Theodore Zeldin: «La esencia del ser humano es la imaginación»

El reconocido historiador británico y profesor de Oxford presenta su más reciente libro, «Los placeres ocultos de la vida»

El reconocido historiador británico y profesor de Oxford presenta su más reciente libro, «Los placeres ocultos de la vida»

Theodore Zeldin es un gran defensor de la conversación –le dedicó un libro, «Conversación» (Alianza Editorial, 1999)– y de la amistad entre hombres y mujeres: «Me casé con una mujer de la que había sido amigo durante diez años», dice. Se llama Deirdre Wilson y es una de las creadoras de la teoría de la relevancia, que estudia las complejidades de la comunicación. Zeldin y Wilson están casados desde 1975. Su más reciente libro, «Los placeres ocultos de la vida» (Plataforma), trata de nuevo algunos de los temas que le han obsesionado desde hace décadas, como el desempleo, el liderazgo, la insatisfacción con el orden de las cosas y la manera de afrontar la vejez. Los aborda desde las perspectivas de individuos de distintas épocas y regiones cuya vida es ejemplar en algún aspecto. Entre ellos, Sam Walton e Ingvar Kamprad, fundadores de Walmart e Ikea, respectivamente; el arquitecto Oscar Niemeyer; Hajj Sayyah, un viajero iraní del siglo XIX, y el matrimonio de Shen Fu y Chin Yu, en la China del siglo XVIII.

–¿Se entiende mejor la historia de la humanidad desde lo individual que desde lo colectivo?

–Hay tres maneras de ver a los humanos. Una es mirando al individuo, que es la forma moderna. Otra, enfocándose en lo colectivo: la religión, los partidos políticos, las razas, etc. Y yo he enfatizado en la idea de mirar el mundo en parejas. Me refiero a todo tipo de parejas, no sólo a los enamorados, sino a las parejas intelectuales, gente que intercambia ideas. Una de las más grandes revoluciones de nuestro tiempo es que ahora a las mujeres se las reconoce como personas que tienen ideas y son capaces de compartirlas y, por tanto, de dar una visión distinta del mundo. Esto es lo que he tratado de desarrollar en el libro. A mí me enseñaron a hablar las mujeres inteligentes. Siempre las he apreciado y me parece que el énfasis sobre la atracción sexual disminuye lo que podemos aprender de ellas. También siento que las mujeres han tomado caminos tradicionales para intentar obtener la liberación, como ellas la llaman, porque han usado los mismos métodos que los hombres: protestas, conseguir trabajos, etc. Pero el mundo no le sienta bien al hombre, ni tampoco a la mujer, por eso tenemos que inventar algo diferente. La esencia del ser humano es tener imaginación para decir: «Las cosas no tienen que ser como son ahora». Desde el principio de la civilización siempre ha habido quien diga: «No tiene que ser así, no tenemos que tener dictadores ni esclavos. ¿Cómo podemos hacerlo de otro modo?».

–Suele mencionar la imaginación en relación con la historia, ¿en qué coinciden ambos conceptos?

–La historia, como la enseñan en las escuelas, es sólo una crónica de hechos. Mi vida comenzó cuando, a los 25 años, fui invitado a escribir una historia de Francia. Pasé veinte años estudiando el país –para ello, fue positivo ser extranjero, porque no tenía ideas preconcebidas al respecto– y escribí, sin querer hacerlo, simplemente porque me pareció natural, sobre la complejidad de la vida en Francia. No escribí sobre sus reyes y reinas, sino sobre sus placeres, sus mujeres y sus niños, sobre el amor, el juego, los teatros, el crímen... Así surgió «La historia de las pasiones francesas». Algunos historiadores dicen que esto no es historia, porque no puedes aprobar exámenes si sabes sobre prostitutas, pero las prostitutas estaban allí, hay que saber a qué se dedicaban. Desarrollé una nueva manera de ver la historia que está diseñada para ir más allá de los hechos; tienes que conocerlos, pero están ahí para provocar la imaginación. La historia es una provocación: ¿Por qué son así las cosas?, ¿pueden cambiar? Así, la historia se convierte en una herramienta, en un rival de la economía, la política y la terapia, de aquella idea de que todos estamos enfermos de algún modo y necesitamos curarnos y medicarnos. ¿Por qué Freud no aparece en mi libro? Porque produjo una imagen triste de los seres humanos como prisioneros de sus defectos. Y, en particular, alentó a la gente a pensar en ellos mismos y a culpar a los demás de sus problemas. A mí me interesa lo opuesto: quiero saber sobre ti. No quiero sólo contestar tus preguntas, sino hacerte preguntas.

