Literatura

Stefan Zweig en la Guerra Civil: jóvenes bellos, curas franquistas y la siesta por encima de todo

El escritor hizo escala en Vigo tras el alzamiento y retrató en caliente unos hechos que, luego, vería como el preludio de la destrucción de Europa

El escritor asistió a los inicios de la Guerra Civil en una escala en Vigo

Entre los planes de Stefan Zweig en el verano del 36 no entraba recalar en un país en guerra. A pesar de ser el autor más leído de su tiempo, el austríaco se había exiliado recientemente a Londres y sus libros habían sido prohibidos por el nazismo. No era prudente pisar una tierra en la que los extremismos acababan de derivar en un estallido fratricida, la Guerra Civil. Pero desde Southampton y de camino a América, donde debía dar una serie de conferencias, tuvo que hacer escala junto al resto del pasaje en Vigo, ciudad que se estaba movilizando en favor del alzamiento.

"El del 36 es un episodio muy breve, pero muy importante de la relación de Zweig con España, país que visitó tres veces", explica a LA RAZÓN Arturo Larcati, director del Centro Stefan Zweig de Salzburgo, que dio el jueves una charla en Madrid en el Centro Sefarad-Israel, en colaboración con el Foro Cultural de Austria. "Hay dos modos muy distintos de presentar este paso por España. El de sus diarios en caliente y cómo lo cuenta luego en ''El mundo de ayer'' (su autobiografía de 1941). En medio de esas dos visiones han pasado cinco años y ha estallado la Segunda Guerra Mundial", explica.

El Zweig del 36, ya un intelectual sólido pero en mero tránsito por España, ve desapasionadamente los hechos. Ni siquiera esperaba aquella embarazosa escala. "Había salido yo de Southampton en un barco inglés con la idea de que el vapor evitaría la primera escala, Vigo, para eludir la zona en conflicto. Sin embargo, y para mi sorpresa, entramos en este puerto e incluso se nos permitió a los pasajeros bajar a tierra durante unas horas. Vigo se encontraba entonces en poder de los franquistas y lejos del escenario de la guerra propiamente dicha. No obstante, en aquellas pocas horas pude ver cosas que me dieron motivos justificados para reflexiones abrumadoras", rememora en "El mundo de ayer".

Pero, continúa el profesor Larcati, "en el momento, su resumen está un poco lleno de los clichés de su primera visita a España, en 1905. Zweig asiste al reclutamiento de los jóvenes militares y se queda impresionado por el color de los uniformes y la belleza de los jóvenes, pero describe Vigo como algo pintoresco y exótico, no subraya las cosas dramáticas de la guerra, lo ve como un episodio marginal. Escribe que incluso durante la guerra los españoles respetan la siesta". Todo eso cambiará a la hora de echar la vista atrás: "En el 41, en ''El mundo de ayer'', su visión es completamente diversa. Ve lo trágico y dramático del hecho, nada exótico ni pintoresco. Aquellos jóvenes de antes son las víctimas débiles e indefensas del franquismo. Subraya cómo la Iglesia ayudó a Franco, habla de los curas que ayudan a reclutar a los militares, se hace preguntas de aspectos técnicos-económico de la guerra, quién paga las armas, etc".

Habla un intelectual acorralado por el fascismo, exiliado y dentro de poco bajo tierra, tras su suicidio en Brasil."Me estremecí. ¿Dónde lo había visto yo antes? ¡Primero en Italia y luego en Alemania! -excribe Zweig-. Tanto en un lugar como en otro habían aparecido de repente estos uniformes inmaculados, los flamantes automóviles y las ametralladoras. Y una vez más me pregunté: ¿quién proporciona y paga estos uniformes nuevos? ¿Quién organiza a esos pobres jóvenes anémicos? ¿Quién los empuja a luchar contra el poder establecido, contra el parlamento elegido, contra los representantes legítimos de su propio pueblo? En Vigo, dice en el 41, "tuve el presentimiento de lo que nos esperaba, de lo que amenazaba a Europa. Europa me parecía condenada a muerte por su propia locura, Europa, nuestra santa patria, cuna y partenón de nuestra civilización occidental".

Fue su último paso por España. Antes había habido dos visitas: una en el 31, a las Baleares, poco destacable, y otra, larga y provechosa, en 1905, donde el entonces joven escritor se forja una primera impresión del país. "En aquella visita, ve a España y la presenta al público alemán como un país exótico, desconocido, todavía en ciertos aspectos no tocado por la civilización. Un estereotipo muy romántico", explica Larcati. Zweig llegó a España a través de Francia y lo primero que llamó su atención fue Montserrat, "que lo trasforma al escribir sobre él en un lugar mítico, mágico, como de los tiempos de Parsifal".

Pero lo más interesante es la dicotomía que establece de inmediato entre Norte y Sur. "El norte, Castilla, se presenta de manera negativa, algo oscuro y fanático; habla de forma negativa de Toledo, una ciudad gris, la de los monjes, los féretros... En cambio, Sevilla representa las ganas de vivir, la alegría, la ciudad del Barbero, de las guitarras, las castañuelas. Escribe que en Sevilla no se compran cuchillos como en Toledo sino guitarras".

Pero a pesar de la imagen romántica, herencia de los viajeros decimonónicos en España, Zweig siempre tuvo en cuenta a este país dentro de su idea de Europa. “Para él es una de las grandes culturas nacionales europeas, con una enorme herencia cultural, como Italia, Francia, Inglaterra, Rusia...”. Un país que en su última visita, la breve escala de 1936, anadaba camino de la demolición, como luego acontecería en toda aquella Europa que lloró Zweig y de la que se exilio camino de la muerte autoimpuesta.