Historia

¿Quién fue la última víctima de la Inquisición?

«Tampoco» (1810-1814), aguafuerte de la colección de Francisco de Goya «Desastres de la guerra»
«Tampoco» (1810-1814), aguafuerte de la colección de Francisco de Goya «Desastres de la guerra»

El mismo rey que confinó sin juicio previo a fray Juan de Almaraz, confesor de su madre, la reina María Luisa de Parma, en una miserable mazmorra del Castillo de Peñíscola (Castellón), como ya vimos en otro enigma, permitió que se ejecutase en España al maestro de escuela catalán Cayetano Ripoll, convertido así en la última víctima de la Junta de Fe de la diócesis de Valencia por un delito de herejía.

Aludimos, claro está, al peor monarca de los Borbones españoles, Fernando VII, a quien algunos autores contemporáneos llegaron a comparar con otros personajes no menos «ilustres» de la historia universal, como los emperadores romanos Tiberio, Nerón, Calígula y Domiciano, el mariscal francés Giles de Retz y otros célebres ejemplos de locura sádica.

Baste una sola pincelada sobre la catadura moral de este rey felón: mientras millares de españoles teñían con su sangre los campos de batalla durante la invasión francesa, Fernando VII se postraba de hinojos ante Napoleón desde su prisión de Valençay, despidiéndose de él en una carta del 6 de agosto de 1809 como «el más humilde y ferviente seguro servidor».

Sin piedad

Pero volvamos al protagonista de nuestro nuevo enigma: el infortunado Cayetano Ripoll (1778-1826), ejecutado sin la menor piedad, como enseguida veremos, el 31 de julio de 1826 no por la Inquisición, que no había sido restablecida por Fernando VII, sino por la Junta de Fe de la diócesis de Valencia. Advirtamos que la última víctima de la Inquisición fue en realidad la religiosa invidente María de los Dolores López, con un hermano sacerdote y una hermana carmelita descalza, ajusticiada al garrote vil y quemada luego en la hoguera y esparcidas sus cenizas el 24 de agosto de 1781 en Sevilla. Previamente, se necesitaron tres personas para leer las casi 160 hojas de la sentencia, desde las nueve de la mañana hasta la una de la tarde.

Cayetano Ripoll, por su parte, había abandonado en la madurez su temperamento religioso y reflexivo, convirtiéndose en un gran heterodoxo. Luchador valeroso en la Guerra de la Independencia, fue hecho prisionero por las tropas de Napoleón y enviado a Francia, donde padeció un largo cautiverio. Su estancia allí dio un giro copernicano a sus creencias, en estrecho contacto con las corrientes adversas a la religión católica. Ripoll se adhirió así al deísmo naturalista de Rousseau, de quien se declaró enseguida un admirador entusiasta.

Cumplida su condena, regresó a España para ejercer finalmente como maestro de escuela en la Huerta de Ruzafa, donde exhibió sin recato sus creencias deístas, renegando del ideario católico. Como era de esperar, en junio de 1824 se le acusó de ser enemigo del catolicismo. La autoridad eclesiástica de Valencia, carente de prelado por la muerte reciente de fray Veremundo Arias Tejeiro, se hallaba entonces en manos del gobernador de la mitra, Miguel Toranzo y Ceballos. Todos los intentos de retractación resultaron vanos con el terco acusado. Llevado ante la Junta de Fe, que actuaba a modo de sucedáneo del Santo Oficio, Ripoll persistió en su herejía y fue secularizado de inmediato.

Final lapidario

El nuevo arzobispo de Valencia, Simón López García (1824-1831), ordenó, en marzo de 1826, el envío de los autos a la Sala del Crimen de la capital del Turia para revisarlos con la misma minuciosidad con que los jueces eclesiásticos lo habían hecho en una primera instancia.

Finalmente, el fallo de la Sala del Crimen fue tan terrible como lapidario. Decía así: «Que debe condenar a Cayetano Ripoll en la pena de horca, y en la de ser quemado como hereje pertinaz y acabado, y en la confiscación de todos los bienes; que la quema podrá figurarse pintando varias llamas en un cubo, que podrá colocarse por manos del ejecutor bajo el patíbulo, ínterin permanezca en él el cuerpo del reo, y colocarlo después de sofocarlo en el mismo, conduciéndose de este modo y enterrándose en lugar profano; y por cuanto se halla fuera de la comunión de la Iglesia católica, no es necesario que se le den los tres días de preparación acostumbrados, sino bastará se ejecute dentro de las veinticuatro horas, y menos los auxilios religiosos y demás diligencias que se acostumbran entre cristianos».

Sabemos por Gaspar Bono Serrano, que presenció la ejecución de Ripoll y brindó luego su testimonio a la posteridad en su libro «Miscelánea Religiosa, Política y Literaria» (Madrid, 1870), que las postreras palabras del reo fueron éstas: «Creo en Dios». La ejecución de Ripoll provocó un escándalo internacional, pero en España la censura impuso casi un sepulcral silencio.

Raíces del Santo Oficio

Para entender el controvertido asunto del Santo Oficio es preciso remontarse a su implantación en Castilla. Sólo así comprobará el lector que su nacimiento no fue un invento de los Reyes Católicos. En tiempos del rey Juan II de Castilla, en 1442, tuvo ya la Inquisición una intervención firme en un caso de herejía. Sucedió en Durango, donde aparecieron los primeros brotes de un movimiento herético. El promotor y jefe de esta corriente herética era el fraile franciscano Alfonso de Mella, quien al enterarse de la apertura del proceso logró fugarse a Granada. El obispo de Santo Domingo de la Calzada llevó a cabo el proceso y condenó como herejes a los acusados. Certificada la autenticidad del procedimiento, el monarca ordenó que se les aplicase la pena capital: unos fueron quemados en Durango; otros, en Santo Domingo de la Calzada, y un tercer grupo, en Valladolid, donde residía la corte.

@JMZavalaOficial