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"Con quien vengo, vengo": Los vericuetos del amor

  • "Con quien vengo, vengo": Los vericuetos del amor

Tiempo de lectura 2 min.

28 de junio de 2019. 01:55h

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Raúl Losánez 28/6/2019

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Autoría: Calderón de la Barca. Versión y dirección: Gabriel Garbisu. Intérpretes: Juan Messeguer, Julia Olivares, Raquel Ruano, José Luis González, Varo Mogrovyan, Luis Burgaz y Javier Calleja. Festival Olmedo Clásico (14 de julio) y Festival de Almagro (19 de julio).

Después de su estreno en el Festival de Teatro Clásico de Cáceres, llega dentro de unos días a Olmedo y luego a Almagro este simpatiquísimo montaje sobre una obra poco conocida de Calderón en la que, no obstante, el espectador podrá admirar sin dificultad el genio y la brillantez que también gastaba el autor madrileño cuando se aventuraba por los caminos de la comedia más pura. En una exhibición dramatúrgica en la que da la sensación de querer ponerse a prueba a sí mismo, Calderón parece reírse en lo formal de sí mismo y de la estructura convencional del enredo amoroso multiplicándolo y realimentándolo hasta límites insospechados; y ese alambicamiento en la forma le lleva a «innovar», por decirlo de algún modo, también en el fondo. De manera que los equívocos entre las dos parejas de enamorados protagonistas no solo crecen y se cruzan aquí como ocurre en otras comedias similares, sino que mutan sustancialmente hasta el punto de hacer cambiar el conflicto inicial de la obra –el amor entre jóvenes de distinta clase social– por otro bien distinto: el amor «prohibido» hacia alguien que está comprometido con tu mejor amigo o con tu hermana. Lo curioso es que ese giro argumental, desde la norma social hacia la moral individual y hacia el honor –el gran tema calderoniano–, no está exento, más bien al contrario, de una especie de burla, o de autoparodia, de la irracional rigidez con la que la sociedad y el teatro de aquel tiempo abordaban tales conceptos. Pero lo más sorprendente es que la obra, que tiene muchísima más miga de la que aparenta, se ve desde el principio hasta el fin con una pasmosa facilidad y con una sonrisa indisimulada que delata el júbilo que infunden aún hoy las buenas comedias del Siglo de Oro cuando están bien leídas y bien contadas, como aquí ocurre. Después de años sin formar compañía propia, y rodeado de un puñado de jóvenes actores formados por él mismo –a los que se une el veterano Juan Messeguer–, Gabriel Garbisu ha vuelto a dar en la tecla de su adorado Calderón para hacer su poesía semánticamente diáfana sin renunciar al barroquismo de su lenguaje; y para hacer que todo, argumentalmente, se entienda y se siga con interés –concibiendo algunas escenas de gran originalidad– de principio a fin. Dicho de otro modo, el director pone en pie la obra con una frescura y una agilidad dramática muy acordes a nuestro tiempo sin sacrificar en ningún momento su belleza lírica original.

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