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¿Dónde está el «doctor Gachet»?

20 años sin noticias del Van Gogh de los 82 millones

Si se encuentra con este cuadro, una de dos: o es usted el propietario o acaba de resolver el mayor misterio del mundo del arte en las últimas décadas.

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Si se encuentra con este cuadro, una de dos: o es usted el propietario o acaba de resolver el mayor misterio del mundo del arte en las últimas décadas. Y es que desde hace 20 años nadie sabe a ciencia cierta (conjeturas no faltan, por supuesto) dónde se encuentra el que fuera otrora el cuadro más caro de la historia. Hasta 1996, su paradero estuvo definido: se encontraba en posesión de Ryoei Saito, el que fuera magnate de la empresa papelera Daishowa. Lo adquirió en 1990, en Christie’s, durante una subasta histórica por varios motivos: primero, porque la compra rompía el techo de ventas y se situaba como la más cara de la historia (costó 82,5 millones de dólares); y segundo, porque marcaba el culmen de la irrupción del yen en el mercado del arte en una época de euforia sin igual en la economía japonesa. La compra del «Retrato del doctor Gachet» por parte del magnate japonés convulsionó el mundo del arte como pocas veces había sucedido con anterioridad, especialmente porque al día siguiente el estrafalario y misterioso Saito volvió a llenar la cesta: pagó 78,1 millones de dólares por el «Moulin de la Galette» de Renoir. Lo nunca visto.

El influyente galerista y marchante Michael Findlay trabajaba en Christie’s Nueva York como director de Pintura Impresionista: «Ciertamente pagó un precio muy alto por esa obra y hubo mucha polémica en todo el mundo –explica a LA RAZÓN–. Yo conocí a Saito bastante. Era un señor mayor, apasionado por la pintura, que llevó a toda su familia a que la viera cuando se expuso en Tokyo y él mismo la estuvo mirando horas y horas. No era un hombre cultivado ni con formación, pero conectó profundamente con ese cuadro». Tan profundamente que incluso en un arrebato de excentricidad –y apremiado por una deuda millonaria que incluso lo llevaría a la cárcel poco después–, afirmó que estaba dispuesto a incinerarse con el Van Gogh y el Renoir para liberar a sus hijos de aquella carga impositiva con el fisco nipón. Su bravata dio la vuelta al mundo. Pero nadie le hubiese dado mayor credibilidad si no fuese porque, 20 años después de que el magnate falleciera, el «Retrato del doctor Gachet» está en paradero desconocido.

No sucedió lo mismo con el «Moulin de la Galette», que fue malvendido en 50 millones por una empresa subsidiaria de Daishowa. Entre tanto, nadie preguntaba por el cuadro de Van Gogh. Se suponía felizmente almacenado y custodiado en Japón. Pero en 1999 salta la liebre. El MoMA, que preparaba una exposición titulada «De Cézanne a Van Gogh: la colección del doctor Gachet», declaró que no había podido encontrar ningún rastro del último retrato (1890) pintado por Van Gogh. En Daishowa replicaron que se trataba de una posesión privada de Saito, y que, aunque no desconocían su paradero, «hemos escuchado que nuestro ex presidente vendió el cuadro antes de fallecer, así que creemos que no tiene bases sólidas el rumor de que fue quemado». Se disparan entonces las hipótesis, ninguna de ellas confirmada: que el «Retrato del doctor Gachet» está en posesión de un conglomerado japonés, que éste lo vendió a un trust austríaco o a un inversor con base en Bahamas, que se encuentra en manos de algún multimillonario celoso del secreto... El resultado, en cualquier caso, es el mismo: una de las obras de arte más valiosas de la historia («Entre los 12 retratos más importantes del arte occidental», puntualiza Guillermo Solana, director del Museo Thyssen) está desaparecida. Para Solana, «es raro que una presunta venta de una obra de este calibre no hayan dejado rastro en el mercado, así que me inclino a pensar que no ha habido una venta, porque estas cosas siempre se filtran y al final se sabe donde ha ido a parar. Estará almacenado en Japón o ha sido destruido», concluye. El director del Thyssen ve raro que, de cerrarse una transacción, hubiera sido en el circuito privado: «En subasta pública se obtiene más beneficio. Las ventas privadas se hacen muchas veces cuando el estatus de una obra no es el correcto. Pero si este cuadro habría sido comprado legalmente, ¿por qué no iban a venderlo del mismo modo?».

Una obra maestra sin paliativos

La sombra de la incineración del cuadro planea, por más que nadie quiera o pueda creerlo. De ser así, el patrimonio mundial habrá perdido una obra maestra sin paliativos, una pieza que daría lustre a cualquier pinacoteca mundial. «En un museo como el Thyssen, que tiene columna vertebral de retratos desde el Renacimiento a la Modernidad, sería fantástico», señala Solana, para quien esta pintura «es un emblema del arte moderno y del rol del artista. Se puede estar hablando horas de esta obra, en la que Van Gogh juega con Gachet como el médico que le cura la melancolía y con el arte como medio terapéutico. En este retrato, el pintor puso mucha carne en el asador, es muy elaborado, con el doctor en la posición tradicional de la melancolía, la planta médica con la que pudo tratar la enfermedad mental de Van Gogh y un par de libros de los Goncourt. El sentido del cuadro es el arte como medio de consuelo, de confortar y compensar ante las dificultades de la vida».

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Poco después de acabar este retrato, en 1890, el holandés hizo una segunda versión menos elaborada del retrato. Mientras que la primera fue a parar a su hermano Theo, esta última se la regaló a el propio Gachet. El doctor donó numerosas obras al Estado francés, entre ellas la segunda versión de su retrato, que a día de hoy puede verse en el D’Orsay. Hablar de Gachet es casi tanto como hablar del misterio de la espectacular productividad de Van Gogh en los últimos meses de su vida, en Auvers-sur-Oise, y de un tema recurrente en sus obras: ya sea el doctor, como su familia, su jardín y su casa. En apenas dos meses pintó más de 70 cuadros y frecuentó diariamente a este doctor apasionado por las artes, que le había sido recomendado por Pissarro. El 29 de julio de 1890, Van Gogh moría a causa de la bala que se había disparado él mismo al pecho. A la tumba se llevó el misterio de aquella mente torturada que ideó los girasoles y las noches estrelladas, del mismo modo que, un siglo después, el señor Saito pudo (o quizás no) llevarse a la sepultura una de sus obras maestras.

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De Volard a Goring

En poco más de un siglo el «Retrato del doctor Gachet» ha pasado por las manos de 14 dueños y circulado por 6 países y tres continentes. A la muerte de Van Gogh, fue a parar a su hermano Theo, quien lo legó a su viuda. En 1897 pasó a Ambroise Vollard, el mítico marchante de los Impresionistas. De París circuló hacia Dinamarca y Alemania. En 1937 el Gobierno nazi lo custodiaba en calidad de «arte degenerado», pasando un año después a Hermann Göring (imagen superior), comandante supremo de la Luftwaffe. Gracias al judío Siegfried Kramarsky se salvó del nazismo y la guerra en Ámsterdam. De Holanda cruzó finalmente a Nueva York para ser vendido en Christie’s en 1990. Ryoei Saito (abajo) se lo llevó a Japón.