Esas «pasiones» que quedaron pendientes

La Razón
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Querido Jesús: Hace unos pocos días me llegó la noticia de que el cáncer de riñón que padecías desde hace años, y del que te tratabas con medicamentos y conciertos, se había extendido hasta llegar a una metástasis en otros órganos. Me contaron que el final era inminente, pero que no lo divulgase. Han sido pocos días para poder ir a despedirme, pero suficientes para recorrer en mi mente lo mucho que hemos compartido. Tengo que escribirte a vuela pluma, antes incluso de que nos hayas dejado, porque mañana me he de someter a una operación que me tendrá ingresado unos días. Es lo que me habría gustado que fuese nuestra última conversación. No voy a recordarte tu larga vida de director de orquesta, que está en las hemerotecas y otros se encargan aquí de resaltarla, sino repasar lo que hemos vivido juntos desde que nos conocimos en Múnich durante los primeros setenta. Eran tiempos en los que tú y Miguel Ángel Gómez Martínez dirigíais con frecuencia en aquel teatro. Los tres éramos amigos. La madre de Miguel Ángel cuidaba muchas veces de tu hijo, ¿te acuerdas? No se por qué se enfrió vuestra amistad. Bueno, sí lo sé. Como también se enfrió la nuestra durante unos años. Pero no saltemos en el tiempo. ¿Recuerdas cuando, en 1972, coincidimos en La Fenice, en los ensayos de Caballé con un «Roberto Devereaux» que dirigía Bartoletti? Te quedaste impresionado del carácter de ella. Vamos, que me dijiste que no podrías trabajar con una artista tan «mandona». Luego lo hiciste. Ahí está, por ejemplo, la «Lucia». En aquellos años me reunía contigo y Gloria en Villa Chituca, vuestra casa en la sierra madrileña. No sé si fue allí cuando me contaste que te ibas de director general de música a la Ópera de Berlín, donde dirigiste Wagner, Verdi, etc. Más de 400 representaciones. Allí, en 1986, falleció Karin, también de cáncer tras fallar dos trasplantes de hígado. Fue cuando decidiste donar tus órganos. Berlín te lanzó al mundo, pero aceptaste la dirección de la OCNE, algo de lo que te llegarías a arrepentir. Colaboraste con García de Paredes en el diseño del Auditorio Nacional y ambos os equivocásteis al no incluir en él una sala de ensayos para la orquesta. Siempre me ha cabido la duda de si no fue a propósito y siempre se me olvidó preguntártelo. El caso es que lo inauguraste con «La Atlántida» en 1988, con Teresa y Montserrat, que entonces no hacían buenas migas. Lo contrario que ahora. Dejaste la Nacional por falta de armonía, pero ya tenías Cincinatti. Desde allí nos enviabas a Antonio Fernández Cid y a mí tus novedades más importantes. Simultaneaste América con Suiza y, tras años de ausencia en Madrid para querer olvidar el desencuentro con la ONE, regresaste al Auditorio con tu Orquesta de Cámara de Lausana. El concierto no me gustó y la forma sutil de expresarlo fue escribir que habías cosechado más aplausos al entrar en el escenario que al salir de él. No te hizo gracia y lo comprendo. Pasó algún tiempo y tu seguías dirigiendo óperas y conciertos por todo el mundo. Érais cuatro grandes españoles internacionales: Frühbeck, Gómez Martínez, García Navarro y tú. Mientras tanto, ya se había inaugurado el Teatro Real y Luis Antonio, que era su director musical, enfermó, también de cáncer, y falleció. Estamos a finales de 2001 y yo era patrono del Teatro Real. Había ofrecido a su ejecutiva a Nagano y Pappano, con el consentimiento de ambos, para suceder a Luis Antonio, pero se me contestó que no los conocía ni Dios. Puse entonces tu nombre sobre la mesa y me respondieron que no hacías más que declarar que no querías saber más de titularidades en España. Pero el Real era mucho Real. Estabas dirigiendo, si la memoria no me falla, «Manon» en París con Renée Fleming. Me autorizaron a tantearte. Te llamé y me preguntaste si iba en serio. Era julio y en agosto se desplazó el secretario de Estado de Cultura a San Sebastián, donde dirigías «Rigoletto», y cerró la operación. Tuviste que decirle a Helga Schmidt que no contase contigo como director musical del Palau de les Arts. Te incorporaste al Real dos años más tarde y ahí empezaron nuestros problemas. Fuiste mucho más listo que ellos en el contrato y a mí hubo cosas que no me parecieron correctas. Lo expresé y pediste dos veces mi dimisión. No la obtuviste, pero dejamos de hablarnos. En 2010 salísteis del Real tanto tú como Antonio Moral. Seguí tu reclamación judicial contra Mortier por sus lamentables declaraciones con nuestra común amiga y abogada Ana Fischer. El 12 de febrero de 2014 nos reencontramos en una cena gracias a Beatrice Altobelli y retomamos nuestra vieja amistad. Volvimos a comentar cosas, como la desaparición de Tosca-Gheorghiu en Viena en plena función, que tú dirigías. Empezaste 2018 con esa misma «Tosca» en aquella ciudad y tenías una agenda impresionante para el año que entraba. Era tu medicina. Lo expresaste en una entrevista hace años: «Yo pasé una enfermedad difícil hace unos años. Y tengo un buen médico en Berlín que me recomienda que no deje de dirigir, que mientras resista no lo deje, porque la música es medicina. Es una batería que se recarga a sí misma. A veces llego a un concierto y cuando lo termino me encuentro mejor que al comienzo». Por eso fueron un subidón los casi seguidos cuatro «Tristán e Isolda» de Tokyo el pasado septiembre. Te creía curado, pero tú sabías que no lo estabas. Habíamos quedado en vernos en mayo, en El Escorial, con la «Leningrado» y la RTVE. Iba a ser también el reencuentro final entre Miguel Ángel y tú. El pasado día 25 cumpliste 78 años, aunque ya no estabas en condiciones de enterarte de la efemérides... Me hubiera gustado recordar todo esto en persona o, al menos, en conversación telefónica, pero me dicen que ya no es posible. Espero que la próxima vez que nos encontremos sea para escucharte dirigir las «Pasiones» de Bach, tu sueño irrealizado. Hasta entonces, un enorme abrazo para ti, Brigitte, Gloria y tus hijos.