Literatura

Hablemos de Octavio Paz y de fútbol

Dos amigos mexicanos conversan a lo largo de cinco sesiones que se inician con un prólogo y se cerrarán con un epílogo. Son las cuatro paredes de un diálogo cerrado y personal –temas arbitrarios, gustos íntimos, preocupaciones estéticas particulares– que se abre a la falta de prejuicios, a la libertad de pensamiento, a la conversación productiva: la que saca lo mejor de uno mismo. Ilan Stavans, un todoterreno de las letras hispano-estadounidenses, y Juan Villoro (1956), habitual entre nosotros gracias a sus obras en la editorial Anagrama viviendo a caballo entre México DF y Barcelona, charlan de lo que significa escribir – «Mirar las cosas de otro modo, buscar un tercer ojo para obtener una perspectiva a contrapelo», dice el segundo–, de numerología y astrología, continuamente de Borges y de Roberto Bolaño, de fútbol, de religiones, de lo que diferencia a españoles e hispanoamericanos, del México que aman y les da miedo.

De Villoro admiramos su grandeza narrativa, su don comunicativo, su excelsa caballerosidad; y Stavans ha sido un fabuloso descubrimiento. Autor de más de treinta de libros de todo género y traductor al/del inglés, opina con enjundia y sinceridad tanto de Juan Rulfo –«"Pedro Páramo"me parece una novela aburrida», sostiene, prefiriendo los cuentos de «El llano en llamas»– como de la narrativa norteamericana actual, llena a su juicio de «entertainers», guiando una conversación que se interna en reflexiones literarias pero también sobre la creencia en los fantasmas o el excitante hecho de dar conferencias. Un diálogo en el que entra tanto el pasado cultural común como asuntos de actualidad: caso de las palabras de Villoro, tan sensatas y críticas, sobre la política lingüística catalana, que actúa en torno al español y catalán según las ferias internacionales a las que envía autores.

La palabra nuca

No ha de sorprender el inicio extravagante del libro con asuntos como el porqué de la palabra «nuca» en el título, el número cinco, el concepto de «libro agotado» o el aspecto facial. Pareciera que los autores van a hacer metafísica de pequeñeces o encarar temas de forma demasiado personalista. Pero al instante la conversación se hace lúcida, amena, apasionante. Villoro alude al ambiente mexicanista en el que se crió, su formación alemana y sociológica, su periodo en Berlín; Stavans se muestra alérgico a los nacionalismos y teoriza sobre el acto de leer. Ambos opinan sin miedo a ser políticamente incorrectos, y se sumergen en «El arte de equivocarse», como reza la quinta conversación, poniendo como ejemplo al «Quijote», la mejor novela escrita, plagada de imperfecciones. Y a la vez hablan sin pelos en la lengua de dos de los tótems culturales mexicanos más distinguidos, Octavio Paz –Stavans relativiza la importancia de su poesía y su amigo lo ve como alguien que hablaba para tener razón– y Carlos Fuentes –«creo que él mismo se escuchaba demasiado y era víctima de su propia elocuencia», dice Villoro. Pero siempre, en todo, ya sea alrededor del «spanglish» y de los diferentes acentos latinoamericanos, de las telenovelas o de los premios literarios, con la firmeza del que da argumentos hondos y elegantes que estimulan la opinión propia.