El collar de Margaret Thatcher en tiempos de Vox

La política británica se ha ido convirtiendo no solo en un ejemplo de lo que debería ser una primera ministra, sino también en un icono pop.

La política británica se ha ido convirtiendo no solo en un ejemplo de lo que debería ser una primera ministra, sino también en un icono pop.

En su momento fue una arpía gélida a decir de una izquierda que la culpó hasta de la irrupción del sida. Nadie recuerda hoy su discurso ante las Naciones Unidas contra el maltrato industrial a la Tierra en lo que sería un prólogo al temario del cambio climático. Claro que a una conservadora de las de antes solo se le reconocía su capacidad para hacer el mal a los sindicatos. Aquel pringoso cine británico que hoy no se atreve con el Brexit y los populismos de las islas trazaban una sociedad de Dickens con banda sonora de Sex Pistols.

Nunca la libertad de expresión, sin embargo, estuvo tan bien vigilada. Thatcher y Reagan fueron un tándem maléfico en el universo cultural de los 80. Caca, culo, pis, pelos de punta, el ruido como música anfetamínica. Margaret fue, andado el tiempo, convirtiéndose no solo en un ejemplo de lo que debería ser una primera ministra, mirando en derredor vemos despojos de líderes que parecen atracciones de feria, sino también en un icono pop. Hace 40 años que entró en el 10 de Downing Street. Y Christie's subasta, en una conmemoración muy «british», saludada hasta en un editorial del «Telegraph», su guardarropa «secreto», los detalles que convirtieron a una mujer de carácter en lo que hoy sería una «influencer» capaz de hacer sombra al estilo eterno de la reina Isabel. Su madre fue costurera y realizaba los trajes de sus hermanas cuando era una niña.

Podría ser el comienzo de la biografía de un diseñador célebre. Siempre la madre. Thatcher se hizo a sí misma también en el reflejo que devolvía al mundo. Los trajes de chaqueta con hombreras rubricaron su apodo de «dama de hierro», la primera señora que se sentaba en un trono de hombres y, en contraste, las perlas, regalo de su marido, que jamás abandonó por más que sus asesores aconsejaran lo contrario, la hacían parecer una mujer de casa. El poder con una camisa de lazada encima de un tanque parecía tan suave como una pistola de juguete. Thatcher tendría mucho que decirle a May, a la que van a subastar pero para exiliarla, o a Santiago Abascal, que reclama el imperio por otros medios.

El mundo ha cambiado tanto en 40 años que ha sido posible que los conservadores se hicieran socialdemócratas para luego volver al neoliberalismo y después ocuparan la mitad de un tablero tan astillado que cualquier movimiento en falso destruiría. Thatcher es cultura del siglo XX, feminismo de cuando no había manifestaciones trucadas, el estilo que no cambia de unas elecciones a otras, un collar a cámara lenta. ¿Hay quién dé más?