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Mada, la última palabra de Matute

A la altura de la palabra «Mada», la Brother de Ana María Matute –nunca se hizo al ordenador y a lo más que llegó fue a jubilar la vieja Olivetti– se paró en seco. No había tiempo para más. O quizás todo había quedado dicho. «Mada», sólo «Mada». Todo buen lector es un espía encubierto y todo escritor, un mapa de sobreentendidos. ¿Quiso Matute decir más, mucho más, con esa sola palabra, con las 170 páginas del inacabado «Demonios familiares», su novela póstuma, editada por Destino? A juicio de quienes la trataron de cerca, «Mada» no es una palabra aleatoria y no es el único guiño de la escritora a su obra y su vida, a sus temas y obsesiones. Con «Demonios familiares», Matute quiso «cerrar el ciclo», abrochar su bibliografía, y así lo dejó sugerido.

«Mada» es el sobrenombre de la tata Magdalena en «Demonios familiares» y su figura, la de criada y cómplice, es una de las más arraigadas en la literatura de la autora y un guiño a su propia infancia. Más sutil aún, más simbólico –Matute gustaba de sugerir en vez de mostrar, «menos es más»–, es una autorreferencia a sus inicios literarios. En 1947, publicó en el semanario «Destino» su primer relato, «El chico de al lado». Tenía 20 años. «Estaba ilusionadísima; fue al quiosco y compró todos los ejemplares que pudo», recordaba ayer María Paz Ortuño, amiga y colaboradora, en la presentación del libro en el Instituto Cervantes. Más de 65 años después, Matute define a Berni, uno de los protagonistas de esta novela, como «el chico de al lado». Vida y obra, memoria y destino, encerrados en una obra inacabada pero no cojo. La muerte se la llevó el 25 de junio. Y a pesar de su perseverancia –escribía con vértigos insufribles y corregía sin apenas quejarse–, esta «fabuladora frenética» (así la definió Almudena Grandes) no tuvo tiempo de empaquetar este «regalo» póstumo para sus incondicionales.

«Demonios familiares» arranca en 1936, pero no es «otra maldita novela sobre la guerra civil» (le robamos la expresión a Isaac Rosa). Todo es parsimonioso y simbólico, como la voz cómplice y confesional de Eva, la protagonista. Tal vez ni siquiera el nombre sea casual, aventura Ortuño; tal vez Eva sea todas las mujeres o, al menos, todas las mujeres de Matute, esas adolescentes encerradas en una herida supurante, en la edad más vaga, ¿la más oscura? Eva, novicia, tiene que abandonar el convento al estallar la guerra; de vuelta a casa, reencuentra al Coronel, su padre, postrado en una silla, avinagrado y autoritario, la tata Magdalena, el oscuro Yago... y el amor, un amor prohibido. Pere Gimferrer se acuerda de Víctor Erice en el prólogo: «Demonios familiares» emparenta con «El espíritu de la colmena» y con «El Sur», filme intimista, inacabado pero redondo.

De la guerra le quedó a Matute un miedo cerval a los fuegos de artificio como a Gil de Biedma una «imposible propensión al mito». Pero esta novela va más allá de la recreación de ambientes. Es como si la autora, ante su último trabajo, quisiese entroncar con su generación, con aquellas mujeres extraordinarias de posguerra (Carmen Laforet, Mercé Rodoreda...) que se hacían al mundo literario, miradas con aprehensión por la censura. En cierto modo, Matute se contextualiza a sí misma y, tras su rutilante paso por la novela fantástica («Olvidado Rey Gudú», «Aranmanoth») vuelve al «pequeño mundo antiguo» de «Los hijos muertos» (1958) o «Primera memoria» (1959). En definitiva, vuelve a casa: a las librerías.