«Don Carlo», así se limpia la leyenda negra española

Instante del «Don Carlo» que dirige Albert Boadella
Instante del «Don Carlo» que dirige Albert Boadella

¿Un monarca cruel o un infante demente? Con el estreno de la ópera de Verdi, dirigida por Albert Boadella, algunos de los historiadores que mejor conocen los hechos, como Carmen Sanz Ayán y Joseph Pérez, ofrecen la verdad sobre Felipe II y su malogrado hijo.

«Col sangue sol potei la pace aver del mondo». Felipe II ha bra-mado: «Es con sangre solamente como puede haber paz en el mundo». Su espada ha «aplastado el orgullo de los reformistas». En su imperio reina una «paz de Nerón», como le espeta Posa, el único que se atreve a decirle verdades al monarca que heredó un imperio en el que no se ponía el sol. El rey que le negará a su propio hijo, el infante Don Carlos, la mano que tenía prometida de Isabel de Valois y a la que convierte en su madrastra tomándola por esposa. «La hora fatal ha sonado», cantan los enamorados al conocer la noticia. Y el destino se torcerá para ellos en la corte de Felipe, todo rigor, todo fanatismo, todo autoridad. Hasta un desenlace fatal. Eso, más o menos, fue «Don Carlo», la ópera de Verdi inspirada en el drama de Schiller. Y luego está la historia.

el final de una tradición

Pocas veces un libreto ha faltado tan interesadamente a la verdad como en el título que levantó el telón el11 de marzo de 1867 en el Palais Garnier de París. Siglo y medio después, una producción española se estrena en el Teatro Auditorio de San Lorenzo de El Escorial (días 25, 27 y 29), dirigida por Albert Boadella, y con el espíritu contrario: poner a cada cual en su sitio. Un curso de verano en El Escorial, dirigido por Carmen Sanz Ayán acompañará al estreno. «“Don Carlo” es el producto acabado y final de toda una tradición», asegura la académica de la Historia. «La idea de que Felipe II es un personaje abyecto, un tirano, tiene que ver con una propaganda política bien elaborada por sus enemigos, casi todos alineados en la Europa protestante, en un momento en que el continente está dividido –prosigue Sanz Ayán–. Existe absolutismo confesional de un lado; y de otro, una construcción muy bien elaborada por parte de Inglaterra, de los Países Bajos, por supuesto, que es donde tiene su origen, pero también de los calvinistas franceses, y es una maquinaria bien organizada de propaganda política que luego tiene éxito porque pasa de los panfletos y los textos políticos a las novelas y a las obras de teatro. Tiene una continuidad. Y llega a Schiller y Verdi». En su biografía de Felipe II, Geoffrey Parker comenzó a desmontar la visión que persistía del monarca. A él remite, como obra clave, Joseph Pérez, otro de los participantes en el curso de El Escorial. «Todo esto es un lío que se ha montado a finales del siglo XVIII con el drama de Schiller primero y que luego Verdi arregló a su manera en la segunda mitad del siglo XIX. Pero no tiene nada de verdad histórica. El drama y la ópera presentan ese episodio histórico como un momento de lucha, de combate de la civilización contra la barbarie, de las luces contra el fanatismo y el oscurantismo. Ahí se mete la Inquisición y toda una serie de normas que dependen de la leyenda negra pero que no tienen nada que ver con lo que ocurrió en julio de 1568, cuando en El Alcázar de Madrid murió el Príncipe don Carlos», explica.

Pérez no duda en retratar a Don Carlos como un tipo inestable que metió las narices donde no debía: los asuntos del reino. «Se cuenta que cuando Carlos V regresó a España, a Yuste, un poco antes de morir, se encontró con su nieto y se asustó, y recomendó que se le apartara. Ese elemento era un demente y Felipe II debió de sentirlo mucho como padre. Como jefe de Estado que era, no podía admitir que un hombre como su hijo le pudiera suceder en el trono». Sanz Ayán describe al infante como un niño que «tiene algunas malformaciones físicas evidentes. Parece ser que también las tenía de carácter, y que ese carácter va a peor a medida que pasa el tiempo». Después de un accidente en la adolescencia, «los rasgos de su personalidad, que no parecían propios de un príncipe del Renacimiento, se agravaron. Los testimonios de sus ayos, de la gente que estaba a su lado, nunca hablan de que fuera alguien anormal, pero arrastró ciertos retrasos: no empezó a hablar hasta los tres años; no empezó a leer y a escribir a la edad de otros niños. Tenía esos rasgos, y luego un carácter irascible, crueldad hacia las personas y los animales...».

Felipe II optó por no darle responsabilidades de Gobierno. «Al parecer, eso crea un resentimiento en Don Carlos, que hace que tome decisiones por su cuenta, algunas muy peligrosas para la estabilidad de la Monarquía –prosigue la académica–. Por ejemplo, contactar con el representante de los Países Bajos, lo que podía hacer pensar a cualquiera que existían dos maneras de leer el problema del levantamiento: una intransigente y reglamentista, que es la de Felipe II, y otra más transigente y comprensiva». El infante dio con sus huesos en el Alcázar. Y allí fue asesinado por orden de su padre. Pero, un momento... nos hemos ido de nuevo a Schiller y a Verdi. ¿Qué pasó en realidad?

Huelga de hambre

«Yo me fío de una carta reservada que le envió el embajador de Francia a su rey –explica Pérez–. Él no tenía ningún motivo para congraciarse con Felipe II. En aquel momento, Francia y España estaban en guerra. El embajador no habría ocultado el asesinato... pero no lo hubo. Dijo que el príncipe murió en el Alcázar de Madrid de muerte natural». Y aporta una explicación: «Harto de verse encerrado, Don Carlos emprendió lo que hoy llamaríamos una especie de huelga de hambre: pasaba varios días sin comer, luego se hartaba de comer ciruelas y de beber agua fría. No comer, beber agua fría en pleno julio, revolcarse en las losas de la habitación mojadas, acostarse en una cama cuyas sábanas han sido mojadas. Esto le provocó una enfermedad, diarrea, vómitos, y murió por ello». Pérez cita a Cabrera de Córdoba, según el cual, al enterarse de la muerte de Don Carlos, «el padre sintió dolor, pero el monarca, alivio. No hay que presentar a Felipe II, creo, como un ser inhumano, un monstruo. Debió de dolerle mucho lo que le ocurría en su familia. Pero, por otro lado, el jefe de Estado que era no podía sino sentir alivio al enterarse de que su hijo acababa de morir». Pero una cosa, insiste el historiador, es esta paradoja y otra cargarle el muerto. «A partir de ahí, los rumores, la leyenda negra, una serie de calumnias, de acusaciones infundadas, se ha metido en ello y ha presentado a Felipe II como un monstruo capaz de matar a su mujer, Isabel de Valois, a su hijo, Don Carlos... Todo esto es algo que en el siglo XVIII, al final de la época de las Luces, sonaba muy bien: el fanatismo, el oscurantismo, la crueldad, la Inquisición, todo cuadraba perfectamente con el ambiente de la época y Verdi lo recoge en su ópera. Pero ahí no hay nada de verdad histórica».

Don Carlo en El Escorial, por Gonzalo Alonso