El árbol de la vida eterna

Existen una serie de libros vinculados al aprendizaje, la formación, o el mero disfrute animado por el espíritu de la curiosidad, que continúan respirando dentro de uno años después de que se haya concluido su lectura; un catálogo de obras que dejan un rico sedimento en el lector y que, lejos de agotarse con el transcurso del tiempo, van enriqueciéndolo, como «La rama dorada» de J. G. Frazer, «Ciencia, magia y religión», de B. Malinowski o «Tristes trópicos», de Claude Lévi-Strauss, por citar algunos autores y títulos. Joseph Campbell pertenece a esa generación de maestros (palabra, por cierto, reivindicada por George Steiner y que sobrevive en un injusto desdén). Su largo empeño por sacar a relucir las estructuras comunes que subyacen en lo más profundo del pensamiento mítico de las diferentes culturas a lo largo de la historia dio como resultado un trabajo imprescindible: «Las máscaras de Dios». Cuatro tomos que en España habían caído en el desván del olvido bibliográfico hasta que Atalanta inició la imprescindible y monumental tarea de volver a publicarlos y hacerlo en una edición a la altura del texto. El año pasado sacó el volumen de mitología primitiva y ahora lanza el segundo, dedicado a la oriental. Su exhaustivo estudio va más allá de una narración de dioses y héroes. Explica las raíces psicológicas que discurren por debajo de los relatos culturales que sustentan las civilizaciones. Campbell, cuyo trabajo influyó en el George Lucas de «Star Wars» y que fue ampliamente citado en una popular serie de televisión, «Doctor en Alaska», parte de un hito histórico: el momento en el que Occidente se separó de Oriente. Un instante que determinó la relación con Dios de los hombres que vivían al Este de Irán y de los que habitaban en el Oeste. Parafraseando sus palabras, Occidente tomó el fruto prohibido del árbol del bien y el mal, y Oriente, del árbol de la vida eterna. La postura de Occidente es histórica y ética; la de Oriente, metafísica y poética. Su análisis le conduce a Egipto, India, China y Japón, sacando a la luz el origen similar que hay en mitos extendidos por territorios distantes entre sí. Y lo hace con el propósito de demostrar que la historia del hombre es también una historia espiritual y que, a pesar de las divergencias, todos los individuos compartimos un sustrato común, aunque eso a algunos les moleste.