Knausgård también fue niño

Como Sebald en los noventa al escribir sobre el Holocausto o Bolaño en la década de 2000 al basarse en la epidemia de asesinatos en México, el noruego Knausgård escribe sobre Knausgård. Al igual que ellos, sobrevivirá a la etiqueta de genio de nuevo cuño. Sus seis tomos titulados «Mi lucha» ocupan más de 3.500 folios y están escritos a veinte páginas al día, en las que desgrana su intimidad cotidiana sin escatimar detalles, recreándose en el fracaso existencial de una forma corrosiva. El primer volumen, «La muerte del padre», abarca la relación con su padre alcohólico; en el segundo, «Un hombre enamorado», aborda su vida conyugal. Ahora le toca el turno a su infancia. Escrito desde la perspectiva de un niño busca regresar a aquella etapa en la que fue más llorón que risueño, pasaba horas leyendo, anhelaba ser extrovertido y aprendía a distinguir entre las reacciones grupales e individuales. Un crío que quería parecer valiente y acariciaba con impotencia el fracaso de no saber quién era. No hay reflexiones, sólo hechos; el estado mental de aquella época, con sus emociones y sensaciones en una isla noruega, como un Proust de la nueva centuria.

Con una visión realista y sin cortapisa, en su escritura asoma el germen doloroso de quienes han padecido demasiado sin hacer bandera del daño. Viene impulsada por una cólera que no llega a ser sino irritación por tanta desolación, aunque flote sobre cada línea un instinto moral conmovedor. Asistimos a los arañazos e infiernos interiores, a la frialdad absoluta del recuerdo... Knausgård no sólo se busca a sí mismo sino que se cita con el lector para un determinante duelo existencial, y para ello mima cada párrafo hasta conseguir el pasaje perfecto veraz. La suya es una hazaña literaria autosuficiente, pues le basta recordar la anchura de sus espantos; el país mental que habitó sin consuelo alguno. Alejado de lo respetable, deja constancia de la meteorología de su mente, porque necesitaba que la literatura le trajera de vuelta a la vida... y porque le daba la gana. Él es su física y su metafísica, y no está en su ánimo provocar como un pequeño burgués, sino intentar no ahogarse en su propia bilis. Podemos llamarlo realismo autobiográfico, dramatismo de la verdad, o cosmovisión esteparia. Desafía a los géneros y, si algo pudiera decirse de esta proeza literaria es que se trata de una autoinmolación poética que roza la perfección.