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«OT»: ¿talento o espectáculo?

El «reality» vuelve a ser un fenómeno televisivo gracias a un cambio de modelo: concursantes cortados por otro patrón, la incorporación de Guille Milkyway y sobre todo las redes sociales han devuelto actualidad a un programa que vuelve a enfrentar a «elitistas y borregos».

  • Amaia, una de las favoritas de la edición de 2018
    Amaia, una de las favoritas de la edición de 2018

Tiempo de lectura 8 min.

21 de enero de 2018. 23:02h

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21/1/2018

Qué difícil es opinar de «Operación Triunfo» sin pedir plaza en una trinchera. El «reality show» que marcó una época en el negocio musical nacional y que languideció para desaparecer durante 6 temporadas, ha regresado a Televisión Española convertido en un fenómeno televisivo en un tiempo en el que cada vez menos gente ve televisión. Su repercusión recuerda a los tiempos de gloria del formato y su estruendo en las redes sociales es, claro, inédito si nos atenemos a los recuerdos de Bustamante y Rosa. Durante los años posteriores al fenómeno, el asunto de los triunfitos se convirtió en amarga queja de los músicos «serios o de carrera» que, al comienzo del siglo vieron la llegada de una avalancha de nuevos artistas a los que miraban con desdén y con algo de miedo: muchos de los surgidos de la academia ya tenían un disco prefabricado para colocar en el mercado (es un hecho que los supervivientes de esa edición siguen sin escribir sus canciones) y, lo que aún les preocupaba más, llegaban competidores por la atención mediática y el dinero público de las fiestas patronales. ¿Qué ha cambiado para el resurgir del programa? ¿Qué futuro les espera a los concursantes de esta edición? Vamos a ello, pero pueden apostar una cosa: tras semejante revuelo, algunos de los concursantes de este año tendrán una oportunidad en el mercado discográfico. Veremos si serán manutenorios o davidbisbales. O quizá algo más. Si quieren tener opinión, hoy se emite la penúltima gala.

¿Carcas o borregos?

Al respecto de la calidad del programa, las posiciones no pueden estar más enconadas. «‘‘OT’’ nos muestra qué le gusta de la música a la gente a la que no le gusta la música», tuiteaba Antonio Luque (Sr. Chinarro) acerca del programa justo antes de recibir réplicas sobre «el enésimo tuit en el que alguien se cree con la autoridad de establecer cánones y decidir qué es y qué no es música». De inmediato, uno de los profesores de la academia, el actor y director Javier Calvo, replicaba: «Porque al único al que le gusta la música es a ti porque tú sabes bien qué es la música porque tú eres músico porque tú tú tú, ¿verdad?», escribía. Luque, prudente ante un tema que desata pasiones similares al «procés», pasó a otras cosas. Sin embargo, en la trinchera de Twitter todos los ángulos del asunto se enfrentan con el absoluto, se asoman a la lucha ontológica sobre el profundo ser de la música: ¿quién decide qué es y qué otra cosa es pantomima? ¿y la calidad? ¿alguien reparte carnés de músico? ¿puede escucharse a John Coltrane y disfrutar con Amaia haciendo una versión al piano de «Mala mujer» de C. Tangana? El debate pronto se extendió a la supuesta incultura musical de los aficionados al programa y a los propios concursantes, y las posiciones en la red apenas admiten equidistancias. La situación: carca y elitista cultural versus borregos saciados de corchopán musical.

El propio programa se mueve en esa tensión no resuelta de ser un «reality» de hormonas encerradas y chorrazo de voz frente a su aspiración de convertirse en un producto cultural. La mejor prueba de esa ecuación sin despejar es la aparición este año de Guille Milkyway, productor y músico en La Casa Azul, que es una de las mejores ideas de esta temporada y que, lamentablemente, ha quedado reducido a apariciones anecdóticas y al canal de YouTube. Sin embargo, las clases de «cultura musical» de Milkyway abordaban este asunto de frente mucho antes de saber si el programa sería un fiasco o un fenómeno. «Odio la expresión de placer culpable ¿Me tengo que sentir mal porque me guste algo?», comentaba el catalán, al quien la melomanía no se le puede discutir, cuando recordaba su inclinación tanto por Hombres G como por Julio Iglesias. En sus atípicas lecciones (ante una audiencia entre soñolienta y extrañada vestida con mallas de gimnasia), Milkyway atacaba el terreno de «lo sagrado» musical y animaba a los triunfitos a meterse de lleno en Bowie, a pesar de que alguna de las participantes «no le ponía ni cara», para vergüenza ajena. «Tener cultura musical no es necesario para tener criterio. El criterio es saber lo que te gusta. La cultura musical tampoco es importante para tener éxito. Finalmente, también puedes no haber escuchado nada de música en tu vida y tener un enorme talento talento», les decía en su primera lección magistral de antierudición.

