba entrever una de sus debilidades. Era parte de su inspiración: «Atribuyo a toda clase de alimentos en general valores estéticos y morales esenciales». El olor de ollas, sartenes y copas era suficiente para «colocar» al genio y solo él sabe cuánto de su legado fue concebido bajo esta calórica hipnosis. Porque creaba en exclusiva «para los deleites del paladar». Que nadie busque en sus piezas –en «Las cenas de Gala», principalmente– fórmulas dietéticas. Dalí fue un hombre pensado para el gozo y así lo plasma de nuevo en su catálogo de vinos –ya lo anticipaba Eurípides hablando de éste como aquel que «nos invita a la danza y nos hace olvidar los males»–, en el que «tinto» y «blanco» son dos términos demasiado sencillos para el surrealismo: de gozo, con «vocación de aperitivo, de bienvenida»; de púrpura, «de cuerpo pleno y sabrosos»; voluptuosos, «que se degustan como caramelos»; frívolos o espumosos, que son «sinónimos de fiesta»; generosos u oportos; de velo o jereces; de lo imposible, como el vino de paja; de luz (blancos); de esteta, «esotéricos, porque es necesario estar altamente iniciado para captar el mensaje secreto que ocultan»; y de aurora o rosados.

Sentimiento de agobio

Son «Los 10 vinos de Gala» a los que pone texto el viticultor francés Louis Orizet en la segunda parte del libro: «Toda escuela, toda religión, empieza por el establecimiento de una convención de lenguaje. Sin esa clave, no hay sino oscuridad, incomprensión y conflicto –recoge el volumen–. Sin duda es la no observancia de esta regla lo que conduce al hombre al rechazo visceral de aprehender la ciencia del conocimiento del vino. El misterio que envuelve ese saber, la universalidad de los elementos que pone en juego, el carácter irracional de las balizas que jalonan su aproximación intelectual desembocarán en un ritual que tiene algo de fariseísmo. ¿Hace falta más para crear ese clima de desconfianza que asalta al hombre de bien en el umbral de la revelación báquica? La compilación de la prodigiosa bibliografía “vinosa” lo inclina rápidamente a un sentimiento de agobio», firma Orizet.

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El viticultor hace un viaje por los diferentes caldos partiendo de las impresiones que le provocan estos en lo más profundo de su ser. ¿Qué puntos de referencia elegir para avanzar en el conocimiento, cuando tantos turiferarios se oponen a tantos despreciadores?, ¿cómo ver claro en estas disputas entre los defensores de los vinos jóvenes y los afiliados a los vinos viejos? y ¿por quién tomar partido entre los enamorados del burdeos y los amantes del borgoña? se convierten en el centro de una tesis que cierra a la manera daliniana con «una clasificación llamada de intromisión. Se trata, como ya habréis inferido, de jerarquizar los vinos según la naturaleza de las sensaciones que hacen nacer en lo más profundo de nosotros mismos, más allá de los límites del soma, en el ámbito infinito del alma», escribe.

Antes, la primera parte corre a cargo del escritor francés Max Gérard, «Los 10 vinos del Divino», en la que se recorren los orígenes del vino desde el «Génesis» y la primera viña plantada a los pies del monte Ararat hasta las cepas californianas llevadas por Fray Junípero Serra. «Peregrinos de nuestra propia celebración, vayamos hacia los senderos que conducen a la vid: el champán para exteriorizar ante todo las burbujas de la fiesta, el ‘‘shiraz’’ vendrá luego a filtrar la miel de la leyenda y el alma del pasado, el ‘‘minos’’ nos hablará de la adolescencia de las cepas y el ‘‘lacryma christi’’, del largo aprendizaje de la perseverancia. Los vinos de Francia dibujarán una tierra labrada con pasión, brillante de nombres confrontados a la savia golosa de los siglos; el jerez rendirá homenaje al país de Dalí, finalmente, la sólida adolescencia de los caldos californianos puntuará esta gesta del vino: lectores cómplices en el placer del gusto, despejad y alegrad vuestras bocas, aquí llegan grandes señores envueltos en palabras-fruto. Sembrarán las tierras con nuestra tentación y, derribando las puertas de nuestras arideces, harán madurar nuestros sentidos al fuego de su genio», plasma Gérard.

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Son las dos partes del homenaje a Gala y a un elemento casi divino del que Víctor Hugo dijo, en una de las citas que se intercalan en el libro: «Dios solo había creado el agua, pero el hombre creó el vino». Para no desperdiciarlo y venerarlo como es debido, también se apuntan una serie de «Consejos para el gourmet aficionado». Mucho cuidado con tratar una botella como si fuera una caña de cerveza o una taza de té: «Hasta el final habrá que merecerla y, por lo tanto, cuidarla a fondo. Sobre todo, no hay que pedirle más de lo que nos puede ofrecer». Entra dentro de «Los deberes del anfitrión», a quien corresponde el deber de servir el aquí líquido elemento. «Es a la vez una regla y un código ético que hay que respetar, pues ofrecer su vino y servirlo adecuadamente es demostrar su amistad al invitado». Tarea en la que se exponen tres principios intangibles a conocer: la manera de presentar los vinos en la mesa, las reglas del maridaje de los caldos y la comida y el arte de la cata.

Premisas que dependen de la suerte, pues el éxito del «hijo del azar», como definen al vino, es fruto de muchas variables: depende de la meteorología, del año (cosecha), de la situación geográfica y geológica, de la edad y de las variedades de vides productoras, de la cualificación del viticultor y del embotellador, de la técnica elegida para elaborar el vino, de los cuidados del embotellado, de una bodega adecuada, de la suerte y, por fin, del buen resultado. Lo que viene después, ya lo anticipó Lope: «Solo conozco dos cosas que ganan al envejecer, un amante y el vino».

«In Vino veritas»: de Velázquez al genio surrealista

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Pablo Picasso dedicó algunas series de pinturas a su visión del vino y las botellas. Gustaba de reunirse en bares junto a otros famosos artistas a beber caldos, champagnes y absentas. «La botella de vino», de 1922 es un ejemplo. Con el mismo nombre Joan Miró imaginó este universo en una obra fechada en 1924. Si echamos la mirada atrás nos vendrá a la memoria «La merienda», (1776) de Francisco de Goya, un cartón para tapiz con la representación de un grupo de majos, sentados a orillas del Manzanares a las afueras de Madrid, que descansan comiendo, bebiendo y fumando. Qué decir de «Los borrachos» (1628-1629), conocido también como «El triunfo de Baco» (en la imagen), firmado por Velázquez que dio al pintor la oportunidad de representar uno de sus primeros desnudos masculinos. Y no olvidamos a Dalí en «Vaso de vino y bote» (1904), una obra que puede representar un atardecer en la bahía de Portlligat.