Paz, amor y abrazos de Peter Sellars

Dicen en el Real que es llegar Peter Sellars al teatro y fluir todo. Parece como si el ambiente se relajara. Su inconfundible flequillo de punta y su collar de enormes cuentas de madera le delatan: el director de escena no es de este mundo.

Dicen en el Real que es llegar Peter Sellars al teatro y fluir todo. Parece como si el ambiente se relajara. Su inconfundible flequillo de punta y su collar de enormes cuentas de madera le delatan: el director de escena no es de este mundo. De este de prisas, carreras y abrazos que se escatiman por falta de segundos para darlos. Pero él abraza de manera natural al prójimo, se funde con el figurinista, el tramoyista, el contratenor o el operario al que se le resiste un tornillo. Para cada uno tiene una frase: «Sin ti este espectáculo no sería posible». Y lo suelta del tirón y sintiéndolo, que ahí reside la diferencia. Así, sí. «Es capaz de crear un ambiente distinto», se escucha por el pasillo. Por eso «Only the sound remains», el nuevo trabajo de Kaija Saariaho (Helsinki, 1955) que se estrena mañana en el coliseo, se ha convertido en un remanso de paz. Y amor. Una obra basada en el teatro noh japonés que presenta dos historias diferentes pero al tiempo interconectadas. Desfilan poquísimos personajes. A saber: siete instrumentistas, dos cantantes, una bailarina y un cuarteto vocal. Philippe Jaroussky, el contratenor por excelencia de nuestros días, es liviano. Luce una sonrisa envidiable y canta como los ángeles. Puede que solamente le falten las alas (o que las tenga ya desde tiempo y seamos incapaces de vérselas). Cuando escuchó la ópera por primera vez en Amsterdam supo que ahí había algo sobrenatural y se dejó seducir por una experiencia intensa y por un papel escrito para su voz que es capaz de transformarse en luz o en oscuridad según lo requiera la obra. Es su primera ópera en Madrid (aunque debutó hace 18 años), donde ya ha cantado y encantado. Y se le nota, aunque interprete a un espíritu, pletórico. Cuesta imaginar esta obra sin otro director de escena que el amigable Sellars. O con otro telón de fondo que no sea el compuesto por los delicados lienzos de Julie Mehretu, una artista etíope a la que nos descubrió ya el año pasado el Museo Reina Sofía, siempre un paso por delante. Un remanso para el espíritu capaz de ofrecer calma, belleza y ternura dentro de este tráfago que es el día a día de cada hijo de vecino. Alguno habrá que se eche para atrás solamente porque el título sea contemporáneo y la autora presencie el estreno desde el patio de butacas. No juzguemos sin haber escuchado. «Kaija es un genio vivo», declara de ella Jaroussky, quien se alegra de que por una vez (y ojalá sirviera de precedente) pueda cantar una música que ha sido escrita para la voz de quien se dedica al repertorio de los castrati. ¿Qué significa ver morir a un ángel? A partir de mañana tienen siete funciones para descubrirlo.