Como el mal de altura

La Razón
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El miedo escénico es más habitual de cuanto pueda parecer. El bloqueo antes de una actuación es tan frecuente como el que muchos estudiantes padecen frente a un examen. Me viene a la memoria Montserrat Caballé por su reciente homenaje en el Teatro Real. Cuántas veces la hemos visto colocar las manos delante de su boca, con los brazos extendidos, como si fuese una diosa. Pues no, cuando las colocaba así era porque algo no funcionaba y tenía miedo. Son muchos los artistas que lo han padecido. Barbra Streisand se olvidó de la letra de una canción en 1967 y tardó años en volver a subirse a un escenario. En el mundo de la ópera han sido célebres por ello tres artistas: Neil Shicoff, Jaime Aragall y Franco Corelli. Los dos primeros no llegaron a realizar la gran carrera a la que estaban predestinados por la calidad su voz debido a este problema. Aragall perdió una de sus grandes oportunidades en Salzburgo en 1977. Estuvo estupendo en los ensayos de un «Trovador» que le había confiado nada menos que Karajan, pero antes de la primera se puso nervioso y abandonó la ciudad sin apenas dar una explicación. Su carrera, que con la belleza de su voz pudo haber alcanzado cotas inimaginables, empezó a declinar a partir de entonces. Franco Bonisolli, que tenía todo menos miedo escénico, le sustituyó. Caería en lo escatológico si llegase a contar lo que le sucedió al tenor en una «Manon» con Jeanette Pilou. Ella apenas pudo seguir cantando de un ataque de risa tras el olor que sintió al empezar uno de sus dúos.

El debut de Plácido Domingo en el Met se debió a un miedo escénico de Franco Corelli minutos antes de tener que salir al escenario a cantar «Adriana Lecouvreur» en 1968 junto a Renata Tebaldi. Tuve la suerte de vivir de primera mano una de sus habituales crisis en Verona en 1975. Me hallaba yo cenando en el apartamento de Pedro Lavirgen, que también cantaba en aquel verano. Poco antes de las nueve sonó el teléfono. Cuál no sería la extrañeza al ver que nuestro tenor respondía a alguien cantándole las palabras iniciales de Calaf en «Turandot»: «Padre, mio padre...». Al colgar nos lo explicó. La llamada era de Corelli, quien se había olvidado de cómo empezaba su intervención y le pedía a Lavirgen que se lo recordara.

En fin, no debemos olvidar que la gran María Callas se retiró porque no era capaz de salir a un escenario pensando en todo lo que el público podía exigir a una persona de su categoría. Ese «¿Estaré a la altura?» no abandona nunca a los artistas consagrados y cuanto más arriba están, más sienten el mal de altura.