Ojalá hubiese muchos Mingote

Para Mingote, «Madrid era como esas chicas no demasiado agraciadas pero tan atractivas que te enganchan»

Antonio Mingote dibujaba así a un par de chicas, una morena y otra rubia, hijas del pueblo de Madrid
Antonio Mingote dibujaba así a un par de chicas, una morena y otra rubia, hijas del pueblo de Madrid

Para Mingote, «Madrid era como esas chicas no demasiado agraciadas pero tan atractivas que te enganchan»

Para Mingote, «Madrid era como esas chicas no demasiado agraciadas pero tan atractivas que te enganchan». Y a él, que había nacido en Sitges, le enganchó. En la capital, a donde llegó en 1945 tras pasar por Daroca y Teruel asentó sus reales y paseó sin descanso por sus calles. Le gustaba gastar la suela por el centro, recorrerse Chamberí y pasear de manera casi infatigable por El Retiro, de ahí que le dieran hasta un bastón de mando como alcalde honorífico del real jardín. El bastón, junto a sus dibujos, bocetos, carteles siempre con Madrid en el punto de mira, se exponen ahora hasta el mes de octubre en el Museo Municipal de Historia de Madrid.

Todos ellos formaron parte del libro «Historia de Madrid: desde la prehistoria a la muerte de Cervantes». Y por sus páginas desfilan tanto las costumbres de la villa como su economía, su literatura o su teatro. Hasta nos recuerda que el Manzanares era un río, en aquellos pretéritos siglos, caudaloso en el que uno podía llegar a ahogarse y los elefantes, sí, los elefantes, se aligeraban el calor estival en sus aguas. Tan serio como parecía en la distancia corta, tan parco de palabras, con las justas siempre, tenía el ingenio en la punta del lápiz. Menuda mina. Ayer su viuda, que sigue estando siempre tan cerca de él, recordaba algunas frases de antología, como que «uno es del lugar donde hace el Bachillerato y tiene la primera novia». En su caso, Teruel.

Don Antonio dibujó cada día la realidad de una España en estado cambiante que hoy, quizá, le costaría reconocer. ¿Qué diría de estos políticos, incapaces de sentarse juntos a una misma mesa para hablar del futuro inmediato, común y conjunto? Azules, rojos, naranjas, morados, verdes... «Sería maravilloso que hubiese muchos Mingotes para unir a los políticos», recordaba su viuda, la «adjunta», como él la rebautizó, Isabel Vigiola. Fue un periodista gráfico de altos vuelos que anidó en «La Codorniz», una revista que ha hecho historia, de esas que se estudian en las facultades de Periodismo y que ha quedado como un clásico, tanto que hasta sus ejemplares se han expuesto en el Reina Sofía, que es lo menos clásico que uno puede toparse en cuanto a centro de arte, no diremos museo. Menuda generación la suya, don Antonio, haciendo amistad con Tono, Mihura, Gila, Enrique Herreros, Azcona. Y fundó, en la capital también, otra publicación de humor satírico con nombre de señor distinguido, «Don José», de la que fue director.

Madrid fue un punto y aparte en el universo de Mingote, tanto que vistió con sus dibujos la Puerta de Alcalá, la fuente de Neptuno o los balcones y el relojero de la calle de la Sal, sin olvidarnos de la diosa Cibeles. Reflejó el bullicio y el gentío de la Fuente y la Plaza de la Cebada a principios del siglo XVII e inmortalizó a una morena y una rubia, hijas del pueblo de Madrid, con el cántaro en la cabeza y los pechos al aire mientras las observaban unos madrileños castizos con sucintos taparrabos. Una parte de la historia de la capital salida de la pluma de un maestro.