Teatro

«Sopa recalentada»... pero de Puccini

La Orquesta de RTVE arranca su temporada de abono con una luminosa representación de "Edgar", la ópera maldita -literalmente- del compositor toscano.

Puccini en la época del estreno de «Edgar»
Puccini en la época del estreno de «Edgar»

La Orquesta de RTVE arranca su temporada de abono con una luminosa representación de "Edgar", la ópera maldita -literalmente- del compositor toscano.

Puccini odió hasta el final de sus días su segunda ópera, «Edgar». Llegó a definirla cruelmente como una «criatura deforme» y un «organismo defectuoso». Estrenada en La Scala en 1889 -con tibio y efímero éxito- el compositor italiano la reescribió al menos tres veces hasta que, en 1905, se dio por vencido y colgó a su obra un último epíteto: «sopa recalentada, basura inverosimil». Esta ópera -literalmente maldita por su propio padre y raramente interpretada actualmente-, ha sido la escogida por Miguel Ángel Gómez Martínez, director titular de la Orchesta de Radio Televisión Española, para inaugurar la temporada de abono 2016/2017.

Los espectadores que, desafiando los exagerados pronunciamientos del propio compositor, poblaron el Teatro Monumental de Madrid la noche del estreno pudieron disfrutar de una vibrante interpretación de esta obra que, injustamente preterida, reúne páginas verdaderamente memorables. Este Puccini recién llegado a la fiesta, con apenas 26 años, demostra una seguridad asombrosa y una maestría técnica en la que se puede intuir ya el genio de quien fuera reconocido unánimemente como el más digno de los sucesores de Verdi.

Argumento

Fidelia espera ansiosa a que su amado Edgar despierte. Cuanto éste lo hace, le regala una rama de almendro cuajada de flores que acaba de cortar. La meliflua Fidelia, sin embargo, huye asustada pronto al hacer su entrada la voraz Tigrana, un antiguo amor de Edgar que trata de seducirle para que retome junto ella la vida de sensualidad y depravación que tan feliz le hizo antaño. Concretamente, Tigrana le tienta para que se abandone al «desio febril d'orgia e di gioco (...) di vicio e d'or». Pero nuestro héroe le hace callar - «Demonio!... Taci!»- y afirma estar hastiado tanto de las orgías como del juego, el vicio y oro. Ahora ama a la lánguida y pura Fidelia. Frank, cuarto vértice amoroso del drama, hace su entrada y se encara, celoso, con Tigrana, que le desprecia con una frase que no tiene desperdicio: «Mi dà noia il tuo amor», significando noia en este caso más fastidio que aburrimiento. El libreto está plagado de versos análogos, deliciosas e inquietantes paisajes interiores de la naturaleza femenina (tal y como era comprendida a finales del XIX, por supuesto). El más inolvidable de ellos -una auténtica perla de sabiduría- será citado con el cuidado que merece más adelante. Sea como fuera, Tigrana no sólo desdeña cruelmente al desconsolado Frank sino que se mofa dolorosamente de los rezos de los campesinos del lugar. Éstos, heridos en su piedad, deciden castigarla con penosa muerte en ese mismo instante, crimen que finalmente no se consuma por la intervención de Edgar, que la salva y decide irse con ella. A continuación quema su casa y hiere a Frank, que había intentado impedir la huida de la pecadora pareja.

El segundo acto arranca con Edgar hastiado, tras meses de desenfreno, de sus propios excesos: «¡Orgía, quimera de ojos vítreos!», se lamenta. Tigrana, pérfida tentatriz, intenta convencerle de que su amor por Fidelia es vano y que sus destinos están unidos para siempre y es inútil luchar contra el destino, etc. «Escondes en tu pecho, demonio, todos los venenos», es la respuesta de Edgar a sus argumentos. «Mio serás o de la muerte», grita la bella harpía cuando su amante escapa de ella y de sus astutas seducciones enrolándose en una compañía de soldados comandada por Frank, con quien hace las paces.

