Cultura

¿Por qué la Humanidad inventó la música?

Todas las culturas del mundo, incluso las más aisladas, son musicales: ¿cuál es la razón? El filósofo Francis Wolff responde a esta pregunta en su nuevo libro

El filósofo y escritor Francis Wolff, autor de "¿Por qué la música?"
El filósofo y escritor Francis Wolff, autor de "¿Por qué la música?" FOTO: Enrique Cidoncha La Razón

Es un hecho antropológico: allí donde hay seres humanos, hay música. No se debe a un contagio cultural: las comunidades más aisladas tienen sus cantos, danzas y expresiones musicales propias. Los niños de todo el planeta agarran un palo y hacen sonar lo que tienen alrededor. ¿Qué nos dice esto de nosotros? ¿Cómo pueden los sonidos llegar a conmovernos? ¿Qué le pasa a nuestro cuerpo y a nuestra mente cuando perciben la música? Pero, sobre todo, ¿por qué la creamos? A estas preguntas se ha enfrentado el filósofo francés Francis Wolff, que fue oyente antes que pensador, en su libro «¿Por qué la música?» (Gong / El Paseo) y, obviamente, también se la hacemos nosotros. Pero al final.

Wolff propone un viaje fascinante que parte de la propia naturaleza humana y llega hasta las más altas cotas de pensamiento abstracto y que vamos a tratar de resumir aquí. Sin olvidar un impulso casi metafísico o religioso en la experiencia musical, algo que provoca como ninguna otra arte. «Una de las primeras respuestas a tantas preguntas es que el fenómeno sonoro, para el animal, ya es emocional. Si los animales tenemos oídos es para avisar de un acontecimiento: algo está pasando en el mundo. Hay motivo de intranquilidad, de peligro», explica el pensador. «De manera que la base de la música es el sonido, y la base del sonido es el acontecimiento, el suceso. Eso nos lleva directamente a la parte emocional de nuestra naturaleza, la que nos advierte de una inquietud. ¿Qué sucede? Que una vez que sabemos de dónde viene el sonido, y sabemos que no estamos amenazados, llega la distensión, la tranquilidad. Por eso, todo lo musical está basado en esta tensión y distensión que provocan los sonidos en nuestra naturaleza. De esa manera, la música parte con ventaja, porque el oído es emocional. La música genera aún más sentimientos porque se basa esa oposición», asegura el filósofo. La primera consecuencia de esto es que la música toma los sonidos y los convierte en algo ajenos a la naturaleza: no es el trueno, el gruñido o el estruendo. «Efectivamente. Ya no son una señal de acontecimiento, sino una secuencia autónoma que puedes escuchar por sí misma. El sonido pierde su función para ser una creación».

La música «es» el tiempo

De manera que, a diferencia de la pintura, que refleja el mundo de las cosas, lo que se puede ver y nombrar, la música refleja el mundo de los acontecimientos, los sucesos. Es decir, el mundo del verbo. Aunque, en realidad, la música es un lenguaje que no se puede nombrar. Se presenta un misterio: decimos que una música es alegre o es triste, pero ¿cómo es eso posible? Los sonidos son sonidos, no tienen una cualidad de por sí. «Eso es interesante y se debe a que existen varios tipos de emociones. Hay unas que son contingentes, es decir, que no tienen que ver con la música sino con tus recuerdos. Las canciones de nuestras madres, la música de aquel viaje en coche, ese amor romántico en una verbena o lo que sea. Algo ligado a cierta memoria. Esa no la vamos a tener en cuenta. Hay otro tipo de emoción: la que atribuimos a la propia música. Y es curioso, porque la música no “es” alegre, sino que lo juzgamos nosotros. Pero puedes decir que la música es alegre incluso cuando tú estás muy triste. Así que percibes esa cualidad, todo el mundo la siente. Si escuchas la marcha fúnebre, notas la pesadez, la tristeza», apunta Wolff. Por eso, parce un lenguaje sobrenatural, algo que habla sin palabras, que tiene un poderoso mensaje en el que uno cree sin fisuras.

