Historia

Emilio Lledó: «Lo más grave es un indecente con poder»

El Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, reivindica la decencia en la política y el papel pedagógico de los medios.

El de ayer resultó un Emilio Lledó memorioso, evocador, que recurrió a recuerdos, impresiones y claudicaciones para abordar la actualidad, con sus habituales convulsiones, que son las de la política, la educación y la palabra. «Somos realmente comunicación –sentenció filosóficamente–. El lenguaje es una de las maneras esenciales de transformar el mundo. El día que perdamos esta ilusión utópica no merecerá la pena ni vivir». El autor de «El epicureísmo», que ha defendido una felicidad auténtica para el hombre, subrayó la relevancia de huir de los falsos ídolos actuales, de los nuevos tótems que hemos erigido como metas de nuestra ambición y advirtió de que «si nos encerramos en la inmediatez, la ganancia o la economía supondrá un retraso después de muchos siglos de cultura». Con un gesto de las manos que expresaban lo que no necesitaba verbalizar, reconoció que «hace años creía que mis clases en la universidad servían para algo, pero la fuerza, hoy en día, pertenece a los medios de comunicación. Son esenciales para la educación de nuestro tiempo. Por eso es muy importante conocer y evaluar qué valores transmiten, porque ellos son los verdaderos educadores de la sociedad contemporánea. Es relevante en esta tarea que ninguno de ellos esté mediatizado, porque entonces no sería libre; que esté por encima del nivel de esos conceptos estereotipados que inhabilitan y paralizan los sentimientos».

Suprimir Religión

Lledó, que mañana recibirá el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, defendió la filosofía y restó importancia a la reciente petición del PSOE de suprimir la asignatura de Religión en el colegio: «Me sorprende que se haya desatado una polémica sobre si se quita o no la materia de Religión. Para mí es más escandaloso que se haya arrinconado la filosofía en la enseñanza. La Religión puede aprenderse en otros ámbitos, pero la Filosofía, no. Y ésta es una disciplina enfocada a que los alumnos piensen en libertad, en el lenguaje que manejamos, que somos. Es un error gravísimo, garrafal, porque la filosofía siempre ha sido conciencia crítica a lo largo de todas las épocas. Quitar a los alumnos esa conciencia crítica es una equivocación. Lo que se imparte no es un contenido filosófico, sino que se intenta transmitir a pensar filosóficamente».

Lledó disertó sobre el devenir del hombre y admitió que, al contrario que en la ciencia, que ha abierto caminos de progreso y evolución, las personas todavía arrastran rémoras que la atan a etapas históricas precedentes: «El mundo ha progresado pero a muchos niveles nosotros todavía estamos en el siglo IV antes de Cristo». Un pretexto que empleó para arremeter contra cuestiones que agitan nuestra actualidad: «En los días pasados encontré en Platón y Aristóteles una expresión: “El ser decente”. La decencia es la esencia de la política. Y se ha dicho hace 24 siglos. En este mundo, donde la indecencia predomina, estos casos me parecen escandalosos. Aristóteles señalaba que para dedicarte a los demás, primero debías creer en tu propia bondad y, luego, ser decente. Sólo de esta manera sabrás si estás capacitado para gobernar y organizar las vidas de los demás. Lo más grave en este mundo es un indecente con poder y los indecentes que deciden; y hoy tenemos indecentes en el poder y, también, indecentes que deciden nuestras vidas. El político tiene que ser decente. Claro que no sé cuántos de nuestros políticos han leído “La república”, de Platón».

El auge de las redes sociales no escapó al análisis de Lledó, que confesó su apego a la tradición cultural de la que proviene y en la que ha crecido intelectualmente. Al referirse a la comunicación virtual, asintió que no ayuda a un desarrolló pleno de las facultades del lenguaje: «Es “retrasador”, aunque la Real Academia Española no admita esta palabra», comentó con ironía. A continuación reflexionó sobre su pasado y apuntó que «por mi edad me he educado entre libros. He vivido en el papel. Cuando miro la biblioteca de mi casa, veo mi vida en los libros. Son volúmenes relacionados con mi trabajo, la filosofía o la historia, porque todos debemos conocer el país al que pertenecemos. No me imagino sin esos libros. Su compañía hace latir mi memoria. No podría sustituirlos por cuatro iPads con mil títulos cada uno. Quiero a los libros, los subrayo. Los libros me leen». Lledó coronó esta defensa con otra más: la del lenguaje: «Los seres humanos vivimos en varios niveles: la realidad, la economía y el cuerpo, que hay que defender del hambre y la miseria, que todavía hoy atormentan a millones de personas. Hablar de literatura o filosofía a los hombres que se encuentran en esta coyuntura es un insulto. Hay que ayudarles. Y una vez resuelto este problema hay que pasar al nivel cultural: somos seres que hablamos, somos lo que decimos. Es importante la lengua materna. Yo hablo español, pero podría hablar francés o chino, eso es un azar. Pero hay que defender la lengua matriz porque es la que nos permite decir palabras como libertad y a la vez ataca las ideas preconcebidas».