Lady Gaga resucita en el Sant Jordi

La neoyorquina demostró ayer en Barcelona que sus detractores la enterraron demasiado pronto y que es posible conciliar una enfermedad crónica como la fibromialgia con el estrellato pop

Imagen de archivo de Lady Gaga durante su actuación en la Super Bowl del pasado año
Imagen de archivo de Lady Gaga durante su actuación en la Super Bowl del pasado año

La neoyorquina demostró ayer en Barcelona que sus detractores la enterraron demasiado pronto y que es posible conciliar una enfermedad crónica como la fibromialgia con el estrellato pop.

Si bien el Joanne World Tour era la sexta gira mundial de Lady Gaga que pasaba por Europa, ayer en el Sant Jordi, donde colgaba el cartel de no hay entradas (para el show del martes aún quedan), se respiraba un nosequé especial en el ambiente; una sensación que revoloteaba tanto en la cabeza de los fans, como en una zona de prensa abarrotada y llena de lápices, libretas y portátiles. La norteamericana suspendió el pasado mes de septiembre sus conciertos en el Viejo Continente tras hacer pública su fibromialgia y los problemas de fatiga derivados de la misma. Este tour, que iniciaba ayer su periplo europeo, era diferente por eso, y también porque era el primero tras las recuperación de Gaga como estrella mainstream una vez superada su oscura etapa del Artpop (su tercer disco de estudio) y de haberse ganado de nuevo el favor del público gracias a su apabullante show en la última Superbowl.

El grueso del concierto, que estuvo dividido en siete actos y que cogió la forma de una colorista y festiva opera rock sobre la vida y milagros de la cantante neoyorquina, lo formaron las canciones de su último disco, Joanne, el más orgánico y rockero de su carrera (en esencia, un trabajo que recupera el pop-rock de estadios de calidad de los años setenta y ochenta). Eso, sobre el escenario, se tradujo en un estilo más directo y musculoso, con Gaga desplegando todas sus dotes como entertainer: en la segunda canción de la noche, el número de country rock correoso A-Yo, ya empuñaba la guitarra eléctrica, acompañada de una banda completa y un grupo generoso de bailarines y bailarinas que parecían salidos de un casting para el remake de Flashdance. Todo esto encima de una plataforma que adquirió diversos tamaños y ángulos, flanqueda por tres plataformas más situadas en el foso e unidas por unos puentes móviles (uno de los gimmicks más acertados de esta gira), y una pantalla gigante y cuatro flotantes que proyectaban visuales e imágenes del concierto.

Los macroconciertos como los de Gaga, para disfrutarlos sin cortapisas, demandan una especie de contrato previo consistente en volver a la inocencia juvenil de fan. En este caso concreto, los pequeños monstruos, en algunos momentos, tuvieron que hacer la vista gorda para creer en la ilusión que propone su estrella favorita y negar la evidencia que, en diversos momentos, la música era secundaria frente al espectáculo pirotécnico de puesta en escena (el pase de ayer fue el más sobrio de la estadounidense en Barcelona, pero con espacio para llamaradas y fuegos de artificio a lo Kiss) y que había fragmentos donde se utilizaba el playback (por citar dos reglas del juego de esta gira mastodóntica). Dentro de esta liga, Lady Gaga es una de las artistas que salen mejor paradas gracias a su entrega y tablas: antes de iniciar el primer hit de la noche, Poker Face, ya daba las gracias a todos y cada uno de los asistentes por haber comprado la entrada al show.

La neoyorquina demostró ayer en Barcelona que sus detractores la enterraron demasiado pronto y que es posible conciliar una enfermedad crónica como la fibromialgia con el estrellato pop; la forma física que exhibió fue portentosa, las pequeñas bromas que gastó entre canción y canción desprendían frescura (estudiada eso sí), y los arrebatos folklóricos funcionaron como buena drama queen que es (esos parones con ella detenida en la parte central del escenario e iluminada con un punto de luz para reclamar los aplausos del Sant Jordi). Y es que la de Manhattan, que pidió ser coreada con el nombre de Joanne en homenaje a su tía desaparecida que no llegó a conocer en vida (su último álbum gira entorno a su figura), y que tuvo tiempo para recordar a la víctimas del atentado terrorista de Barcelona en una conmovedora interpretación de The Edge Of Glory, aún tiene cuerda para rato.