El jaque de un gran embaucador

Tres lustros después de la aparición de la obra de mayor venta de John Katzenbach, «El psicoanalista» (2002), vuelve con la segunda parte y punto final del enfrentamiento entre el doctor Starks y su némesis, el psicópata «R», dispuesto a vengarse y suturar su herida narcisista. Las novelas de Katzenbach tienen una virtud: persiguen un entretenimiento espectacular. No busca ni busquen más. Con un estilo reconocible, su escritura es sencilla y clara. Nada rebuscada. Para que el lector siga la intriga con facilidad y no se despiste. Todo fluye, con un narrador personaje tan apegado al protagonista que le permite confundirse con él. Además de redoblar el efecto con el subrayado de sus pensamientos con ese «monólogo exterior» que ya es un recurso recurrente de la novela de intriga actual. Un juego dialéctico entre narrador y protagonista que los funde en un machacón «ritornello» que agota al lector más pintado a fuerza de resaltar lo evidente. La madre de Katzenbach era psicoanalista, de ahí la idea de utilizar a un analista amenazado por un perturbado, que debe salvar su vida enfrenándose a un reto tan elaborado que acaba resultando inquietante. Todo se encadena, las trampas se confunden con los desafíos y el lector se hunde en un mundo pesadillesco de la mano de este detective a la fuerza. Para el dr. Stark, «un buen psicoterapeuta es como un jugador de póker con las apuestas altas. Evita dar pistas a los demás jugadores para poder tirarse el farol y quedarse con lo que hay en el centro de la mesa». Sin comentarios.

Como se ve, el analista, en este tipo de intrigas criminales, al igual que el periodista en la estupenda «Llamada a un reportero», es un pretexto. Hitchcock lo utilizó en «Recuerda» y lastró con explicaciones técnicas algo que no hubiera necesitado de hacer como Katzenbach: obviarlas. Es otro elemento más de la retórica de la novela. Le da un marco plausible al relato para que el autor construya una trama tan inverosímil como resultona. Ningún lector pone en cuestión su estructura porque el pacto literario se establece con cada género, y, por tanto, con sus límites, un tanto lábiles, pero siempre reconocibles.

Una salida plausible

Así, John Katzenbach se adhiere al género de novela de intriga con psicópata manipulador y un personaje acosado que huye hasta que cae en la cuenta de que está viviendo en una pesadilla, la del asesino, y pasa al ataque imponiendo la suya, tan sofisticada y estructurada como la de éste, donde el psicoanalista le lleva la delantera. Metáforas ambas de la obra. Este es el punto nodal de «El psicoanalista» y «Jaque al psicoanalista»: dos personajes antagónicos. Inteligentes. Inmersos en una pesadilla artificiosa. Repleta de golpes de efecto. En una escalada que recuerda los seriales del cine mudo, tipo «Perla Blanca en apuros». ¡El más difícil todavía! Eso que a la protagonista de «Misery» la sacaba de quicio: rebobinar el final para encontrar una salida plausible. Katzenbach es un gran embaucador capaz de seducir al lector con las intrigas más disparatadas. ¡Chapó!