Nerón ya no es un loco

Continúan los romanos por Mérida; ahora es el turno de este emperador y del incendio que asoló la ciudad en el 64. Esta vez la historia la firma Eduardo Galán.

Raúl Arévalo ocupará el escenario del Teatro Romano de Mérida convertido en Nerón

Continúan los romanos por Mérida; ahora es el turno de este emperador y del incendio que asoló la ciudad en el 64. Esta vez la historia la firma Eduardo Galán.

Cierta noche de verano del año 64, Roma, la moderna y poderosa capital de la civilización occidental, se consumía en las fauces de un violento incendio que la engullía sin compasión. Ni siquiera las fuentes coinciden en señalar el día exacto del mes de julio en el cual tuvo lugar el funesto episodio. Que Nerón era a la sazón el emperador es una de las pocas certezas que tenemos en torno a un acontecimiento sobre cuyas circunstancias hoy siguen los expertos devanándose los sesos. Todo son conjeturas; algunas, eso sí, convertidas casi en verdades irrefutables por esa capacidad que tienen el cine y la literatura para hacer hermosa cualquier patraña. Pero, realmente, ¿quién prendió fuego a la ciudad? ¿Fue Nerón, como dicta la creencia popular? ¿Qué papel desempeñaron los cristianos en aquel suceso? ¿No podría haber sido todo, como se sostiene en algunas líneas de investigación más modernas, un simple accidente fortuito? ¿De verdad Nerón cantaba y tocaba la cítara o la lira mientras veía desaparecer el símbolo de su imperio?...

«Sin querer dar una respuesta única o clara» a toda esa casuística, según sus propias palabras, ha planteado el director Alberto Castrillo-Ferrer el montaje de la obra que Eduardo Galán ha escrito sobre este asunto y que ahora se estrena en el marco del Festival de Mérida. Inspirándose en el argumento de la novela «Quo Vadis?», de Henryk Sienkiewicz, y en los textos del historiador Suetonio y del escritor Petronio –convertido a su vez este último en personaje–, la obra toma a Nerón como protagonista y lo coloca, al comienzo, en un marco histórico en el que las fiestas, el cultivo de las artes, la prodigalidad y la diletancia en general presiden la vida del emperador. «A partir del incendio, todo cambia –explica el director–. Es lo que desencadena el conflicto y lo que hace que todo se llene de negrura y violencia. El personaje se convierte en un gran dictador, en un gran tirano, y empieza a hacer que rueden cabezas. Se trata de mostrar una personalidad compleja que, por un lado, es un personaje querido, popular y hasta generoso, y que, por otro, es un tipo sanguinario, cruel y que cree que nadie puede bajarlo del pedestal en el que se encuentra. Podría decirse que es una especie de Pablo Escobar de la Antigua Roma».

Orgulloso diseño

Mientras Nerón diseña orgulloso e ilusionado lo que será la reconstrucción de la ciudad tras la catástrofe, el pueblo trata de exigir a su emperador una explicación de lo sucedido. Al contrario de lo que podría parecer, tomar el incendio como base del argumento y como motor de toda la acción sin aclarar muy bien las causas del mismo no se ha convertido en un obstáculo a la hora de articular la historia, sino en un elemento que Castrillo-Ferrer ha tratado de utilizar en su favor: «Pensamos que el teatro no debe dar respuestas, sino formular preguntas –explica–. Así que lo que hemos tratado de hacer es ir dando pistas, como en un «thriller», para que el espectador pueda ir armando el puzzle como considere; porque Nerón sostendrá todo el tiempo que él no fue el causante y los senadores y los cristianos asegurarán lo contrario. Lo importante de la obra no es contar quién quemó Roma, sino cómo pueden reaccionar los seres humanos cuando se quema. Pero que nadie se asuste, ¡que también hay mucho humor en la obra! Quien me conozca sabrá que es fundamental en mis montajes».

Para encarnar a ese gran personaje lleno de aristas que es Nerón, Castrillo-Ferrer ha tenido la suerte, según él, de contar con Raúl Arévalo, un actor tan popular como elogiado que, no obstante, ha labrado su carrera mucho más en el cine que en el teatro. «Sinceramente, yo solo lo conocía de verlo en las películas, y me he encontrado con uno de los mejores intérpretes que he visto en mi vida –asegura el director–. Es inteligente, se involucra hasta el final... y hace un Nerón sencillamente espectacular», sentencia, y añade además algunos datos que pueden dar idea de cómo ha tratado Arévalo de acercarse al personaje: «Hemos huido de un Nerón loco, eso quiero dejarlo claro. No es interesante ver a un demente en escena. Lo que es interesante es ver a un tipo capaz de hacer locuras, pero al cual el espectador, en cierto modo, puede entender y seguir en su desmesura. Es un Nerón muy humanizado; un Nerón como el que quizá fue Gadafi o el que es hoy Donald Trump».

En el reparto que acompaña a Arévalo, algunos actores aportan la veteranía y otros la popularidad para tratar de conformar un elenco –en cualquier caso, ya suficientemente experimentado– que dé cohesión al trabajo interpretativo conjunto y envergadura al personaje individual de cada uno. Dentro de ese grupo, Itziar Miranda, José Manuel Seda, Diana Palazón y Francisco Vidal, por citar solo a algunos, son los encargados de dar vida, respectivamente, a Agripina, Marco Vinicio, Popea y Petronio. Todo ello, en un espacio escénico diseñado por Arturo Martín Burgos en el que las sedas y el color rojo, que simboliza la sangre derramada, tendrán especial importancia.