Damián Biacho baila para ser campeón de España de boxeo

Cipriano Pastrano (nombre del dueño)

Se llama Damián Biacho, pero todos le llaman Guinea, y lo que le gusta es bailar sobre el ring. Es un boxeador ágil, de manos y de pies, habilidoso en la esquiva. También sabe pegar y desde hoy es campeón de España del supermedio por decisión unánime de los jueces (92-97, 90-99 y 93-96 fue la valoración de los tres).

Le costó domar a su rival, el resistente Eusebio Arias. Tuvo que trabajar mucho para llegar hasta ese noveno asalto en el que Arias hincó la rodilla. Sobre la lona quedaba el rastro de sangre que manaba de su nariz por culpa de una mano de Damián que entró directa desde abajo y que doblegó una voluntad que hasta ese momento le había empujado a ir hacia adelante.

En ese preciso instante, con su adversario inclinado sobre la lona y el asalto parado, sabía Damián que ya era campeón de España. Sólo necesitaba seguir bailando hasta el final del décimo asalto. Sus golpes, y su agilidad, habían conseguido transformar el boxeo ofensivo de Arias, que salió a ganar desde el primer round y que terminó defendiéndose, contra las cuerdas, para no perder antes del límite. Las cartulinas de los jueces al final del cuarto asalto marcaban el camino hacia un combate nulo. Uno daba ventaja a Guinea, otro a Arias y el último, tablas.

La puntuación de Arias se había alimentado en los primeros asaltos. Salió más fuerte, con más prisa y a Guinea le costaba encontrar el tono, arrancar, como si el motor de su boxeo estuviera al ralentí, esperando su oportunidad. Al contrario de otros púgiles, que ven disminuyendo su fuerza y su confianza con el paso de los asaltos, Damián parecía encontrar su tono, como si sus piernas despertaran y sus brazos se desperezaran. Cuando el cansancio debía ser mayor entre los dos boxeadores, más agilidad, rapidez y piernas encontraba él.

Damián obtuvo el título por méritos sobrados, porque sabía pelear en la distancia larga, abriendo espacios a su alrededor donde se perdían los guantes de su oponente, porque en la corta, era letal y, sobre todo, por un juego de piernas que logra que el cuadrilátero sea más ancho para él que para sus oponentes.