El tercer acto comienza con el presentimiento claro de que todo va a acabar rematadamente mal. Se acerca el cortejo fúnebre de Edgar, muerto en una lejana batalla. La procesión de soldados canta las glorias del caído pero un extraño monje, a quien Edgar confesó sus miserias poco antes de morir, desvela que era en realidad, lejos de ser un patriota, era un sujeto falaz y depravado. Sólo Fidelia defiende la memoria de quien fuera su amado. Tigrana entra en escena y se encoleriza cuando comprueba que nadie se percata de su dolor por la muerte de su compañero de orgías. El monje le tienta con un collar de oro para que difame al difunto Edgar ante el populacho, que quiere destrozar su cadáver. Tigrana duda pero finalmente el oro vence y confirma las mentiras del monje. Los soldados se abalanzan sobre el cuerpo de Edgar y... ¡descubren que es una armadura vacía! El monje da un paso al frente y descubre que él es Edgar y que se queda con la fiel Fidelia, la única que creyó en su bondad a pesar de todo. Pero la Tigrana, ciega de celos y fiel a su carácter vengativo y maligno, apuñala a su rival. Por la espalda. Fidelia cae. Edgar llora. Tigrana es prendida por los soldados. Cae el trelón.

«Injustamente tratada»

Horas antes del estreno, el maestro Gómez Martínez, explicaba de esta manera el por qué de su insólita elección: «La orquesta ha tocado muy poca ópera y necesita la flexibilidad que ésta aporta. Edgar era idónea precisamente porque se representa muy poco y, de esta manera, no se entraba en competencia con otros teatros». Fernando Fontana, autor del libretto de «Edgar», es usualmente el blanco de las iras de la interminable procesión de detractores de esta ópera. Gómez Martínez señala también en esa dirección: «Es por el argumento. Es verdad que es una obra de juventud, pero es una música de un valor extraordinario, tratada injustamente incluso por el propio Puccini, aunque es verdad que odiaba más “La Rondine” que “Edgar”».

Sería ilógico intentar vestir las desnudeces e imposibilidades del libreto. Efectivamente roza el absurdo que de repente Edgar queme su propia casa al final del primer acto, como también resulta implausible que nadie se haya percatado de que la armadura está vacía... pero, ¿es más lógico pedir al argumento de un drama lírico la exactitud de un teorema? Da la sensación de que lo que importaba no era que el drama funcionara impecablemente como la maquinaria de un reloj suizo, sino que funcionara a toda cosa, aunque fuera de manera caótica, como las virutas de cristal en un caleidoscopio. No se pierda de vista que el mismo Puccini que luego difamó su obra con rabia la había previamente considerado digna de estrenarse en La Scala jugandose su incipiente carrera.

Y, como la representación en el Monumental demostró, la partitura de Puccini (y el libreto de Fontana) están llena de momentos sencillamente inolvidables. El «falso requiem» con el que comienza el segundo acto merece una mención especial en este sentido. Este momento es una invaluable perla secreta en la obra de Puccini, capaz de redimir toda la ópera incluso si fuera tan lamentable como su impulsivo compositor creía. Puccini era hijo, nieto y bisnieto de músicos de iglesia en Lucca. No sorprende que se eligiera esta música -solemne, dulce- para el funeral del propio Puccini tras su espantosa muerte en Bruselas. Viajar con la imaginación a la escena de su sepelio, con su amigo Arturo Toscanini a la batuta interpretando.

Finalmente, es de justicia reseñar en detalle la imaginativa, seductora y vibrante interpretación de Inés Moraleda, que accedió a interpretar a la blasfema Tigrana sin apenas poder preparar el papel después de que la mezzosoprano prevista cancelara. Era conocido por todos, claro está, que habría tenido días, sino horas, para aprenderse el papel de esta ignota obra de Puccini, circunstancia que contribuyo finalmente, al menos en nuestro caso, a hacer toda la experiencia memorable. Un momento que será difícil de borrar del recuerdo: la entrada en el escenario, partitura en mano, de Tigrana en mitad del acto tercero ("Voglio passar!"). Moraleda, en el umbral mismo de la escena, duda del momento exacto y desde el podio, con una sonrisa cómplice, el maestro Gómez Martínez, asiente levente.

Inaugurada con «Edgar» la temporada será clausurada por «Le Villi», la primera de las óperas de Puccini. Entre una y otra cita, la vuelta, casi treinta años después, de Miguel Ángel Gómez Martínez a la dirección de la Orchesta de RTVE promete un rosario de felices veladas y alguna que otra agradable sorpresa para los fieles al secreto mejor guardado de las tardes de los jueves en Madrid.

P.S. Sirva la prometida perla para redimir definitivamente al vapuleado Fontana. En el tercer acto Tigrana es obligada por las circunstancias a describir poéticamente su egoísta e impuro amor hacia Edgar. Titubea sin decidirse y, finalmente, un rayo de inspiración llegado desde lo más profundo de su vanidad le hace exclamar: «T'amai siccome il fior il raggio ama del sol». Te amo como la flor ama el rayo de sol que la ilumina, sin el cual su belleza quedaría escondida. Quien pueda entender que entienda.