John Cage, cartas de una partitura vital

Un volumen reúne las cartas del compositor John Cage. Un testimonio directo de todos sus amores, amigos y, también, locuras.

El compositor fuma un cigarrillo entre las cuerdas de un piano
El compositor fuma un cigarrillo entre las cuerdas de un piano

Un volumen reúne las cartas del compositor John Cage. Un testimonio directo de todos sus amores, amigos y, también, locuras.

Sin duda, él habría tenido algo que decir sobre la publicación de este libro. O bien quizá se hubiese quedado mudo, sin una sola palabra que pronunciar. Parecía difícil acercarse a él, a su mundo, a su carácter. Todavía continúa siendo uno de los músicos más visitados en la página de internet de YouTube con su obra musical «4’33’», considerada una tomadura de pelo por algunos, mientras otros la perciben como una obra de arte. Una pieza que está basada en un principio: no tocar ni una nota. Aún así fue interpretada en prestigiosos festivales del mundo. Ahora, gracias al libro editado por Laura Kuhn, que se encarga de conservar y gestionar el archivo del artista, sabemos más sobre John Cage (1912-92). Ahora, el libro «The Selected Letters of John Cage» arroja un poco más de luz sobre el compositor, cuya fama no hizo más que aumentar después de su muerte. Casi todas estas misivas fueron escritas entre 1930 y 1992. A partir de ellas podemos saber, por ejemplo, cómo era su vida durante su juventud, cuando era un entusiasta estudiante. Porque él era muy apasionado. Y muy modesto. Pero, también, una verdadera autoridad, aunque esto último no sorprende a casi nadie.

Todas sus pasiones

Entre la correspondencia que se ha reunido en este volumen, destaca una misiva fechada en 1980 y dirigida al compositor y editor R.I.P. Hayman, que le preguntó una vez: «¿Es la política a la sociedad lo que la música es al sonido?». A juicio de Cage, es «matemática. (...). Sí, si la música se considera como un cuerpo de leyes que proteja los sonidos musicales del ruido, como el gobierno protege a los ricos de los pobres». En sus cartas, se encuentran todas sus pasiones: el compositor y director de orquesta francés Pierre Boulez, el budismo zen, la cocina, su compañero el bailarín Merce Cunningham, el pintor Marcel Duchamp, el arquitecto Buckminster Fuller, el artista Jasper Johns, Marshall McLuchan, el artista Robert Rauschenberg, el compositor y pianista Erik Satie, el pintor expresionista abstracto Mark Tobey. A esta lista hay que añadir, la escritora M. C. Richards, la compositora Pauline Oliveros, la biógrafa Ornella Volta y la bailarina Carolyn Brown.

De entre todas estas cartas, destacan las que está escritas a Cunningham cuando empezaron su «affaire» en Nueva York en 1943. Para entonces, Cage estaba casado con la artista Xenia Kashevaroff, la hija de un sacerdote ruso. Aunque había tenido relaciones con personas de los dos sexos, al final se había enamorado de ella. Quizá, también pudo en su decisión los convencionalismos sociales imperantes en ese momento. Dentro de ese matrimonio, Cage siguió buscando su propia voz y parecía que iba a estar condenado a esa búsqueda hasta que se encontró con el bailarín Merce Cunningham. Ya a princpipios de los 40 se había separado de su esposa. Su matrimonio terminó en divorcio.

Desde el comienzo, daba la impresión de que su vida estaba destinada a empezar una relación con Cunningham, que muy pronto se convertiría en uno de los coreógrafos más influyentes de todos los tiempos. Una relación sentimental que se inició mientras trabajaban juntos y Cunningham exploraba los límites del cuerpo y Cage las dimensiones físicas del sonido. «Por favor, no dejes que las discusiones intelectuales de arte te intimiden. Sólo hablan de arte o lo aman o sólo Dios sabe, pero tú eres arte. Tú eres una aparición y cualquiera que tenga la oportunidad de estar cerca de ti tiene una terrible suerte», le escribe. Otra de las cartas de amor que sobresale está fechada en 1943: «Querido Merce, (...). No sé cómo he podido dejar que pasase un mes sin dolor. Es sencillo. Estoy deseando verte más que nunca. Es una existencia feliz», le reconoce al bailarín.

Entre otros nombres reconocidos, también destaca el de Leonard Bernstein, Aaron Copland, Willem de Kooning o Yoko Ono. En cambio, es cuando escribe a completos desconocidos cuando su escritura se vuelve más excelente.

Una noción budista

A la vez que Cage nos enseña su música, también parece hacerlo con sus palabras. Un sacerdote se encomienda a él. Cage le responde cómo puede educarse: «Al menos dos horas de Bruckner dos veces al día, tres veces cada siete días. Así, hasta que descubra que no hay nada sublime en absoluto». En otras también se muestra generoso, como la que envía a la compositora Katherine Aune: «La noción de que cada sonido merece la pena es, si se puede decir, una noción budista. Cada ser, sensible o no, es el Buda, y por eso está en el centro del universo. No escribo algo que está en mi cabeza hasta que lo puedo escuchar fuera de ella. De esta forma puedo escribir algo que no he escuchado nunca», le aconseja.

Estas líneas permiten percibir la inteligencia y creatividad que convirtieron a Cage en un importante y rompedor compositor. En ellas hay verdaderos informes de sus viajes a Europa en los años años 30, pero también arrojan luz sobre su evolución artística hasta convertirse en un icónico artista del «avant garde» estadounidense. Su correspondencia tan dispar, dirigida a artistas, extraños y otras personalidades, destaca por su manera de escribir siempre muy singular, profunda, irreverente y divertida.

Para los curiosos, confirmar que en estos textos quedan posibles pruebas para aquellos que quieran creer que estaba loco. A finales de los 70 y principios de los 80, escribe con frecuencia de la necesidad que siente de utilizar las plantas como instrumentos. Entre ellos, destaca, sobre todo, un texto de 1976 en el que defiende con firmeza «la utilización de las ramas como cactus, materiales de plantas y conchas de caracola llenas de agua».