Literatura

Legado de un escritor liberado de sí mismo

Transcurrido un tiempo de su fallecimiento, ya se puede valorar la obra de este autor esencial de nuestra narrativa sin el peso de su propia caricatura

Transcurrido un tiempo de su fallecimiento, ya se puede valorar la obra de este autor esencial de nuestra narrativa sin el peso de su propia caricatura

Al cumplirse una década larga de la muerte de Camilo José Cela, y ante la inminente publicación revisada y anotada de algunos de sus más celebrados textos periodísticos con motivo del centenario de su nacimiento, convendría desprenderse ya, o contextualizar al menos, ese perfil suyo que aún pervive en un amplio imaginario colectivo, en el que es recordado como un hosco y malintencionado comentarista de su entorno cultural, misógino contumaz, agrio descalificador de jóvenes novelistas, aficionado al exabrupto pretendidamente divertido, mordaz practicante de la transgresión escatológica y, en suma, autoparódico constructor de una aparatosa figura intelectual que él mismo se creó. Ha llegado quizá la hora de quedarse con la estricta valoración de su obra literaria, destacando en ella su riguroso conocimiento, forjado en Cervantes y Quevedo sobre todo, del castellano literario; sin olvidar el acertado retrato de una ancestral España profunda –carpetovetónica, diría él–, su prodigiosa creación de atrabiliarios personajes que se debaten entre el esperpento y la melancolía, la desgarrada dureza de aquel tremedismo argumental de sus inicios novelísticos, el original planteamiento –seco y contemplativo– de su mejor narrativa de viajes, la distanciada función liberadora del erotismo, o su decidida entrega al experimentalismo vanguardista de los últimos años, que acaso merezca una mejor consideración crítica.

Recordemos que en el desolado panorama literario de la profunda posguerra española, en 1942 exactamente, se publicaba, burlando todo celo censor, «La familia de Pascual Duarte», la historia de un héroe trágico que, en un deprimido ambiente rural, acabará matando a su madre en un último acto de liberación y huida de un determinismo genético que rechaza sin saberlo. «Yo no soy malo, aunque no me faltarían razones para serlo», manifiesta el protagonista en el arranque de la novela, poniendo al lector sobre la pista de una ética supeditada a un depredador medio social. La ronda de destinos cruzados, de patéticos y entrañables personajes que se entrelazan en «La colmena» (1951), es un impecable ejemplo de cuidada estructura novelística, donde alienta la ambiciosa reconstrucción de una deprimente realidad. Cartillas de racionamiento, oscuros encuentros sexuales, maledicentes tertulias en desabridos cafés... la crónica de una malvivencia fijada en un desolado tiempo histórico. Existe un total acuerdo en la apreciación crítica sobre la excelencia de «Viaje a la Alcarria» (1948), el logrado intento renovador de una literatura itinerante que, de paso, reflexiona sobre el lánguido transcurrir de la vida, su meditada contemplación y el valor de la charla ocasional entre desconocidos que comparten azarosamente sus experiencias. «San Camilo 1936» (1969), novela ambientada en los primeros días de nuestra fratricida Guerra Civil, constituye una clara denuncia de toda radicalidad ideológica, mostrando el rechazo, en impecable técnica testimonial, de la violencia como resolución de desigualdades sociales o problemas políticos. Con «Oficio de Tinieblas 5» (1973) y «Mazurca para dos muertos» (1983), Cela se adentraba en una decidida y valiente ruptura con el realismo clásico, forzando las capacidades expresivas de una narratividad que, en su vanguardismo, convendría revisar a la luz de sus herméticos supuestos sintácticos y no menos calculado caos argumental.

En esta necesaria reivindicación humana y literaria de la figura intelectual de Camilo José Cela convendría destacar su labor al frente de la editorial Alfaguara, su decisivo papel de mediador con el exilio español –María Zambrano, León Felipe, Jorge Guillén o Fernando Arrabal, entre otros escritores– a través de la emblemática revista «Papeles de Son Armadans» y, en un sentido más personal, una cierta escondida sensibilidad que se traduce en el particular lirismo de palabras como éstas, pertenecientes al libro de cuentos «Esas nubes que pasan»: «Las nubes pasan sobre la ciudad, altivas –a veces– como orgullosos caballeros enamorados; grises y taciturnas –en ocasiones– como abrumados mendigos caminantes, como deudores que odiasen la luz de la mañana». Y todo ello junto a un extenso articulismo periodístico, que se ha visto perfectamente representado en la antología editada por Fundación Banco Santander y que, al cuidado de Adolfo Sotelo Vázquez, lleva por título «La forja de un escritor» (1943-1952). Bienvenida pues esta previsible recuperación de un narrador de raza, inmerso en diversos registros de la ficción novelesca, atrevido gestor cultural y, en definitiva, ineludible integrante ya de la historia de la literatura española contemporánea.