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Aretha Franklin: Dios salve a la reina

La legendaria Aretha Franklin, nacida en 1942 en Memphis, falleció ayer por culpa de un cáncer que puso punto y final a una carrera que se inició en los años cincuenta y que cuenta con grandes himnos, como «Respect», «Think», «Spanish Harlem» y «Natural Woman»

  • Aretha Franklin en 1965/Foto: Gtres
    Aretha Franklin en 1965/Foto: Gtres

Tiempo de lectura 5 min.

17 de agosto de 2018. 07:01h

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Julio Valdeón 16/8/2018

Aretha Franklin, la hija del predicador, última de una generación irrepetible para la música negra, ha muerto en Detroit, a los 76 años, de un cáncer. La enfermedad, que la acechaba desde 2010, acabó por llevarse a la más superdotada desde Ella Fitzgerald. Fue voz y emblema de una música, el soul, que inflamó de anhelos y gritos femeninos, luego de que en sus primeros años el género hubiera estado bajo la custodia de machos alfa del calibre y talento de Otis Redding y Solomon Burke. Antes de ellos, claro, a caballo entre el viejo y efervescente rythm and blues y el soul que llegaba, estuvieron los padres del asunto, Ray Charles y Sam Cooke. Entre medias, una miríada de genios. Pero tuvo que llegar Aretha, que por cierto estuvo enamorada de Cooke cuando era adolescente, para que aquel manual de quejidos, banda sonora de la lucha por los derechos civiles, incendiario paisaje de una América que despertaba a la belleza negra, se empapara también de femineidad.

No es posible concebir a la profunda y monumental Mavis Staples o a la incendiaria y eléctrica Etta James sin el magistral precedente de una Aretha justamente titulada «Reina del soul». Que luego, con la fatiga asociada a los años, proliferasen medianías amamantadas en su estilo sin entender nada, no fue su culpa. Menos todavía que en la actualidad no haya aspirante en los concursos de telerrealidad que no fotocopie sus más característicos melismas. Ella, que cantaba como una diosa, tuvo siempre muy claro el poder cautivador del silencio. El que ahora deja, inabarcable, mientras nos consolamos escuchando sus discos. Sus gloriosos, inigualables, abrumadores discos de mediados y finales de los sesenta y principios de los setenta.

Había nacido en Memphis, patria ulterior del rock and roll, puerta hacia el blues de la Ruta 61, un 25 de marzo de 1942. Con 2 años se estableció al norte del Estado de Nueva York. Con 5 recaló junto al resto de su familia en Detroit. Fue, por tanto, hija de la posguerra y, sobre todo, de las grandes migraciones afroamericanas, que empujaron a millones de conciudadanos desde el Sur claustrofóbico y racista hasta las ciudades del Norte. A las frías y ricas tierras del automóvil, libres de la sombra de las leyes Jim Crow, llegaron también las músicas nacidas en Mississippi, Alabama, Georgia, Nueva Orleans y etc. El blues, que se electrificará en los garitos de Chicago, obligados sus intérpretes a potenciar el ruido para hacerse oír, y el góspel, claro, que fue el panal de casi todos los grandes cantantes negros.

En el caso de Aretha su cantera fue la New Bethel Baptist Church, de la que su padre, el muy estricto señor C.L. Franklin, era un destacado ministro. Sus progenitores se separaron cuando la niña tenía 6 años y la madre, Barbara, falleció cuando Aretha había cumplido 10. Siempre al cuidado de su padre, grabó su primer disco, Songs of faith, en 1956, o sea, con 14 años. Fue en ese momento cuando conoce al cautivador, brillante y guapísimo Cooke, que todavía no había dado el salto a la música secular y ejercía como estrella del góspel al frente de los Soul Stirrers.

Un diamante en bruto

En 1960 Aretha firmó por Columbia. Aunque le dio a conocer y grabó allí no menos de siete álbumes, la disquera nunca acertó con el estilo que necesitaba aquel diamante en bruto. Rodeada de músicos hiperprofesionales grabó muestras de jazz, gemas de doo-wop, aterciopelados ejemplos de rhythm and blues y hasta homenajes a mitos como Dinah Washington. Pero faltaba algo. El borboteo barrial y sacro de su infancia. Tuvo que cambiar de compañía en 1967 y aterrizar en Atlantic para encontrar a los socios que necesitaba. Nada más hacerse cargo de su carrera, el productor, factótum y cazatalentos de Atlantic, Jerry Wexler, la llevó al estudio FAME de Muscle Shoals, en Alabama. Fundado por el productor y compositor Rick Hall, FAME había sido un imán para cantantes de soul tan imponentes como Wilson Pickett, Clarence Carter, Arthur Alexander, Joe Tex y Arthur Conley. Conviene aquí resaltar que tanto Wexler como Hall eran blancos. El primero un judío ateo del Bronx; el segundo, un instrumentista de Mississippi interesado en el country y el r&b. Y por supuesto que Atlantic, el sello, había sido fundado por dos inmigrantes turcos, los hermanos Ahmet Ertegün y Herb Abramson. Y que en la banda de FAME había veteranos blancos y negros. Viene todo esto a cuento para entender que aquello, el soul, fue un potaje de influencias, y no una cruzada purísima de tintes raciales.

Sea como fuere, de aquellas sesiones, trasladadas a Nueva York luego de que el marido de Aretha se mosqueara con las libertades que le pareció que se tomaban algunos de los músicos con su esposa, nació un disco, «I never loved a man the way I love you», que puede considerarse con justicia como uno de los más influyentes del siglo. Un cegador muestrario de orgullo, bañado por músicas efervescentes y comandado por una Aretha sensacional. Le siguieron otros álbumes igualmente históricos, como «Lady soul» y «Aretha now», de 1968, y «Spirit in the dark», de 1970. La racha dorada concluye con dos directos, el religioso «Amazing Grace» y el secular «Aretha Live at Fillmore West».

A finales de los setenta, tras una sucesión de discos poco exitosos, emigró a Arista, fundada por el hasta entonces capitoste de Columbia, Clive Davis. Será el momento de las películas, como su estelar aparición en los «Blues Brothers», los grammy honoríficos y la medalla del Kennedy Center y los conciertos en el Carnegie y el Royal Albert Hall. La era de la celebridad cósmica y el respeto bien conquistado. Cantó para presidentes. Recibió la adoración de las siguientes generaciones. Pisaba el escenario mientras el locutor la presentaba como «Queen of soul» y, aunque no volvería a entregar un disco reseñable y vivió presa de una ciclotimia que la hacía alternar petardazos y ocasionales visitas del duende, tenía en propiedad una parcela en el Olimpo. Difícil ser más guapa y más valiente. E imposible encontrar a alguien con una garganta más elástica y luminosa y una comprensión más feroz para extraer de las canciones lo que nadie veía. Más que cantar, mataba con fuego y caramelos.

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