«El jardín de los cerezos»: Un glaciar chejoviano

Autor: Anton Chéjov. Director: Ernesto Caballero. Intérpretes: Carmen Machi, Chema Adeva, Nelson Dante, Paco Déniz, Isabel Dimas... Teatro Valle-Inclán, Madrid. Hasta el 31 de marzo.

A la vista de los resultados tan dispares, y a veces controvertidos, que han deparado siempre los montajes de sus textos –incluidos los que se acometieron en vida del propio autor-, me atrevo a barruntar, sin ser yo director ni pretender serlo, que poner en escena a Chéjov no es tan fácil como podría parecer si atendemos a su diáfana literatura. Por no sé qué misteriosos motivos, las obras del escritor ruso siguen prestándose a múltiples y contradictorias interpretaciones en las tablas, incluso en el propio tono que debe presidir el desarrollo de la acción, que puede ir desde la comedia que él mismo reivindicaba hasta la tragedia existencial que, por otro lado, define en cierto modo la naturaleza de sus personajes. Conocedor de esa pluralidad de lecturas que permite Chéjov, Ernesto Caballero acomete ahora una nueva aproximación a «El jardín de los cerezos» posiblemente sabiendo, porque así se infiere de lo que ha escrito en el programa de mano, que algunos no van a quedar muy satisfechos con el resultado. Y eso es lo que ha pasado con este humilde crítico; pero ni mucho menos, como él señala, porque yo pueda pensar que “eso no es Chéjov”, sino porque creo que, por desgracia, su loable intento por desnudar la esencia del conflicto, para mostrarlo luego perfectamente aquilatado bajo un renovado código de representación más contemporáneo, no ha surtido el efecto deseado. Ciertamente, como espectador, uno encuentra demasiadas trabas a lo largo de la función para interiorizar la trama y para acompañar debidamente a los personajes en su desnortado viaje emocional y vital. En primer lugar, porque el director ha abierto más de lo conveniente el espacio, y ha impuesto, de este modo, una distancia entre los actores que imposibilita la calidez que se presupone a algunas escenas; en segundo lugar, porque la sobria escenografía de Paco Azorín, aunque es imponente en sí misma, enfría más aún ese espacio y desorienta al público en su intento de situar la acción; en tercer lugar, porque el vestuario de Juan Sebastián Domínguez se mueve entre la elegancia de algunos personajes y la caricatura de otros sin que uno llegue a entender del todo el criterio; y, en último lugar, porque las propias interpretaciones adolecen asimismo de una cierta cohesión en el código interpretativo que permita ver una verdadera y potente interacción de caracteres. Como consecuencia de todo ello, y a pesar del indiscutible talento, ya sobradamente demostrado, que hay en todo el equipo artístico y en el elenco, uno se abure mucho sentado en su butaca y pronto empieza a mirar el reloj impaciente.