Fernando Delgado: «A cierta edad, o has superado la ambición o eres ridículo»

Presenta «El huido que leyó su esquela», fin de una trilogía muy personal y una historia de nuevas oportunidades y culpas en un mundo en el que nadie está por la labor de reconocer las suyas.

Presenta «El huido que leyó su esquela», fin de una trilogía muy personal y una historia de nuevas oportunidades y culpas en un mundo en el que nadie está por la labor de reconocer las suyas.

El huido que leyó su esquela» (Editorial Planeta) forma, junto a «No estabas en el cielo» e «Isla sin mar», una trilogía muy personal, con fondo de misterio y espuma de familia. En la primera de estas obras, que escribió hace ya veinte años, quien hablaba era el hijo de un padre desaparecido. En la novela que ahora presenta Fernando Delgado el narrador es el progenitor, Carlos, que huye de la isla camino de París bajo el peso de la culpa. «Pero en el fondo abraza la culpa, porque esta, a veces, es un castigo pero en otras ocasiones es redentora», matiza el autor empatizando con su personaje. Fernando Delgado habla pausado, buscando la palabra correcta y con un (ya) ligero acento canario que no logran borrar las horas que pasa en su escaño como diputado en el Parlamento valenciano.

–¿Qué mueve el mundo, el dinero, el amor o la culpa?

–Depende de las personas. Yo desde luego prefiero el amor al dinero, pero pueden ser compatibles, a veces incluso se necesitan. La culpa, en las historias de amor, puede ser un verdadero motor. Pero la culpa referida al dinero va por otro camino, porque, por ejemplo, el corrupto no se siente culpable o le importa un pepino.

–El libro habla de huidas. ¿A usted cuando ve el panorama político español no le dan ganas de salir corriendo?

–Es difícil huir porque tenemos un panorama político mundial espantoso (ríe). No hay dónde meterse. El rostro más peligroso de esta situación tan delicada pondría el de Donald Trump. Si no fuera una ofensa para el mundo del teatro diría que hay mucho teatrero y también hay mucho circo. Digamos que hay un mundo en el que está perdida la razón y, hablando de la culpa, hay también un mundo en el que nadie reconoce sus culpas.

–¿Dónde se refugia usted cuando se lo pide el cuerpo?

–Emocionalmente, en los afectos y físicamente, en el mar, pero el contemplado desde la orilla. Es curioso que el personaje de esta novela tenga su origen en algo que me sucedió de pequeño. Mi padre falleció muy pronto y un niño, en el sitio de playa donde veraneábamos, me dijo que mi padre se había ahogado en ese lugar. A mí me persiguió siempre esa idea. Y aún hoy cuando voy a aquella playa todavía siento su voz en el rumor del mar. Nunca he tenido una gran preocupación por la figura del padre, pero sí lo he evocado en aquella orilla y se ha convertido en personaje de esta novela.

–El protagonista huye a París forzado por las circunstancias, pero por decisión propia. ¿Son todas las huidas iguales?

–La huida puede ser buena cuando uno se lo propone y busca un destino nuevo que mejore su vida, pero cuando es consecuencia del sufrimiento, del hambre y de la tortura es espantosa.

–¿Si tuviera que adoptar una identidad nueva como el personaje principal, cuál elegiría?

–Nunca me lo he propuesto porque creo que soy el que me merezco (ríe). Ni más ni menos. No estoy insatisfecho con mi destino. Si acaso me falta satisfacción por mi entorno. A mi edad ya no me preocupa tanto lo que me afecta a mí, sino lo que le afecta a los demás.

–Carlos se ve obligado a tomar una decisión que marcaría el resto de su vida. ¿Cuál fue la suya? ¿Ha pensado qué vida llevaría ahora de haber tomado un camino distinto?

–No me lo he planteado. De pequeño quería ser mecánico, pero creo que era porque tenía una colección de coches. Pero empecé a escribir muy pronto y tuve claro lo que quería hacer. He tenido la suerte de trabajar en lo que me gusta y nunca me he planteado que pudiera haber sido otra cosa. No tengo ninguna frustración en ese sentido. Me siento muy gratificado por la vida y me preocupan más mi entorno y la sociedad en la que vivo que mi vida personal. Hago lo que me gusta, y me gustaría hacerlo mejor. Cuando se tiene cierta edad, o has superado la ambición, o eres un personaje ridículo. No hay que ser muy indulgente con uno mismo, pero desde luego nada soberbio. La ridiculez es una mala manera de terminar la vida.

–No malinterprete mi pregunta ni crea que quiero enterrarle ya, pero ¿qué le gustaría que pusiera en su esquela?

–(ríe) Alguna vez tuve la idea de un epitafio, pero como ahora ya no hay tumbas... Lo último que se me ha ocurrido respecto de mis cenizas es que las mezclen con las de un perro al que adoraba.

–Es el diputado de mayor edad en Les Corts Valencianes, ¿se atreve a dar algún consejo a las nuevas generaciones que vienen pisando fuerte?

–Lo peor es que no vienen pisando fuerte. Veo que el paso es muy antiguo. Aquí no se trata de pisar fuerte, que pueden significar intentos de pisar a alguien, sino de poner los pies en buen sitio. Yo no veo signos de modernidad. Incluso la estética me recuerda al Mayo del 68. Mi generación era mucho más moderna, éramos más agitadores, más revolucionarios.

–Complete las siguientes frases: «Un país que no lee es un país...»

–Desgraciado; un país que no se reconoce.

–«Al periodismo le falta...»

–Periodismo. Ahora hay mucho escaparate y poco contenido.

–«Los políticos no saben...»

–Yo reformularía la frase y diría que la política no necesita profesionales, sino ciudadanos comprometidos con ella.