Asia

El arte colgado

Que una droga sea el motor de uno de los movimientos artísticos más característicos del pasado parece extraño, pero eso fue lo que ocurrió con el LSD, que cumple ahora 75 años. Los delirios de los 60 terminaron plasmados en la música, la literatura y la pintura, entre otros

Pueden las drogas psicoactivas como el LSD, el Peyote o la ayahuasca ser motores creativos del arte y la literatura? Hubo una época en que la alteración del estado de conciencia lisérgica pareció la nueva panacea para la música enrollante, la literatura del yo profundo y el arte psicodélico. A tenor de sus obras no parece que fueran más allá de la melopea colorista, las espirales y puntos de fuga y el abigarramiento detallista del artista ensimismado.

Los primeros en experimentar con el ácido lisérgico fueron los ilustradores hippies de San Francisco y los dibujantes del cómic underground. Dos tendencias se unían en el cartelismo psicodélico: el «art decó» de Alfons Mucha y el delirio de filigranas coloristas que adaptaban el Op-Art de Vasarelly. Los publicistas, más austeros, trataron de conjugar el minimalismo de Josef Albers con el desbordamiento organicista de la psicodelia.

Fue a partir de 1965 cuando Víctor Moscoso y el grupo de dibujantes de «Family Dog, los Big Five realizaron los más sorprendentes carteles de los grupos de rock californiano: Grateful Dead, Big Brother y Steve Miller Band. Uno de sus componentes, Rick Griffin, le añadió un toque delirante de esoterismo a sus dibujos para la revista «Zap Comix», con el globo ocular alado que hace surf en un mar de cromosomas ardiendo.

Mientras tanto, West Wilson creó la famosa tipografía blanda: letras que se alabean como olas, constreñidas o expandidas ajustándose al espacio de sus alambicados carteles. Mientras que Stanley Mouse complicó sus carteles y portadas de discos con formas orgánicas y una tipografía agresiva.

En 1967, los Big Five fundaron la Bonaparte Distribution Agency. De todos ellos, Victor Moscoso, de origen español, destacó por sus carteles en los que introducía los efectos ópticos y la explosión de color del Op-Art del húngaro Vasarelly. Los espacios colmados, las tipografías ilegibles y los colores saturados o complementarios creaban imágenes vibrantes que captaban la atención de los jóvenes. Más que desencriptar aquel hacinamiento abigarrado de elementos de los carteles y las viñetas de los comics psicodélicos, se sumergían en ellos.

La distorsión, el surrealismo y la visión alterada del mundo hizo de Richard Crumb uno de los dibujantes de tebeos underground más famosos del mundo. Primero por su personaje estrella «Fritz el gato», y luego por la portada del disco de Janis Joplin «Cheap Thrills» (1968). Pero quienes supieron adaptar el cartelismo psicodélico a la publicidad comercial fueron Milton Glaser, con su famosa imagen del perfil de Bob Dylan, con el pelo de colores, de regusto modernista, y el artista japonés Tadanoi Yokoo, autor de la portada de Santana «Amigos» (1976), repleta de colores ácidos reverberantes. Se le conocía como el Warhol japonés.

En los años 60 la influencia del orientalismo hindú fue relevante. En plena psicodelia, los publicistas David King & Roger Law realizaron la portada del disco de Jimi Hendrix Experience «Axis: Bold as Love» (1967), en la que el trío posa como deidades hindúes.

Un viaje astral

En este viaje astral, el esoterismo hippie y el rollo oriental se fundieron con espirales, entrecruzamientos geométricos y delirios para configurar el arte lisérgico bajo el influjo de la música psicodélica, el rock progresivo y el sinfónico. Las portadas de estos discos es donde mejor se plasma la visión psicodélica. El grupo Hipgnosis, responsable de las cubiertas de los de Pink Floyd, crearon imágenes inquietantes, collages fotográficos enigmáticos que lo mismo remitían a Magritte que a los delirios surrealistas de Dalí y la pintura metafísica de Giorgio de Chirico.

El cartelismo hippie californiano quedó superado por las portadas de Hipgnosis y las pinturas del dibujante Roger Dean para los grupos de rock progresivo Yes y Asia. Son escenas idílicas que representan mundos fantásticos, islas suspendidas en un espacio exótico, casi galáctico. Tienen la placidez de la ensoñación del universo onírico. Sus retorcidas caligrafías resultan únicas. Su influencia en Pandora, de «Avatar» (2009), va más allá del homenaje.

