Teatro

Pasión entre barrotes

El Centro Dramático Nacional estrena «La rosa tatuada», de Tennessee Williams.

Aitana Sánchez-Gijón y Roberto Enríquez, protagonistas del montaje
Aitana Sánchez-Gijón y Roberto Enríquez, protagonistas del montaje

El Centro Dramático Nacional estrena «La rosa tatuada», de Tennessee Williams.

AErnesto Caballero, director del CDN, le parece que «en estos momentos de corrección política» puede resultar muy conveniente volver la mirada hacia un autor ya considerado un clásico de la dramaturgia norteamericana como es Tennessee Williams. Y por eso le ha encargado a Carme Portaceli la puesta en escena de «La rosa tatuada», una de sus obras más conocidas merced, en buena medida, a la adaptación cinematográfica de Daniel Mann en 1955. Aitana Sánchez-Gijón será en esta ocasión Serafina Delle Rose, la mujer italoamericana que vive, casi en un estado voluntario de reclusión, apegada al recuerdo idealizado de su fallecido marido. Todo cambiará cuando entre en su vida Álvaro Mangiacavallo –Roberto Enríquez–, y sus murallas emocionales empiecen a tambalearse.

«La obra habla de los prejuicios y de una gente inmigrante que vive en Nueva Orleans, pero, sobre todo, de de la pasión, del amor y de no poderse sustraer de ninguna manera a la vida –explica Portaceli–. Williams la escribió en Barcelona; estaba junto al mar y se había enamorado locamente de un italiano. Y yo creo que toda esa efervescencia del amor está presente». La directora, que coincide con Ernesto Caballero en describir la pieza como «muy lorquiana», por su simbolismo, considera que el texto original «es mucho más fuerte y expresionista que la visión amable y naturalista que de él ha trasmitido el cine».

Aunque Portaceli ha preferido situar la acción en una Nueva Orleans más actual –en la que el huracán «Katrina» ya ha surtido sus devastadores efectos–, el montaje busca cierta indefinición en la imagen de los personajes y en la escenografía. Antonio Belart, responsable del vestuario, asegura que todo tiene «un aroma años 50, aunque decir eso no sea mucho, porque hoy también hay en la moda una vuelta a entonces». En lo que incide la directora: «Aunque los protagonistas sean inmigrantes, no hemos querido empujar la función por esa dirección. Lo importante es que en los personajes hay una contradicción entre tradición y modernidad; entre mantenerse seguro y tranquilo o salir para arriesgar. Hay una cita del propio Tennessee Williams que me encanta y que he tenido muy presente: “Hay que hacer una plegaria a todos los corazones salvajes que viven encerrados en jaulas”. Todos seríamos un ejemplo de ello, pero el personaje de Serafina Delle Rose es la quintaesencia de ello».

Una cinta «light»

En su piel, Aitana Sánchez-Gijón se muestra agradecida por la posibilidad de interpretar a una mujer dramáticamente tan poderosa y luchadora como para romper los barrotes entre los cuales ella misma ha decidido que transcurra su vida. La actriz, poco partidaria de visionar el material cinematográfico, reconoce que en esta ocasión, aunque haya sido para ir por otros derroteros, sí ha vuelto a ver la cinta «para conectar con toda esa parte italiana que tengo –nacida en Roma e hija de italiana–; pero creo que la película es, ante todo, un melodrama, maravilloso, pero un tanto puritano. Los protagonistas ni siquiera hacen el amor. Pasa por encima de las pulsiones de la obra, y también del humor. Nuestra función es más pura, más carnal y, en ese sentido, más real y fiel al texto».

El elenco, formado por nueve actores, cuenta además con el atractivo de tener a Alba Flores –hija del músico y compositor Antonio Flores– interpretando a Rosa, la hija de Serafina, quizá el papel más importante que la joven actriz haya afrontado hasta la fecha en su incipiente carrera.