Historia

El día que la república se olvidó de Azaña

El político falleció un 3 de noviembre, hace 75 años, abandonado por los suyos, derrotado y declarando su inutilidad política.

Manuel Azaña asistió al fin de un proyecto ilusionante que pretendía la modernización de las estructuras del Estado español a base de grandes reformas
Manuel Azaña asistió al fin de un proyecto ilusionante que pretendía la modernización de las estructuras del Estado español a base de grandes reformas

El político falleció un 3 de noviembre, hace 75 años, abandonado por los suyos, derrotado y declarando su inutilidad política.

El 5 de febrero de 1939 Azaña, presidente de la República, cruzaba la frontera francesa acompañado de su mujer, Dolores, de Juan Negrín, que presidía el Gobierno, y del ministro José Giral. Llegaron a la aduana de Chable-Beaumont a pie porque uno de los coches se había estropeado. Descendieron a buen paso hasta Les Illes, donde tomaron dos automóviles hasta Collonges. Rivas Cherif telefoneó entonces al embajador español en París para anunciarle la llegada del presidente de la República. La respuesta fue: «¿Con qué propósito viene?». Aquella frase era el resumen perfecto de la situación personal de Azaña. A esas alturas, Manuel Azaña se sentía fracasado por el hundimiento de su idea de la República como un proyecto nacional de modernización, traicionado por los republicanos, frustrado en su proyecto de paz e inútil para la política activa. Ya sólo deseaba dedicarse a escribir.

Grandes reformas

Azaña había debatido con la generación del 98 sobre el «problema español», y las reformas necesarias. La patria era para Azaña una sociedad regida por la igualdad democrática de los ciudadanos ante la Ley. Muy apegado al pensamiento francés y al ejemplo de su Tercera República, Azaña ligaba el nacionalismo y el republicanismo con la idea de un pueblo guiado por los principios democráticos, bajo un gobierno que utilizara el Estado para las grandes reformas en la educación, la administración, la economía y la cultura. Y, siguiendo la tradición progresista, alejar a la Iglesia católica de la esfera pública, porque, en su opinión, era la causante de la ignorancia y el atraso.

Pero la democracia deparó en 1933 una victoria de la CEDA y del Partido Radical, la derecha. Esto fue insoportable para la izquierda; y para Azaña, que creyó que los cedistas de Gil Robles no tenían derecho a gobernar. Por eso planearon dar un golpe de Estado en 1934 que forzara la caída del gobierno en el que iban a entrar diputados de la CEDA, y «rectificar» así la República. Fracasado y preso, Azaña postuló un Frente Popular en 1936 para devolver la situación a 1931, pero más violenta y revolucionaria. En realidad, el espíritu de modernización pacífica e ilusionante en convivencia para una nación democrática ya había muerto. No obstante, y de forma paradójica después de haberse sublevado, Azaña sostuvo que la República dejó de existir desde julio de 1936, cuando el Ejército republicano se vio desbordado por la distribución gubernamental de armas a los sindicatos.

A partir de septiembre de 1937 Azaña dio por perdida la guerra e inició contactos diplomáticos para terminar el conflicto. Su plan de paz requería la intervención de Francia y Gran Bretaña para un alto el fuego, y planteaba la convocatoria de un plebiscito sobre la forma de gobierno. El plan fue rechazado por ambos países y por el gobierno Negrín. Azaña aseguró que si no se admitía su propuesta, dimitiría antes de que Francia y Gran Bretaña reconocieran al gobierno de Franco. El cónsul británico anunció a Rivas Cherif que eso pasaría entre el 27 y 28 de febrero, por lo que Azaña volvió el 26 a Collonges y desde allí presentó su dimisión.

Entonces los republicanos se le echaron despiadadamente encima. La Diputación Permanente del Congreso de los Diputados se reunió en París el 31 de marzo. Allí Negrín declaró que Azaña era culpable de la descomposición del ejército del Centro, y que «traicionó sus deberes –decía- abandonando a este pueblo que durante tres años había estado vertiendo su sangre en defensa de la República». De los reunidos, sólo Dolores Ibárruri, «La Pasionaria», insistió en la «defección» de Azaña.

Traicionado por los suyos, derrotado y frustrado en su republicanismo, declaró su inutilidad para la política. No quiso saber nada de las cuitas entre Prieto y Negrín, ni de las instituciones de la República en el exilio. Sintió que no debía restaurarse el régimen, sino el espíritu que llevó a los españoles a una empresa común de modernización. A partir de ahí, se dedicó a la literatura. Gallimard publicó en francés «La velada de Benicarlo»; y Losada lo hizo en Buenos Aires. Pero los editores no acabaron de ver negocio en la edición de sus memorias, y las dejó sin terminar. De hecho, «The World Review» le comunicó que no publicaría más sus artículos porque la guerra civil había pasado a un segundo plano tras la invasión de Polonia. La República se había perdido, decía en aquellos textos, por el olvido de Francia y Gran Bretaña, la intervención de la URSS y el papel de los nacionalistas catalanes y vascos. Azaña se retiró a la villa L’Éden. En enero de 1940 cogió un catarro que afectó su dolencia cardiaca. Entre marzo y mayo estuvo postrado en un sofá, con continuos ataques de tos, sin sueño, pero con alucinaciones por la fiebre. Los intentos de Serrano Suñer para la extradición fueron infructuosos. «Sé que me persiguen –dijo–, tratan de llevarme a Madrid; no lo lograrán». Le protegía el Convenio de Extradición franco-español de 1877. El 3 de noviembre de 1940 moría, rodeado de tradición: su mujer, un militar, un pintor, un mayordomo, un obispo y la monja Ignace.