Literatura

Testamento de luz

Matute enciende la voz lectora hacia el ejercicio constante de la magia

Si era lo único que había que tomarse en serio, la poseedora del sillón K de la Real Academia, lo llevó hasta sus últimas consecuencias, aunque sin olvidarse de que «entre la niñez y la madurez hay un largo trecho: la vida entera», decía quien el lapso de tantas primaveras le sirvió para dedicarlo a la literatura, porque era «lo único que había que tomarse en serio». Y en vivir y escribir ocupó sus noches y sus días, no sin dejar de reunirse con su público, viajar, comer, beber, relacionarse con la gente y estar rematadamente activa. En ese ejercicio de ida y vuelta para con todo, le sorprendió la muerte con una novela a punto de concluir. Estos «Demonios familiares» que ahora ven la luz, fueron completados no sin dificultades como en sus inicios de recién casada, con un bebé y acuciada por la situación económica... Aunque los apuros de sus últimos tiempos fueron distintos: recuperándose de una caída, a la que se sumaron problemas intestinales y pulmonares que le hacían peregrinar de casa al hospital y de la clínica a su cama, unidos a los vértigos. El malestar no cesó pero ella continuó hasta que el final de sus días llamó a su puerta, dejando huérfano de finiquito el relato. Mas, leído ahora, sin su presencia de fondo, puede que tenga más valor el legado de lo que falta. Como «La suite francesa» de Némirovsky, o «El arte de la fuga» de Bach –para la que nadie ha osado añadir una sola nota–, estas páginas de la premio Cervantes son plenas en sí mismas. Y la noción de inacabamiento no existe para el lector en tanto que resulta concluida por su mera conquista. Es ésta una historia de amor y culpabilidad que transcurre en julio de 1936. La eterna guerra fratricida que marcó su prosa. Eva regresa a la casa familiar tras la quema del convento donde vivía su noviciado. Su padre, el Coronel, es un hombre autoritario que siempre la trató con amor distante, y aún paralítico, dirige su hacienda desde una silla de ruedas siempre asistido por Yago, un hombre oscuro con ecos y recovecos shakespirianos. Un día, en el bosque próximo, la protagonista halla el cuerpo malherido de un paracaidista y, auxiliada por el asistente de su padre –que reconoce al joven–, lo trasladan al desván. Eva sabe que debe mantener su presencia en el más absoluto secreto, y más desde que la zona ha sido tomada por el bando nacional, pero dedicada a su cuidado, desarrollará un sentimiento que puede traicionar a todos cuantos ama...

Siguiendo la huella matutiana, la novela se mueve entre la realidad, el deseo, la moralidad y el conflicto afectivo. Pero también explora la extraña relación que se establece entre personas condenadas a vivir juntas hasta hacer aflorar las grandes obsesiones de Ana María: la falta de comunicación, la incomprensión, los antiguos rencores, la traición... Los personajes viven bajo un techo poblado de demonios: el rencor, los llantos, la falta de cariño, las órdenes, los dolorosos silencios hasta que en medio de todo aquello surge la redención del amor, aunque sea prohibido. Imposible. «Demonios familiares», junto con «Paraíso inhabitado» forman un grupo separado dentro de su obra. La misma prosa tensada como una cuerda hasta el límite de sus posibilidades, esa rara habilidad de dar apariencia sencilla a un mundo complejísimo, la misma guerra civil que en «Hijos muertos» o «Primera memoria», pero sin adentrarse en ella... Cada uno de los elementos de estas páginas es real, que nunca realista. Verdadero, pero jamás verídico. Pero siempre logra idéntico resultado: un castellano diáfano como lavado a mano, la presencia de la adolescencia con todas sus contradicciones psicológicas y la capacidad de expresar con personajes próximos sentimientos de hondo calado. Nunca un lugar común o un adjetivo innecesario.

Como hija de su generación, la del «medio siglo», «la de los 50», la de los «niños asombrados» o «los niños de la guerra», fue antorcha viva de todos ellos hasta hace unos meses. Sí; de ellos: Cela, Delibes, Ferlosio y de ellas: Laforet, Martín Gaite y la propia Ana María (aunque Aldecoa, Zúñiga, Luis Martín Santos, García Hortelano, etc, merezcan otras líneas). Los seis, a su forma y modo, sortearon el muro de la mediocridad de aquella España, la falta de libertad y el horizonte chato. Lograron una atracción hipnótica para con el lector. En el caso de Matute, todo se debía a una majestuosa imaginación que nos rescataba del abismo de la grisura.

«A ver cómo acaba» repetía cuando alguien le preguntaba por estos «Demonios familiares». La última palabra que dejó impresa en tinta fue «Mada». Un apodo que supone el broche de oro de una peregrinación apasionada que inició con «Los Abel» y contiene toda su esencia: palabras habitadas por lo onírico y lo netamente terrenal elevado a gloria literaria. Sin duda, esas dos últimas sílabas contienen el valor de lo que falta y encienden nuestra voz lectora hacia el ejercicio constante de la magia.