Tomeo, adiós al «cazador de leones»

Fallece con 80 años el autor de «Amado monstruo», un escritor que concibió la literatura a partir de su manera de ver la realidad

El escritor y dramaturgo aragonés Javier Tomeo ha fallecido hoy en el hospital Sagrado Corazón de Barcelona a los 80 años

Ayer murió en un hospital del Ensanche barcelonés uno de los innumerables hijos de Frank Kafka: un aragonés que llevó el absurdo cotidiano, el humor negro, a una ingente obra narrativa y que hace escasas fechas había alcanzado un hito editorial muy celebrado, la publicación de sus «Cuentos completos» por parte de Páginas de Espuma. Desde comienzos de mes se había comunicado que su salud pendía de un hilo, pues había contraído una infección tras someterse a una operación de varices. Tenía ochenta años, había nacido en la localidad oscense de Quicena, en 1932, y debutado como escritor en 1967 con la novela «El cazador», en la que una especie de trasunto del Gregorio Samsa de «La metamorfosis» kafkiana decidía permanecer encerrado para siempre en su habitación para evitar el trato con su madre.

La socarronería de Tomeo resultaba proverbial: de rostro circunspecto en apariencia, sosegado e inmutable, ocultaba una ironía sutil, una incomodidad de estar allá donde se encontrara que potenciaba su encanto como comunicador. Arrastraba el carácter de esos investigadores que buscan al asesino entre las pruebas del delito. No en vano, se había licenciado en Derecho y luego había realizado estudios de Criminología.

Psicología freudiana

A este respecto, en la presentación de los citados «cuentos completos» en Barcelona, Tomeo contó que se interesó en esta ciencia para conocer los aspectos más oscuros y contradictorios del hombre; aquellas cosas que queremos hacer pero no nos atrevemos, como decía evocando la psicología freudiana del yo, el ello y el superyó, que tenía muy presente. Él mismo describía al ser humano como un egoísta en busca de su supervivencia; de ahí que considerara que la gente no se comunica en verdad y que vivimos en «un régimen de colisión de derechos».

En los noventa, era desternillante verlo definirse como un «viudo de guerra» (por estar divorciado), en la misma década de su clímax como narrador: una veintena de obras le contemplaron en esos años, entre ellas «El gallitigre» (1990), sobre el fruto del amor de una gallina y un tigre, «El crimen del cine Oriente» (1995), «Los misterios de la ópera» (1997) y «Napoleón VII» (1999). Una trayectoria que multiplicó su dimensión popular gracias a sus adaptaciones teatrales, tanto en España como en Francia y Alemania. El origen de tal éxito residió en una primera versión para las tablas de «Amado monstruo» (1984) –protagonizada por su amigo José María Pou–, tal vez su novela más emblemática, donde se recrea una entrevista de trabajo en la que dos hombres conversan hasta destapar sus respectivas paranoias, y se extendería a «El castillo de la carta cifrada» (estrenada en 1993, en Colonia; una fábula sobre la imposibilidad de escribir y mandar cartas) y al tremebundo éxito de la adaptación, en el Odéon parisino, de «Diálogo en re mayor», en 1998.

Las sombras de Buñuel y Goya se proyectaron en un Tomeo a menudo calificado de marginal, extraño, que se posicionó en las antípodas del realismo social característico de la posguerra y que reconoció escribir a partir de «automatismos psíquicos», desde situaciones dramáticas que le hicieron convertirse en algo muy alejado de un escritor al uso. Y sin embargo, le llovieron los reconocimientos, en especial en su tierra: en 1971 recibió el premio de novela corta Ciudad de Barbastro por «El unicornio», en la que los espectadores de una obra de teatro iban siendo eliminados como en una novela policiaca, y obtendría el Premio Aragón de las Letras 1994 y la Medalla de Oro del Ayuntamiento de Zaragoza. Su universo literario, de una singularidad incuestionable, podía intuirse en los títulos tanto de sus libros de relatos: «Bestiario», «Zoopatías», «Cuentos perversos», como de sus novelas, caso de «La mirada de la muñeca hinchable» (2003), donde un individuo solitario dialoga con una mujer de plástico, o de «El cantante de boleros» (2005), en que otro hombre solitario habla también con su madre muerta. Porque el mundo no oye, la comunicación se vuelve absurda, y ya no oirá por siempre la voz sarcástica e imaginativa de Javier Tomeo.