–¡Adelante!

–¿Por qué eres periodista?

–Porque me gusta contar historias.

–El periodismo es una de las profesiones más privilegiadas, en teoría, porque puedes llamar a cualquiera y ellos hablarán contigo. Desafortunadamente, si hablas con políticos, por ejemplo, seguramente no te dirán nada que no te quieran decir. Y luego está el factor del tiempo. Aquí estás, hablando conmigo durante treinta minutos y quieres que haga un resumen de mi vida en media hora. Mi libro es una manera de conversar contigo y que tú me hables de vuelta. Eso hace, invita a la gente a pensar y a que digan lo que piensan, por tanto, es una alternativa al sistema político. Ese sistema sólo está interesado en saber a qué partido votas, mientras que yo quiero saber tus complejidades. Quiero que me cuentes lo maravillosa que es tu vida y aquello que no lo es tanto. ¿Qué no es maravilloso de tu vida?

–Es difícil ser inmigrante...

–Eres una privilegiada porque te has liberado de la nación. Escribí un par de capítulos sobre las naciones en este libro. Tomé Dinamarca como un ejemplo del país más feliz del mundo. Pero la verdad es que ninguno de ellos soporta quedarse en Dinamarca porque es demasiado pequeño. Hay que ver el mundo, pero el mundo y las personas hacen que eso sea difícil; se esconden de ti.

–La comunicación también tiene un lugar importante en su libro, sobre todo entre hombres y mujeres...

–La cantidad de mujeres de tu edad que me han dicho que tienen dificultad con los hombres porque ellos no saben conversar... Puedo certificar que es así, porque las mujeres me enseñaron a hablar. Cuando estaba en Oxford, las mujeres más listas venían a hablar conmigo, no para coquetear, sino para conversar. Es algo muy raro que los hombres y las mujeres hablen de cosas interesantes. Éste es el gran desafío de nuestro tiempo, si podemos o no hacer uso del hecho de que las mujeres tienen ahora la libertad de hablar. Aunque sólo sea en algunas partes del mundo. ¿Ves todo lo que aún no hemos logrado?

–Muchas de las personas que aparecen en su libro pueden considerarse revolucionarios, en el sentido de que no estaban conformes con cómo eran las cosas y las querían cambiar, aunque sus intentos fueran fallidos. ¿Se considera un revolucionario?

–Pues dedico un capítulo a decir que no sirve de nada ser un revolucionario. Muy a menudo, las revoluciones no cambian nada. Mira el ejemplo de la Primavera Árabe: por unos meses hubo emoción, pensaban que habían solucionado sus problemas, y luego un nuevo dictador viene a reemplazar al dictador anterior y, a veces, es incluso peor. No puedes destruir ni hacer desaparecer el pasado, la gente tiene hábitos. Hago énfasis en que ninguno de nosotros vive en el presente, todos tenemos ideas que vienen del pasado y no podemos deshacernos de ellas. Ésa es una de las razones por las que tenemos dificultades para entendernos con los demás. Estas personas que están causando guerras en Medio Oriente viven en la Edad Media. Pensábamos que habían terminado las guerras religiosas, pero seguimos en la Edad Media. Ahora tenemos unos barones que son los dueños de medio mundo; pensamos que habíamos alcanzado la igualdad, pero no hemos logrado nada parecido. La historia está presente. No es algo que sólo hay que aprender en el colegio, sino que está en nuestras vidas. Por eso, cada vez que ves a alguien de una civilización distinta debes preguntarte de qué siglo viene.

