Moresco, apaga ya esa luz

Un hombre en edad madura que ha decidido retirarse del mundo se refugia en una aldea en ruinas, en un lugar desierto. En sus noches solitarias se obsesiona con una pequeña luz que titila, en medio de la oscuridad del bosque. Entre él y la luz, no hay nada. Absolutamente nada. Cada día le acompañamos en un viaje por la desconocida naturaleza: las bestias que siguen su camino, los terremotos que sacuden la tierra, las golondrinas parlantes, los insectos que pululan, la feroz lucha de las plantas por ganar su parcela de espacio, el implacable proceso de deterioro y renacimiento... El bosque (y la novela) como un rito de iniciación. Descritos, ambos, como el círculo insoslayable que existe entre la vida y la muerte, entre la civilización y la ferocidad, entre la infancia y la edad adulta, entre la vigilia y el sueño... entre el reino de los vivos y el dominio de los muertos. Poco a poco, en ese ciclo entre la luz y la sombra, la vida y la descomposición, el hombre descubrirá a un niño pequeño que vive solo en medio de la naturaleza. Comienza a visitarle con frecuencia e irá descubriendo su autosuficiencia, lo efímero de la existencia, su insignificancia en el universo.

El adulto sabrá el dolor secreto del niño, relacionado con la escuela donde regresa cada tarde al caer la noche; su frustración por no poder leer, sus cuadernos llenos de textos sin sentido... La mutua soledad. La calidad del ensueño nos sugiere una suerte de purgatorio, construido a fuerza de mutismo e imaginería descriptiva. La inevitabilidad nos lleva a donde imaginamos... ¿en qué esfera del ser está el pequeño? Se trata de una lectura metafísica, una elegía, una fábula de impresionante belleza que hace que nos preguntemos si el mundo está en otro mundo, si está en un lugar que todavía no ha sido creado. Únicamente, una cita de Bernanos puede resumirlo: «Mi vida está ya llena de muertos. Pero el más muerto es el pequeño niño que fui. Y, sin embargo, cuando llegue la hora, es él quien se pondrá al frente de mi vida... y será el primero en entrar en la casa del Padre».