Chéjov, sin cuentos

Páginas de Espuma edita el primer volumen de sus relatos cortos completos. 90 de ellos nunca habían sido publicados antes en España

Marcello Mastroianni protagonizó «Ojos negros», basada en cuentos del autor
Marcello Mastroianni protagonizó «Ojos negros», basada en cuentos del autor

Chéjov emprendió el camino literario desde la confortable sombra que ofrecen los seudónimos. Bajos esas identidades inventadas (cada nombre es siempre una voz distinta, una vocación de estilo) inició una ruta imprevisible que le conduciría a una gloria que, desde el oficio de galeno, jamás habría podido prever. Su prosa carecía de pretensiones en sus primeras estocadas estéticas y él, que frisaba la orilla de los veinte años, de las presumibles ambiciones que rondan a cualquier autor novel que pretenda alcanzar los cuestionables rellanos de la inmortalidad. «Empezó como un escritor profesionalizado, en el peor sentido de la palabra, escribiendo por obligación y fijándose mucho en la actualidad». Paul Viejo, responsable de la edición de los cuentos completos del autor ruso que ahora comienza a publicar Páginas de Espuma, habla con pasión y con una experta distancia del autor. Dirige este trabajo, dividido en cuatro volúmenes, que aspira a ser definitivo. El primero de ellos, que sale ahora a la venta y que abarca el periodo comprendido entre 1880-1885, reúne 239 cuentos y cerca de un 20 por ciento todavía son inéditos en español. «En esta época poseía una gran capacidad de trabajo. Escribió 240 cuentos en menos de cinco años –continúa Viejo–. Cualquier cosa que sucediera en Rusia le servía».

Chéjov nos llega hoy envuelto en un paisaje de abundantes leyendas. Unas resultan ciertas, como el traslado de su cadáver a Moscú en un tren refrigerado o esa tuberculosis (probablemente la patología más literaria del mundo) que contrajo de sus pacientes. Otros rumores vienen acompañados de las habituales exageraciones, como el número total de cuentos que dejó. «Una de las cosas que se nos olvida –matiza Paul Viejo– es que comienza a escribir con veinte años y muere cuando tiene 43, una edad en la que hoy muchos escritores son incluidos en las antologías de autores jóvenes. En ese intervalo dejó 600 cuentos. En medio, está la enfermedad, que le va a condicionar porque le obliga a viajar». Chéjov cumplió con el ritual bohemio del escritor sin dinero, con la maldición del fracaso y la falta de reconocimiento que padeció su primer teatro. Pero, después de dos años redactando cuentos, fue desembarazándose de estas primeras impresiones generales. La crítica entrevió las luces del genio, que salió del escondite de su anonimato en 1883, cuando sus editores decidieron firmar sus historias con su nombre. «Al principio escribe historias cortas, de forma ligera o aparentemente ligera. Después reduciría el humor, aunque mantendría los problemas fundamentales que caracterizan su obra. En una siguiente etapa, cambia tanto en lo formal como en lo técnico, hasta que entra en su última fase. Ahí ya no se fija en los problemas, y ahonda en la psicología, eludiendo el decorado de alrededor y reflejando las causas que hacían sufrir o vivir a una persona», explica Paul Viejo.

Este Chéjov primerizo auspicia ya el escritor que sobrevendrá años después. A través de piezas cortas, breves, de márgenes indefinibles, donde la realidad, la noticia y la literatura acaban entrelazados, va abriéndose paso su impulso creador. «Es el autor con la mirada más rápida y certera para reconocer el carácter de gente. Además, va a potenciar la elipsis y la distracción. Esa manera de estar hablando de una cosa cuando, en realidad, se refiere a otra, y que da un resultado maravilloso, por ejemplo, cuando se detiene a mirar el movimiento del agua cuando está describiendo la personalidad de un adúltero».