–Hoy en día, el yoga y muchos otros movimientos enseñan a vivir en el presente, pero su libro más bien insiste en hablar y pensar el pasado para cambiar el futuro...

–He causado algo de protesta por parte de estas personas que te enseñan a vivir en el presente, a decir que estás feliz y a ser consciente y pensar sólo en tu respiración. Todas éstas son maneras muy útiles de calmarte, pero, una vez que te has calmado, ¿en qué vas a pensar? ¡No te dicen en qué pensar! De hecho, les da miedo pensar. Tuve una vez una experiencia muy interesante cuando los estudiantes de Oxford invitaron a una charla a uno de los grandes pioneros de la concienciación y la felicidad. Discutimos sobre el escenario durante un tiempo y, al final, me dijo que era la primera vez que conocía a alguien que no estaba de acuerdo con él. Lo segundo que me dijo fue que, aunque se ha dedicado a enseñarle a la gente cómo ser feliz, él mismo no lo es.

–En el libro pone el ejemplo, también contradictorio, de Francis Bacon. En su vida pública era un gran hombre, pero en privado era un desastre. ¿Cuál debe ser la relación entre lo íntimo y lo público de una persona?

–En tu vida privada tienes la oportunidad de ser completamente honesto. En público, tienes que pretender ser periodista, ser inteligente, tienes que decir las cosas correctas, etc. Y en algunos casos tienes que fingir mucho. Conozco muy bien a una mujer que acaba de divorciarse y que me contó que pasó su vida tratando de satisfacer a su esposo, por lo que nunca explicó realmente lo que ella sentía. ¡Qué desastre! Veinte años de vida perdidos. Si dices mentiras en lo privado, entonces no vale la pena lo que hagas en ese ámbito. Creo que, ahora, la vida privada es el único lugar en el que podemos descubrir a otras personas y aprender de ellas. Es el lugar donde somos aceptados a pesar de nuestros defectos y donde aprendemos a apreciar a los otros con todo y sus defectos. Por lo tanto, quiero que la vida privada se convierta en un modelo para la vida pública. Es algo muy dificil, porque todo es un teatro. Mi experiencia me lo dice. He estado con presidentes y ministros y es extraordinario ver cómo todos fingen que no son rivales, aunque se tratan de destruir mutuamente para alcanzar los más altos cargos. Cara a cara se llaman «querido amigo» el uno al otro, pero en cuanto salen de la habitación dicen todo lo contrario. Es aterrador. La señora Thatcher solía invitarme a comer y ella es una mujer muy femenina, muy agradable. A veces la oía en otra habitación gritando a la gente, pero al volver era todo sonrisas. Era una actriz.

–Ha dicho muchas veces que el desempleo es uno de los grandes problemas de nuestro tiempo. Su libro propone buscar otros modos de empleo que satisfagan la demanda, ¿cómo lo podemos hacer?

–A través de la experimentación. Tengo un programa llamado «El futuro del trabajo», y he investigado todas las ocupaciones. En cada una, la gente está insatisfecha hasta cierto punto. Por eso creo que cada ocupación debe llevar a cabo investigación y desarrollo para encontrar nuevas posibilidades, como hacen las farmaceuticas. La finalidad de esta investigación es descubrir cómo podemos hacer que el objetivo del trabajo sea la mejora del individuo, en vez de simplemente la producción de bienes. Es una idea completamente nueva. La mayoría de gente son esclavos a medio tiempo, por eso debemos experimentar. Eso es lo que quiero que haga esta generación, pues nadie lo va a hacer por ellos. Piensa en lo que quieres hacer con tu vida. Ése es el reto. Hay mil millones de personas buscando trabajo que van a tener que tomar puestos que no las satisfacen, ¡qué vida!