Porque, como apunta Wolff en otro apasionante capítulo, la música «es» el tiempo. «Bueno, yo no creo que sean sinónimos –corrige–. Pero la música es la mejor manera de entender el tiempo. ¿Qué es el tiempo? Bueno, para hablar de ello, tienes que tener tres conceptos: permanencia, sucesión y simultaneidad». En eso consiste nuestra vida, al fin y al cabo. En algo que perdura, algo que cambia y diversas cosas sucediéndonos al mismo tiempo en nuestra existencia. «Pues en la música es igual: la permanencia es algo básico. Es la noción de tónica. Tú oyes el resto de notas de una composición en relación con la primera. La primera nota es la que te marca y para que la música tenga un sentido es necesario que la percibas siempre implícitamente. Ese es el principio de conservación. Sin eso, no puedes entender una composición como unida. Sucesión, por supuesto. Para que haya una melodía y un ritmo tiene que haber cambio. Y simultaneidad: esa la armonía. Cuando oyes un acorde, que está en toda la música, oyes varias notas. Así que los tres componentes del tiempo son los de cualquier música».

En su titánico proyecto por desentrañar el misterio de la música y nombrar lo innombrable, Wolff ha destinado 11 años de estudio. «El desafío era tener el mismo respeto por la diversidad de la experiencia musical que cualquiera pueda tener. Una riqueza que no se refiera solo a la música occidental o el jazz, por ejemplo. Buscaba el mismo respeto para cualquier música y cualquier estilo, porque todas tienen su emoción. Hay muchos libros sobre cierto tipo de experiencia musical, de la que hablan mucho y bien, y otros que son puramente especulativos, como Nietsche o Shopenhauer, que tratan de la melodía en general. Yo he intentado conceptualizar desde el mayor número de experiencias posibles». Así que, ¿lo mismo que se puede decir de Mozart o Beethoven se puede decir de los Rolling Stones, o del rock & roll? Es decir, ¿hay distinción filosófica entre la música culta y la popular? «No, en absoluto. Hay algo común a todas, que es lo que hace la experiencia del ‘’arte de los sonidos’'. Y desde ese punto de vista, es mucho más interesante la popular que la erudita porque es más sencilla. Analiza “Frere Jacques” (canción infantil popular francesa ya casi universal), por ejemplo. Yo la adoraba cuando tenía cuatro años y luego me cansé de ella, claro. Pero ahí puedes ver lo que hace que sea música completa. Está hecha para ello. Si por el contrario tomas diez compases de Beethoven, de acuerdo, es mucho más complicado, pero todos los elementos que están en la primera están en la segunda. Lo que contiene la composición infantil es la utilidad para entender el fenónemo: una secuencia de sonido. La noción de repetición, la de melodía... todo está en una canción infantil».

La gran pregunta: ¿para qué?

Al principio hemos prometido una pregunta: ¿para qué inventó la música el ser humano? «(Sonríe) Pienso que la base de su existencia entre los humanos es que queremos domesticar los acontecimientos, el caos y el azar. Sabemos que en realidad no es posible, pero sí imaginariamente. Porque la música es justo esa mezcla de lo previsible e imprevisible. Desde el momento en que el niño hace (da golpes en la mesa) un ritmo, está domando la imprevisibilidad del mundo. Descubre algo previsible porque él mismo lo crea. Es el domador de los acontecimientos. El ruido lo hago yo, y no el mundo absurdo que no entiendo. Igual que las imágenes, desde el Paleolítico, tiene como función dominar el mundo de las cosas fugitivas, los animales que hemos visto o esa mamá que fue a buscar comida. Por eso haces la imagen, para domar la ausencia de las cosas. Con la música intentas gobernar sobre los acontecimientos, sobre el caos». Por eso, a muchos, la música nos parece un superpoder.