Teatro

«Medea», una tragedia de roca

El Festival de Mérida arranca con una correcta versión de José Carlos Plaza y un notable trabajo de Ana Belén

Ana Belén, Medea, y, al fondo, Consuelo Trujillo que sostiene a uno de los hijos de aquélla
Ana Belén, Medea, y, al fondo, Consuelo Trujillo que sostiene a uno de los hijos de aquélla

El Festival de Mérida arranca con una correcta versión de José Carlos Plaza y un notable trabajo de Ana Belén

«Eres nuestra ruina. La tuya, la mía y la de nuestros hijos, que yacen ahí ajenos a la realidad». Las palabras de Jasón resultarán proféticas. Como todo en la narración de unos hechos consumados desde antes siquiera de que caiga la noche sobre el espectador, que sabe que Medea habrá de matar a sus hijos, despechada por el abandono de su esposo, el hombre por el que lo dejó todo, que la ha cambiado en su lecho por otra compañera más joven, Creusa. «Yo di muerte a mi primera vida porque iba a tener otra vida a tu lado», le dice Medea a su esposo. Jasón lo es todo para ella, pues no tiene ya patria ni familia. Y, por no sentir, no se siente ni madre. Eurípides, primero («¡Malditos muráis, pues nacisteis de mí, / una madre funesta, y perezca también / vuestro padre y la casa con él!»), Séneca después («Me queda Medea, y aquí ves mar, tierras, / hierro, fuego, dioses y rayos» responde a la nodriza cuando ésta le dice que no le queda nada), y muchos otros autores han puesto palabras al sinsentido sangriento de la mujer que se prendó del argonauta y le ayudó a conseguir el vellocino de oro aunque para ello tuviera que dar muerte a su propia sangre.

Ana Belén llena la escena

Como en tantas noches históricas, el pasado miércoles el Teatro Romano de Mérida se abrió en canal como un templo de piedra ante el espectador con una «Medea». Piedra calentada por el sol y siglos de historia. Muchas han sido desde aquella que el 18 de junio de 1933 estrenó Margarita Xirgu. Unamuno le tradujo del latín el texto de Séneca y en su prosa poética estaba la tragedia, acercada al público español de entonces, pero sin concesiones. Este año, en la 61ª edición del Festival de Mérida, habrá dos: Ana Belén, dirigida por José Carlos Plaza, es la primera, la que se estrenó ante un Teatro Romano vistosamente ocupado pero no lleno, con el aún presidente extremeño Monago en el capítulo de autoridades en calidad de «en funciones». Luego, el día 15, llegará Aitana Sánchez-Gijón, dirigida por Andrés Lima, en otra «Medea» que ya se ha visto en Madrid.

Regia y hechicera, mujer de túnicas envenenadas tomar, la Medea de Ana Belén llena la escena por sí sola, imprime carácter, pronuncia y proyecta bien la voz –aunque en Mérida hace ya mucho tiempo que, como en tantos otros teatros, los micrófonos han sido aceptados sin que nadie proteste–... Son años de buen teatro a sus espaldas y tras hacer una Fedra rotunda y una Electra, ambas con Plaza, se entrega ahora a la más trágica de las antiheroínas. Pero el registro del director es narrativo, realista, y sitúa a esta «Medea» en el territorio clásico. Estamos ante la «crónica anunciada» de unos hechos, inmersa en una ambientación hermosa y clásica, presidida por dos grandes rocas, una de ellas coronada por un viejo olivo o encina. Ana Belén compone una Medea notable, pero le sobran algunos excesos naturalistas para llegar, como dijo un Unamuno de la Xirgu, «al colmo de su arte». Resulta inevitable comparar: es mucho más interesante el personaje orgánico, rabioso y herido como un animal que construye Aitana Sánchez-Gijón, quizá porque la propuesta de Andrés Lima se adentra en terrenos más excesivos pero también más arriesgados: barro, sudor, humillación y dolor se dan la mano en esa otra «Medea», menos narrativa y más de esencias. Plaza evita la sangre, tanto que el asesinato se convierte en algo invisible al final.

En el resto, lo mejor del reparto de Plaza está en sus actrices, como la nodriza rotunda de Consuelo Trujillo. O la estupenda corifea de Olga Rodríguez, que enfrentada a otro corifeo, Alberto Berzal, escenifica un debate ciudadano que divide a Corinto: reconocer la lealtad que se le debe a Medea o conformarse con la estabilidad que supone perdonar a Jasón su capricho. Todo eso está en Séneca y en Eurípides, y ahora también en un texto claro y acertado, aunque de menor aliento poético, que Vicente Molina Foix ha escrito para su estreno en Mérida. Este nuevo acercamiento al mito bebe de ambos, aunque más al comienzo de Eurípides, del que toma algo de su estructura, preceptor y nodriza incluidos. También se inspira en las «Argonáuticas», de Apolonio de Rodas, lo que sirve para entender que el «contrato» entre Jasón y Medea viene de lejos, forjado en aquel viaje mítico. El crimen que ella comete no puede tener perdón a los ojos de los hombres, pero sí una historia detrás que ayuda a su comprensión. El mejor valor de este texto es que es asequible, limpio, explicativo. Pero también, por momentos, popular y cotidiano.