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«Escenas de caza»: Presas de la fatuidad

  • «Escenas de caza»: Presas de la fatuidad

Tiempo de lectura 2 min.

09 de febrero de 2018. 03:22h

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9/2/2018

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Autora: María Velasco. Director: Alberto Velasco. Intérpretes: Carmen del Conte, Karmen Garay, Rubén Frías, Borja Maestre... El Pavón Teatro Kamikaze. Mardid. Hasta el 18 de febrero.

A más de uno ha sorprendido, servidor incluido, el gran poder de convocatoria del director Alberto Velasco para presentar su nuevo trabajo. Incluso la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, se ha dejado ver en el Teatro Pavón la noche del estreno. Con una inquietante y muy afinada introducción acerca de la naturaleza depredadora del hombre se abre este espectáculo de estética muy cuidada que, no obstante, empieza pronto a embarrancar en un lenguaje teatral, el de la dramaturga María Velasco, que huye del naturalismo sin dar, en este caso, con la fuerza expresiva necesaria para que la obra permee en la conciencia del espectador y la sacuda con la violencia que se propone. Sin llegar a la hibridación de géneros –teatro y danza– que el director mostró con tanto acierto en «Danzad, malditos», Alberto Velasco vuelve a servirse muy bien del movimiento y la fisicidad de los personajes para contar esta historia sobre el regreso de un joven a su lugar de origen. El protagonista se convierte primero en espectador y, después, en obligado actor dentro de un grupo humano en el que los individuos, imbuidos del miedo y la amenaza que la sociedad les inocula, se revuelven salvajes y desconfiados contra el prójimo más indefenso. Sin embargo, la psicosis colectiva sobre la cual trata de advertirnos la obra queda sobre el escenario llamativamente impostada, de tal forma que el público no puede dejar de ver en todo momento los hilos con los que la autora y el director mueven a unos personajes que se convierten más bien en títeres. Hay que reconocer que el desenlace recupera cierto poderío dramático, pero desgraciadamente no llega a explosionar con belleza porque la petulancia ideológica y textual resquebraja toda la verdad sobre la que se yergue el discurso. En el pretencioso transcurso hacia ese final, queda, eso sí, un gran trabajo técnico y artístico en la concepción visual y sonora del espectáculo, en la cual vuelven a despuntar, como ya es costumbre, el escenógrafo Alessio Meloni, con su lúgubre y alienante diseño del espacio; el iluminador David Picazo, recortando esas figuras humanas tan perdidas en la absoluta oscuridad de su existencia, y, muy especialmente en esta ocasión, el compositor Mariano Marín, que realiza una ambientación musical de todo cuanto está aconteciendo sencillamente brutal.

LO MEJOR

La potencia estética y conceptual con la que arranca la obra de los Malditos en su primera escena

LO PEOR

El toque presuntuoso, que es siempre el mayor de los enemigos del verdadero talento

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