Limónov, de mayordomo a golpista

¿Es un bohemio? ¿Un reaccionario? ¿Un escritor? ¿Un radical? Emmanuel Carrère le dedica su último libro, que recibió el premio Renaudot. Notable semblanza que muestra la trayectoria de un hombre que pasó de ser mayordomo a que le acusaran de promover un golpe de Estado en Kazajstán. «Limónov». Emmanuel Carrère. Anagrama. 397 páginas, 22 euros

CONTRA PUTIN. Limónov grita consignas contra el actual el gobierno ruso en una protesta de 2011
CONTRA PUTIN. Limónov grita consignas contra el actual el gobierno ruso en una protesta de 2011

La existencia es demasiado corta para destinarla a una sola pasión... Por ese motivo, resulta tan admirable Eduardo Veniaminovich Savenko, alias «Limónov», el último «héroe» de la novela biográfica o biografía novelada de Emmanuel Carrère, ganadora del premio Renaudot. Como ocurre con otros autores a lo largo de la historia –Cervantes, Salinger, Lord Byron, Conrad o Jean Genet–, su vida excede a cualquier imaginación. Fue macarra en su Ucrania natal, aprendiz de dandy en Moscú y seudohéroe en la clandestinidad soviética de Brezhnev. Tras convertirse en disidente, se instaló en Nueva York del brazo de una modelo que le introduciría en la alta sociedad.... Luego de abandonarle, se vería abocado a vivir como un vagabundo y abrazar la homosexualidad en busca de calor y desahogo para sus urgencias. A esta incursión en el «malditismo» le sacaría luego rédito literario en su libro «El poeta ruso prefiere los negros grandes».

De Manhattan a los Balcanes

La enumeración de sus andanzas no concluye en este punto: tras convertirse en mayordomo de un millonario en Manhattan emigraría a París para mutar en bohemio escritor «cool» y después abrazar la causa serbia como soldado en la guerra de los Balcanes y luego fundar su fuerza política que provocaría no pocos quebraderos al régimen ruso. El gobierno no tardó en reaccionar acusándole de promover un golpe de Estado en Kazajstán y su imputación le llevaría a purgar dos años en la siniestra prisión de Lefertovo, todo ello antes de su errada candidatura presidencial o su alianza con el campeón mundial de ajedrez Gary Kaspárov y su posterior ascenso como incono de la actual juventud rusa excluida.

Estamos ante un nostálgico de la extinta URSS y su sistema político totalitario. En estas páginas, el autor sufre una leve esquizofrenia afectiva hacia el personaje situándole entre un nuevo Zhirinovsky, con una fuerte pátina cultural, al tiempo que un héroe de masas juveniles que lo mismo se codea con Jean-Marie Le Pen que incita a su seguidores a consumir música de Manu Chao. ¿Disidente, elegante, extremista, siniestro, fantoche... O todo a la vez? «Es difícil conjugar todas las aristas de este personaje. No olvidemos que está –como Putin, de quien tanto abomina– a favor de la reconstitución del Imperio soviético. Es un nostálgico que apoya conflictos imposibles como los movimientos secesionistas de repúblicas formalmente independientes como es el caso de Transnistria (respecto de Moldavia), Osetia del Norte y Abjasia (de Georgia), determinados enclaves ucranianos, y que es un luchador visceral contra el secesionismo de los chechenos dentro de la Federación Rusa... Por no olvidar que apoyó el nacionalismo exacerbado de los serbios en el caso de la antigua Yugoslavia. Todo ello no se conjuga con el apoyo a manifestaciones en pro de los derechos humanos, tachar a Putin de sátrapa –que en el fondo piensa como él– o que Elenna Bonner –viuda de Sájarov y venerada en Rusia– le tilde como uno de los héroes del combate democrático en Rusia tal y como Carrère recoge en este volumen», aclara el politólogo José Ángel López Jiménez, autor de la «Los conflictos congelados en la antigua Unión Soviética».

Carrère, pese a la meticulosa investigación desgranada, las lecturas de Limónov realizadas con total profundidad y a haber trabajado sobre el terreno, conociendo al protagonista así como a los testigos, cae en un pequeño desliz, dadas las características magnéticas del sujeto: rozar la hagiografía. No obstante, para restarle un «extraño» mérito al protagonista, en tanto que, a diferencia de otros personajes críticos al sistema «putiniano», él les ha sobrevivido. Recordemos a Anna Politkovskaya, la periodista asesinada al pie de su edificio de apartamentos y donde aún está por aclarar la intervención de la actual FBS –Federal Security Service y antiguo KGB–. Todos ellos (y tantos otros) fueron asesinados o encarcelados, pero él tiene un plus que ofrecer a su propia imagen como salvaguarda: su continua reinvención como personaje, su no menos loable literatura, así como su postura de activista político, sin olvidar la legión jóvenes que le siguen como a un gurú. En cualquier caso, hablamos de unas magníficas páginas escritas a medio camino entre la admiración de un personaje histriónico –pero magnético–, al tiempo que sabe trazar el retrato de la Rusia de las últimas cinco décadas y nos guía, además. por las singularidades de la condición humana.