Símbolos del fanatismo

Abraham B. Yehoshua (Jerusalén, 1936) retoma en su última novela uno de sus temas preferidos, los problemas familiares, que son el motivo central de dos de sus mejores narraciones, «La novia liberada» y «Un divorcio tardío». En esta ocasión, con «La figurante», nos encontramos con un asunto de familia que protagoniza una mujer en la cuarentena, intérprete de arpa, divorciada, que tiempo atrás se fue a Holanda para formar parte de una orquesta.

Noga se ve obligada a volver a Jerusalén en contra de sus deseos. Su madre se ha quedado viuda y el hermano menor quiere que se mude a una residencia de lujo en Tel Aviv, donde él vive, para atenderla más fácilmente. Además, así dejará el piso de su vieja casa en Jerusalén rodeado de «fanáticos ortodoxos» en el barrio de Mekor Baruk, cada vez más radicalizado. La madre estará tres meses en la residencia y después elegirá dónde quiere vivir.

La misión de Noga es vivir en el piso de renta baja de su madre durante los tres meses que va a durar el «experimento» para que los dueños no lo vendan al considerarlo vacío.

El simbolismo de objetos y situaciones es habitual en Yeho-shua y nada mejor para mostrar el estado de ánimo de una mujer que se encuentra incómoda y fuera de lugar que hacer que trabaje como figurante en rodajes de películas o documentales y así obtener algunos ingresos durante su estancia. Noga, que ya había encontrado su camino con éxito en la música y en otro país, se siente desplazada, fuera de lugar, un ser anónimo: como una figurante. La vuelta a su país hace que los recuerdos de su infancia y juventud la asalten a cada momento, también el recuerdo de su fallido matrimonio, a causa de su negativa a tener hijos, vuelve a ella, y se siente sola y desamparada. Solo parece entenderse, en parte al menos, con Elazar, un policía jubilado también figurante que conoce la ciudad y sus habitantes perfectamente. Un personaje secundario tan logrado que se queda en la memoria del lector.

Jerusalén, protagonista

El momento crucial de la novela tiene lugar en la montaña de Masada, «el lugar en que un grupo de fanáticos judíos se suicidaron en lugar de rendirse ante los romanos». De nuevo los símbolos. Allí tiene que hacer de figurante en la ópera «Carmen» y se cuestiona toda su vida, además, tiene lugar un reencuentro especial y le llega el momento de rendir cuentas de toda una vida. Yehoshua ha creado con Noga uno de sus mejores personajes, un magistral retrato de una mujer de hoy en contradicción con todo su entorno. Pero hay otro gran protagonista, la ciudad de Jerusalén, sus viejos barrios y el conflicto creciente con los judíos ortodoxos. En el viejo piso de la madre «se cuelan» furtiva y asiduamente dos niños vecinos de una familia ortodoxa para ver la televisión que se les prohíbe. Yehoshua no da puntada sin hilo y el lector disfruta mientras observa cómo va tejiendo una historia de estimulantes matices.