Para el escritor André Breton, el más surrealista de los pintores era Miró. Ambos consumían drogas y practicaban el automatismo en la escritura y la pintura. Cuando aparecieron las drogas su influencia fue más bien intelectual, pues la generación beat era adicta a la heroína. La llegada del LSD les abrieron las puertas de la percepción del misticismo oriental de la mano de Timothy Leary y bajo la advocación del filósofo inglés Aldous Huxley, autor de varios estudios sobre las drogas psicoativas, la parapsicología y el misticismo.

Huxley fue, sin duda, el gurú intelectual de la propagación del LSD como buena nueva psicodélica en todo el mundo. También era un viajero impenitente. En 1953 ya experimentaba con mescalina bajo la supervisión del doctor Humphry Osmond. Sus experiencias psicodélicas las plasmó en «Las puertas de la percepción» (1954) y «Cielo e infierno» (1956).

Hasta el cuco

Otro surrealista paleo-hippie, Antonin Artaud, cansado del viejo Occidente, buscó en el primitivismo de la tribu mexicana de los tarahumara el origen de la humanidad y la espiritualidad perdida en plan roussoniano. El viaje iniciativo de Herman Hesse y su «Lobo estepario» a Oriente tenía su equivalente en Occidente con el peyote, del que se puso ciego Artaud para escribir «El rito del peyote entre los tarahumaras». De intelectual pasó a misionero.

Mucho más realista se mostraba William S. Burroughs desde que comenzó su ingesta de drogas a gogó para escribir su famoso «Almuerzo desnudo». De nuevo, las drogas remiten al tránsito, tanto interior como exterior. En «Yonqui» viajó para procurarse sus dosis y, como Keruak, que le sugirió el título para su «Naked Lunch», se trasladó a Mexico y, luego, a Tánger donde los árabes eran baratos y la droga fácil.

Dentro de la esfera hippie de los 60 en San Francisco, el primero en experimentar con las psicoactivas en hospitales militares fue Ken Kesey, cuyo mejor reflejo literario es «Alguien volcó sobre el nido del cuco» (1962). La singularidad del LSD en aquellos años lo indujeron al misticismo y al proselitismo militante. Kesey organizó los primeros viajes al interior de sí mismo, «viajando» de parte a parte de Norteamérica en su Magic Bus, expandiendo la buena nueva mediante los «acid test» y llegando hasta los mismos cuarteles generales de Timothy Leary en Millbrook, Nueva York, donde meditaba, practicaba sexo tántrico y vivía la dolce vita gracias a Peggy Hitchcock, la nieta del multimillonario Mellon.

Quien puso de moda la triada sexo libre, filosofía oriental y drogas por un tubo fue la generación beat. Si Jack Kerouac era su mesías literario, su profeta fue Allen Ginsberg. Gay, gurú orientalista y poeta iracundo, se convirtió durante el «verano del amor» en una figura capital del éxito del hipismo. Su poema «Aullido» alertó a los jóvenes de la nocividad del capitalismo, en el que vivía tan ricamente instalado, el antimilitarismo y la represión sexual. Pese a su brillante comienzo: «He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura», no supo profetizar en qué medida la droga abrasaría a las siguientes generaciones con el famoso cuelgue. No sólo por éstas, sino por los misticismos, la irracionalidad y la ecolatría.

Dos escritores del Nuevo periodismo, contemporáneos de la psicodelia, escribieron los más lúcidos y sintéticos reportajes de aquellos años de desmadre: Tom Wolfe y su «Gaseosa de ácido eléctrico», en el que narra el viaje de Ken Kesey y sus alegres pillastres de parte a parte de Norteamérica, y «Miedo y asco en Las Vegas», del periodista gonzo Hunter S. Thomson. Thompson y su abogado viajan a Las Vegas para preparar un reportaje sobre una convención policial sobre narcóticos con el maletero repleto de drogas.

La faceta psicodélica de Andy Warhol se liga al grupo Velvet Underground y su famosa gira con el espectáculo multimedia: «Exploding Plastic Inevitable». El ingeniero Danny Williams fue el creador de las proyecciones de luces sobre el grupo de Lou Reed, la cantante Nico y los bailarines Gerardo Malanga y Edie Sedgwick y la «performan» Bárbara Rubin. De ese año es la portada del plátano que se pela para el disco «The Velvet Underground & Nico» (1967). El fotógrafo Richard Avedon realizó en 1968 las cuatro fotos solarizadas de los Beatles, una explosión de color que aunaba la fotografía artística con la postermanía de los años 60.