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La película gay que los nazis intentaron borrar del mapa

Ni el cine durante el nazismo era pura y mera propaganda (vean el documental «Hitler’s Hollywood», estrenado el 25 de octubre) ni su contenido debía ser por fuerza reaccionario. Cuando en Estados Unidos los guionistas, debido al Código Hays, buscaban ingeniosas maneras de hablar de lo único que en el fondo nos importa, el sexo (pienso en las «murallas de Jericó» de Clark Gable y Claudette Colbert en «Sucedió una noche»), en los cines alemanes Hedy Lamarr aparecía tal cual vino al mundo, ahogando bajo el agua del lago un evidente orgasmo en «Éxtasis». Pero la liberalidad de los nazis, para quienes cierto grado de promiscuidad encajaba con su misión de repoblar el mundo de <acriaturitas arias que pudieran defender y ampliar su «lebensraun», tenía sus límites. La homosexualidad era uno de ellos, por más que se reclamaran sucesores de Atenas o la cámara de Leni Riefenstahl, genial propagandista, glorificara a los nuevos apolos de la patria. De la misma manera que se cebaron con el «arte degenerado» o los libros socialmente nocivos que acabaron en piras públicas, el cine, cierto cine, fue tan perseguido como promocionado era con la otra mano. «Diferente a los demás» es un ejemplo paradigmático de esa persecución. Las vicisitudes de esta cinta, que cumple ahora un siglo exacto desde su estreno, son realmente curiosas. Para empezar, puede ser considerada la primera película que trata la homosexualidad desde una perspectiva no condenatoria. Narra los amores entre un violinista y su maestro. Una relación que los convierte forzosamente en «diferentes a los demás» y que levanta sospechas en la familia del joven alumno, que declina toda oferta matrimonial con mujeres de su entorno. En un momento dado, requerido por los padres del joven homosexual, aparece en escena el doctor Magnus Hirschfeld, célebre sexólogo de la Alemania de la República de Weimar, para dejar constancia de que la orientación de su hijo «no está mal, ni debería ser un crimen. De hecho, no es ni siquiera una enfermedad, simplemente una forma diferente, y una que es habitual en la naturaleza». Así de, cómo decirlo, moderno. Pero hablamos de 1919. En aquella época, el artículo 175 del Código Criminal alemán (y este apartado estuvo formalmente vigente hasta los años 90) condenaba a penas de prisión o hasta pérdida de los derechos civiles a quienes «cometieran actos inaturales entre personas del mismo sexo o –¡atención!– entre humanos con animales». «Diferente a los demás» se benefició de la supresión de la censura el año anterior en la República de Weimar para lanzar un mensaje tan potente como efectivo (fue todo un éxito de taquilla) en torno a un tema tabú. Pero, curiosamente, el escándalo generado por la cinta precipitó, junto a otros factores, el regreso de la censura al año siguiente. Las cosas no pintarían mejor para los defensores de la homosexualidad como práctica «no innatural» ni, por supuesto, para los propios homosexuales, en los años venideros. El nacionalsocialismo estrechó el cerco legal: los gays debían permanecer en «confinamiento penitenciario», según la norma revisada de 1935, el año en que Hedy Lamarr se bañó desnuda en «Éxtasis». Para entonces, todas las copias de «Diferente a los demás» habían sido destruidas por el nuevo regimen. Todas excepto, según se supo después, una que recaló quién sabe por qué en Ucrania, para regresar posteriormente a los archivos del museo de Múnich, donde fue redescubierta en los años 70, cuando la homosexualidad aún no era una cosa bien vista en Europa. Cien años después, la primera cinta abiertamente gay de la historia ha sobrevivido al Reich llamado a durar mil años.

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