Como espacio televisivo, el formato mantiene intactas sus virtudes, mejoradas con el oportuno barbecho. Y es que en España nos encantan los karaokes. «La voz» o «Tu cara me suena» son dos ejemplos de la pasión de la audiencia por estos programas donde lo que cuenta es una interpretación visceral y en los que invariablemente un jurado levanta el pulgar ante las cualidades de fonación, timbre y tono como si tuvieran dentro un crítico de música clásica. Un modelo discutible por muchas razones: porque es «exitista», porque es un tanto absurdo puntuar interpretaciones y porque se convierte en una competición que no tiene nada que ver con la creación. Pero es que, si no, no hay concurso. En cuanto a los temas elegidos, tampoco hay mucho fallo: son clásicos contemporáneos o hits internacionales. Ahora bien, en la edición de este año, varias cosas han cambiado. Primero, el casting. En 2017 hay otro tipo de concursantes que no parecen sacados de la cantera de Cadena Dial como los de aquella primera edición. Amaia, la ganadora in péctore, destaca notablemente. Se relacionan y se expresan de otra manera, son más modernos, diversos y valientes, y gracias a eso se emitió un beso entre homosexuales en «prime time». También se ha perdido cierta inocencia. La edad media de los concursantes es menor, pero están más avisados. En segundo lugar, otro cambio: los profesores. De Milkyway ya hemos hablado. Pero los otros grandes protagonistas son Javier Calvo y Javier Ambrossi, responsables de obras atípicas como «La llamada» y «Paquita Salas», creadores de un lenguaje propio, es decir, que «los javis» no son Ángel Llácer y Nina, irritantes «coaches» de la primera edición.

Consejos prácticos

Milkyway animaba a los concursantes: «El conocimiento os dará herramientas para ser creíbles. Yo pienso que para ser creíble no hay que justificarse sino hacer lo que se quiere con profesionalidad, pero tal y como están las cosas y con lo expuestos que estáis, es un arma infalible tener referentes y saber técnicamente de las cosas. No debería ser así, pero la historia nos demuestra que os hará falta credibilidad». Si os gusta cantar reguetón y cuando os pregunten, citáis a Cole Porter, os mirarán diferente», les dijo el músico antes de introducirles a una hipotética reunión junto a los capos de una discográfica multinacional. Sin embargo, un artista no se hace en una temporada y no ha sido el caso en «OT», y mucho menos con 20 años de media, pero de eso va un «talent show». El autor de «La revolución sexual» lanzaba mensajes (un poco) en el desierto: «Saber cosas os hará felices». Vean en YouTube sus clases de una hora en las que pasa de los Four Seasons a Frank Sinatra, del doo wap a la música disco, y, sobre todo, anima a los chicos a escuchar discos a través de su narración.

Grandes audiencias también en Youtube

¿Habría muchos músicos de los autodenominados «serios» dispuestos a enseñar algo a chavales en antena? ¿Se habría hundido la audiencia del programa si hubiera discurrido por estos derroteros de pedagogía musical? «OT» ha apostado, y como espectáculo televisivo seguramente será una decisión acertada, por centrarse en las peripecias humanas y las destrezas fonadoras más que en las lecciones de historia. Los datos de audiencia no pueden ser más claros: en su gala del lunes 15 de enero, obtuvo una cuota de pantalla no vista en programas no futbolísticos: un 19,5 por ciento, a lo que hay que añadir unos resultados cada vez más importantes para las cadenas: los 255.000 seguidores en su canal de YouTube y más de 215 millones de visualizaciones. Si en el mundo solo existiera «Operación Triunfo» tendríamos un grave problema. Pero que nadie se alarme, porque hay tanto o más talento que en la academia de la tele en las escuelas de música creativa y en locales de ensayo. Sin ninguna duda, existe mucho más esfuerzo en los conservatorios que en el programa. Eso sí, oportunidades para ellos más bien pocas. La vida es una carrera sin reglas. Bueno, hay una sola norma, la del mercado. También hay un gran enigma al respecto de la cultura. ¿Por qué algo que creamos para liberarnos nos ha vuelto tan dogmáticos? ¿Por qué la música, hija predilecta de la improvisación, establece estas ortodoxias? Porque para unos y para otros la música debe ser importante.

Por un modelo musical en la televisión pública

Debates al margen sobre la calidad o trascendencia de un programa como «Operación Triunfo», lo que sí merece la pena cuestionarse es su papel en una televisión pública y la política de TVE con respecto a la música. La 2 emite el excelente «Cachitos de hierro y de cromo», un espacio de nostalgia en el que las imágenes de archivo lo son todo. Es un corta y pega pero también un dinámico y valioso documento. Cada emisión celebra el papel de TVE como el registro de la historia musical de nuestro país. Sin embargo, cuando dentro de medio siglo la cadena pública quiera hacer un programa acerca de cómo fue la escena a comienzos del siglo XXI, sencillamente no podrán. Porque, exceptuando los Conciertos de Radio 3, emitidos a horas intempestivas y con una realización y decorado más bien austeros, la cadena pública del futuro no podrá hacer un programa con un mínimo de gusto en el que las actuaciones se sucedan. La campaña «Por un programa de música de calidad en la Televisión Pública» lleva ya más de 18.000 firmas en Change.org.

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