Fernando Arrabal: El cementerio de los automóviles

El autor, frente a varios vehículos quemados durante los últimos disturbios en París
El autor, frente a varios vehículos quemados durante los últimos disturbios en París

Manifiestamente suceden continuamente acontecimientos en torno mío que muestran, y que hasta a veces demuestran, el sistemático y cotidiano tohu-bohu después del Big Bang y el Génesis. No diré que instan a celebrar la ceremonia de una confusión que aparece ya como demasiado brutal y detestable desde una visión «cultural». Especialmente después de la declaración del premio Nobel de 1934, Pirandello, en Agrigente: es mejor referirse al «caos».Y aún mas elegantemente al «kaos». ¡Sufrido pagano Dalí!

Manifiestamente me digo a veces (absurdamente) que si hubiera vivido con los vegetarianos Eva y Adán les habría sorprendido haciendo ascos para no comer serpientes.

Manifiestamente en la Ville Lumière quien demasiado abraza apaga aún peor. Desde hace casi medio siglo habito en la calle Jouffroy d’Abbans «la mas ancha de París: por unos centimetros no es una avenida». Precisamente asistí «al dîa siguiente» de la misa del Papa en el próximo Bois de Boulogne (exactamente en un hipódromo conocido por las apuestas). Me llamó la atención la multitud de pasquines por los suelos en semejantes caminos del bosque, la cantidad y el desbordamiento de las improvisadas cabinas de los váteres y me sorprendió la prorrata de preservativos abandonados. Para Mandelbrot todo aparece tan relativo que si viviéramos 90 millones de años Matusalén ¿habría muerto de pantalón corto?

Manifiestamente los triunfos deportivos también suceden a unos minutos de mi casa y los suelo visitar... después del «acontecimiento». Especialmente los futboleros. Debido a la cabinera de los arrechuchados manifestantes me pregunto si no es probable que ¿solo se pueda domesticar al mareo en «alto acontecimiento» nadando en una piscina «cinco estrellas»? Manifiestamente al más pacífico «acontecimiento» anual suelo visitarlo muy temprano en la mañana de julio. Precisamente un domingo, móvil en ristre; ya. Es el día de la llegada del «tour de France». A primera hora están ya instalados los más fervientes que se dividen en dos clanes nada antagónicos: los hinchas de la nación vencedora y los entusiastas del ciclismo en general. Todos llevan atuendos: tabardos, «blàzeres», chambergos, entorchados o cachuchas a la gloria del país o del equipo que debería vencer. Como si la famosa ceremonia ¿lo hubiera dejado todo atado y bien atado con su rigor matemático?

Manifiestamente por lo menos desde las 8 de la mañana (llueva o haga un sol mauritaniano ) hasta las 5 de la tarde se espera estoicos a la aparición de los primeros ciclistas. También abundan las personas que se dedican a vender toda clase de chucherías más o menos ciclistas. E incluso feligreses que predican por un mundo mejor o una causa final que llevara a la paz universal entre pobres y ricos. Me encanta también ver a ciertos aficionados de esto o de lo otro ahorrando como rockefellers para llegar a tener su propio tesoro.

Manifiestamente el domingo 2 de diciembre de tres a cinco de la tarde, recorrí las avenidas de la Grande Armée y Kléber, los Campos Eliseos y la plaza de la Estrella. Parecía imposible (e inaudito) que cien mil personas en toda Francia (según los cálculos mas respetables) hayan creado tanto «cementerio de coches» en «mi» barrio de París. Pero ninguno, por ejemplo en el rastro de St. Ouen donde como todos los domingos visité unas horas antes, encantado, a mis amigos africanos. ¿Cómo es posible que, ni de lejos ni de cerca, en los barrios más tórridos de la zona no hayamos visto, ni mis amigos ni yo a ningún manifestante? A no ser que ¿había manifestantes de doble lenguaje e invisibles como los agujeros negros del espacio?

Manifiestamente mi hija («mi» fotógrafa) y yo tuvimos que disculparnos con muchos de los curiosos que se preguntaban, escandalizados, si no estábamos fotografíando para reírnos de los propios damnificados (o hasta quemados) comerciantes. «O con la deslumbrante ineficacia de las estrellas» pretendió un fakir que solo era capaz de interesar a su cama de clavos. Manifiestamente aquel 2 de diciembre las televisiones nacionales a semejantes horas ya habían hecho su labor. Y los periodistas también. Pero la mayoría de las televisiones extranjeras estaban allí y disponían de periodistas que hablaban francés y que al parecer nunca habían oído hablar (con razón) del teatro pánico. Por ejemplo la televisión danesa me preguntó lo que pensaba de la declaración de uno de los líderes de los manifestantes que habría proclamado que deseaba «un militar, un general a la cabeza del gobierno». Suponiendo que el periodista había comprendido mal le hice repetir y entonces me aclaró que el «líder manifestante» ambicionaba «que la solución fuera una junta militar para ejercer el poder». Una de las televisiones italianas tenía una periodista que con tino sorpresa y altruismo me preguntó por mi carta al general Franco. Incluso el más político y puntual de los «serial killers» ¿puede matar al tiempo?

Manifiestamente lo más especial ocurrió, aquel dîa, con la TVE cuyo cameraman francés sí que quería conocer a toda costa mi opinión, pero la periodista española se lo negó reiteradamente (y yo creo que con toda la razón del mundo) . Contrariamente para «no distraerme». algunos de sus generosos y acogientes colegas que, incluso como Buenafuente, sigue amenazando a mis compatriotas con realizar una emisión sobre mi modesta persona. El porvenir radiante de la luciérnaga ¿es más esplendoroso que su pasado mas brillante?

Manifiestamente el domingo 9 de diciembre nos preparamos con «mi “ fotografa leyendo titulares : “La France retient son souffle” “Jusqu’ou?” “Haute tension” “Y’a le feu” “Samedi noire”». En la calle Jouffroy d’Abbans precisamente el mismo sábado a las 19:14 un pequeño gupo joven armado de una veintena de adoquines , recorrió los ciento catorce números de la calle en pocos minutos, y destruyó los cristales de los bancos y los de algunas tiendas (entre ellas una «miroiterie»). El domingo ni esta calle ni en ninguna otra que visité vi ningún coche o moto incendiado. Algunos por teléfono, muy pocos, quisieren saber hasta que punto mi obra de teatro el «El cementerio de automóviles» (e incluso mi película con Bashung) está o estuvo relacionada con la actualidad. Obra que escribí en el Sanatorio de Bouffement hace 63 años. La verdad es que Pan con su infinita omnisciencia me ha provisto de muchos y altruistas privilegios como al resto de mis compatriotas o colegas. Pero, desgraciadamente, aún no me ha dado con el don de poder prever el porvenir de lo que humildemente escribo. ¿El elefante es más apto que la pulga para constatar su insignificancia?