Historias de un trotamundos de papel

Toni Montesinos traza a través de sus crónicas viajeras una semblanza breve y emocional de distintas ciudades del mundo y un profundo autorretrato del artista en permanente fuga.

¿Cuántas maneras hay de viajar? Se viaja por huir de un pasado o de uno mismo, por buscar el Santo Grial, por saciar la sed de conocimiento, incluso por deporte. El siglo XX zanja una forma de entender los viajes, que arrancara con Heródoto, Ctesias, Estrabón o la mismísima «Odisea». Las últimas gestas de los descubridores concluyen con la conquista del Polo Sur por Amundsen y sólo quedan aventuras conmovedoras como la de Shackelton (contra la Antártida) o Mallory (contra el Everest). Con todo el horror a sus espaldas, las obras de Hemingway, Ernst Jünger o Robert Graves no habrían sido las mismas sin las trincheras. Tampoco Thom Jones, el autor de «El púgil en reposo», habría sido llamado «el Dostoievski del Lejano Oeste» sin su traumática experiencia en Vietnam.

De los miembros de la Generación Perdida americana, sin duda es Hemingway quien traslada a la letra impresa con mejor tino sus experiencias andariegas. «Las nieves del Kilimanjaro» es el paradigma del relato perfecto. También Truman Capote, antes de adocenarse en la crónica social, viajó mucho, por Italia, España, Tánger o Haití. Nos deja su enérgico estilo en «Los perros ladran», que incluye un excepcional documento sobre la Rusia soviética. También Graham Greene y Paul Bowles, con «El cielo protector» tangerino. Grecia inspira a Henry Miller un texto de profunda belleza en «El coloso de Marusi», y Paul Theroux viajó en tren por China para dar forma a su libro «En el gallo de hierro». Stevenson Paul Morand... Sin olvidar a los recientes Vikram Seth o los españoles Julio Camba, Pla, Dragó, Cela, Moix, Leguineche, Pérez de Albéniz, Carandell, Regás, Gironella, Ganivet o la injustamente olvidada Sofía Casanova.

Revisado el panorama de este género en la nueva centuria globalizada, ya no hay gestas que cantar, ni héroes que perseguir, ni guerras mundiales que sirvan de pretexto para una crónica. Como mucho, geniales ensayos como los de Kapucinski... Por tanto, solo queda el viajero emocional, como lo es Toni Montesinos, poeta antes que ninguna otra de las muchas facetas literarias que cultiva. Y sobre ese viaje interior, de piel hacia adentro, versan estas crónicas que participan del diario, la confesión, la lírica, la libre asociación de ideas y, en especial, el apunte sensitivo.

- Pisar dos continentes

Sobre ese «desplazamiento» emocional, versan estas crónicas que pisan dos continentes. Busca en Cuba o en Ámsterdam el alma de la gente, de las ciudades, las atmósferas, la miseria, la inflación vital... incluso el matrimonio. A la unamoniana manera, este libro procura perspectivas de La Habana, Nueva York, Florencia, Baltimore, Sicilia, Puerto Rico o Boston, pero, por encima de todo, visiones de su propia alma, adquiriendo así una dimensión física al adoptar una forma espacial para evadirse de la pura inmaterialidad. Al tiempo, Montesinos logra evitar el pecado capital de la literatura de viajes: el egocentrismo. Sabe colocarse en el lugar del otro, contar la historia de aquellos con quienes se cruza, del país en el que está y sus sentimientos y sensaciones, pero nunca buscando ser el centro de lo que le rodea y describe. Deudor de hazañas como la de Stevenson en su viaje en burra por Francia, de Venecias de Paul Morand, o «Un año en el otro mundo», de Camba (por citar solo algunas), nos lleva de la mano a Cuba, acompañado de demasiadas expectativas que no tuvieron su correspondencia con la realidad. Un lugar donde el arte es religión, pero la vida habanera es mucho menos soportable que la de provincias como Holguín o Pinar. Con el regusto de «El amor a la ciudad», que Alejo Carpentier vertiera sobre la misma isla, cruzamos el charco para recalar en la ciudad italiana que, en Stendhal, causara un síndrome que pasará a los manuales de psiquiatría. Lo sufrió al salir de la iglesia de Santa Croce. Montesinos disfruta de la belleza y no puede evitar lamentarse de ella, como de una pobre Jerusalén: «Le falta silencio (...) a este pueblo para visitantes acomodados y viajeros que no quieren reconocer su decepción».

La soledad neoyorkina –que ya anunció White a mediados del pasado siglo– sorprende al autor. Ignora si es un mal endémico o es una situación nueva, provocada por los fantasmas del 11-S y el pavor a nuevos atentados terroristas. Sin embargo, en el sosegado Baltimore de Poe, donde recaló Pedro Salinas, se reconforta. En Ámsterdam, donde se respira a la flaubertiana manera y es inevitable encontrarse en cada esquina con «el loco del pelo rojo», sabe hacernos olfatear, saborear y palpitar por sus calles, canales, putas y humedades, como lo hicieran Micaela Van Muylem y Victor Shiferli en su «Narrar Ámsterdam».

Vemos Manhattan desde Brooklyn con un «travelling» de verbos y emociones, sobre un lecho de calma incongruente que nos evoca a los paseos de Muñoz Molina –escritor y personaje a un tiempo– en su «Ventanas de Manhattan», para luego quemarnos bajo el siciliano sol vertiginoso del que hablara Lampedusa, donde se conjuga en igual medida el amor por las féminas con el temor por su temperamento. No podía faltar Chile, con sus poetas y narradores, y la furia de la espuma de Isla Negra donde Neruda fue su capitán y el autor su marinero en tierra. Termina el merodeo paisajístico en el fraternal Puerto Rico donde pretende que «la criatura más bella, divertida y amorosa», se case con él. La buena literatura parece seguir más unida a la sensibilidad de quien viaja en dirección contraria o sin destino. Quizá, hacia dentro, como en un eterno éxodo... Y Montesinos lo logra, amén de un polizón en su itinerario: el lector. ¿Cuántas buenas amistades arrancan así?

Sobre el autor

Toni Montesinos (Barcelona, 1972) es poeta, novelista, crítico y ensayista. Ha reunido sus versos completos en «Alma en las palabras. Poesía reunida» y en la apócrifa «Antología poética del suicidio (siglo XX)».

Ideal para...

tener una visión particular de lugares de incuestionable atractivo como Puerto Rico, Cuba, Chile, Baltimore, Boston, Nueva York, Ámsterdam, Sicilia y Florencia; con una visión culturalista y emocionada.

Un defecto

Para lectores que no estén acostumbrados a ver el viaje en forma de dietario o como asociación libre de memoria y presente, pueden ser textos con opiniones muy personales.

Una virtud

Como dice José María Conget en el prólogo, «son textos que renuncian a los aspectos de guía Michelin para enlazar plazas, gentes y miradas con un mundo interior construido de literatura».

Puntuación: 9

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