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Notre Dame ha estado en el corazón del devenir francés y europeo desde el siglo XII

  • Notre Dame ha estado en el corazón del devenir francés y europeo desde el siglo XII

Tiempo de lectura 4 min.

17 de abril de 2019. 15:52h

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Francisco Bocanegra, arquitecto y museógrafo.  16/4/2019

El Lunes Santo de 2019 ha quedado marcado como una efeméride funesta. Si la historia atraviesa Francia mediante hitos premonitorios, con el incendio de Notre-Dame de Paris ha querido señalar una nueva clase de catástrofe global, retransmitida en directo ante el estupor y la aflicción de millones de personas.

El templo -icono de la Cristiandad y la cultura occidental, Patrimonio de la Humanidad- no ha sido completamente destruido gracias a la eficaz intervención de las autoridades. Resta el consuelo de que, por fortuna, no ha habido víctimas.

Resulta difícil exagerar la trascendencia del hecho porque se trata no solamente de una pérdida irremplazable para un monumento de gran valor histórico y artístico, sino porque nos adentramos plenamente en el dominio de lo simbólico, cruelmente desgarrado cuando la célebre aguja decimonónica de Viollet-le Duc, envuelta en llamas, se desplomaba sobre la cubierta de la iglesia.

Notre Dame, en este aspecto, alcanza una relevancia con muy pocos pares. Ha estado en el corazón del devenir francés y europeo desde el siglo XII. En ella se depositó la corona de espinas, una de las reliquias más veneradas de Cristo, durante siglos custodiada en Constantinopla. Durante la Revolución fue desecrada y vandalizada. Según narra Laure Junot, duquesa de Abrantes, la diosa Razón, encarnada por una semidesnuda bailarina de la ópera, recibió en su altar mayor los homenajes de la plebe en 1793. En el siglo XIX Víctor Hugo la rescató al dignificarla en su famosa novela y escapó indemne de la Comuna de 1871. En 1944, De Gaulle, atribuyéndose la representación de la República, rechazó la investidura en el Hotel de Ville y presidió como Jefe de Estado un Te Deum entre sus muros el día siguiente de la liberación de la ciudad. Hoy día, es seguramente el monumento más visitado de Europa por los turistas.

La catedral gótica ha sufrido múltiples avatares e intervenciones en su cuerpo físico; su significado hunde profundamente sus raíces en el patrimonio cultural de Francia y del mundo ya sea por la fe, las artes plásticas, la literatura, la música, la filosofía. Por eso la gente anoche rezaba de rodillas en las calles para implorar su salvación o seguía con ansiedad las noticias. Cualquier polémica sobre sus valores en relación a otros monumentos, además de estériles e improcedentes, es extemporánea. La arquitectura tiene la facultad de servir como receptáculo de la experiencia cultural del hombre.

El balance de la tragedia se va conociendo. Según Le Figaro, las primeras estimaciones hablan de hasta un diez por ciento de sus obras desaparecidas para siempre, como algunos de los grandes cuadros ofrecidos por el gremio de los orfebres durante el siglo XVII. Se han salvado el tesoro con reliquias como la mencionada corona de espinas y la túnica de San Luis, así como el gran órgano, aunque preocupa el estado de sus tubos de estaño y plomo. Las maravillosas vidrieras, sobre las que la intensidad del calor puede haber causado estragos, aún permanecen en las fachadas y las dieciséis estatuas de cobre que adornaban la aguja casualmente, habían sido retiradas para su restauración días antes.

La integridad de la estructura del edificio suscita preocupación. Hubo un momento en el que se temió por su mera supervivencia, cuando las llamas amenazaron la fachada principal, el gran rosetón y las dos torres. Los muros y parte de las bóvedas de piedra, a pesar del calor y desplome de la armadura de madera, han resistido, mas un estudio técnico revelará su verdadero estado.

El completo desplome físico se ha evitado. Ahora hay que evitar el simbólico. La lección tal vez sea que hoy más que nunca, en este tiempo de angustiosas incertidumbres, el destino de este emblema único debe inducirnos a una reflexión sobre los valores de nuestra civilización, nuestras tradiciones y las innovaciones necesarias, nuestra identidad y los retos de cara al futuro.

Francisco Bocanegra, arquitecto y museógrafo

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